Arena I
Quisiera estar atontado, quisiera que el knock-out del chicano lo hubiera desmoronado, sacado del ring, haberle hecho incrustar el cráneo contra el zócalo y no contra la lona; pero sabe, pero sabe demasiado.
Su manejador, vestido de narcotraficante o de vendedor de alhajas o de calle 18 de Julio ofreciendo dólares, habla por celular en un rincón del vestuario, pocos azulejos celestes sanos, la mitad celestes y blancos, blancos de cal. Noé piensa, sabe.
¿Y ahora qué mierda hago?, pregunta. Sabe que ya está grande para volver a ser siquiera la imagen de González Alcoba invicto; sabe que ahora le toca a él ser quien infla los invictos de los otros. Sabe que ahora la vergüenza es suya, que ahora el camino está más hecho que nunca.

Ser el que se deja caer en el noveno, en el primero, en el que le diga su manejador después de que éste habló con el manejador de cualquier rival con invicto inflado, después de que éste habló con el corredor de apuestas – de apuestas hechas en los baños de la pizzería de la esquina del gimnasio, en los baños del cabaret, en la oficina que tiene el corredor – después de que éste habló con los de la tele.
La lágrima, la sangre, una mancha de marcador rojo en su cara, un trazo que no se mueve, una mueca que ya es rasgo, le surca el pómulo que se hinchará cada minuto un poco más.
Noé camina entre la lluvia débil, las baldosas más flojas, el barro contra la pared, el barro contra los borrachos contra los tachos de basura. El barro negro, siempre dispuesto a instalarse en su ropa, le recuerda a Canelones; lo hunde, lo atrapa como si fueran arenas movedizas inesperadas en el medio del desierto.
- Las arenas movedizas no te tragan de una, Noé; y tampoco te desesperás cuando vas viendo que tratar de salir de ahí es al pedo. – decía Artaíno.
A veces, Noé intentaba pensar que Artaíno era un simple borracho, un borracho con alguna lectura que él, obviamente, no tenía, eso seguro, pero que era un borracho y que lo que decía era lo típico de un ebrio viejo, cansado y que necesitaba descargar.
- Mirá, negro, las cosas a la mitad son de putos; te cagan a trompadas o no; si no te cagan a trompadas, es porque o lo cagaste a trompadas vos o se tiraron dos piñas y dejaron de pelear, con lo cual, son dos putos igual.
Noé Tulio odiaba a Artaíno como se odia a un hermano que quiere ser el padre de uno; si lo pensaba seriamente, su supuesta sabiduría radicaba en mantenerse en un estado de ebriedad constante - incluso los movimientos que hacía cuando dormía eran los propios de un borracho - y en haber hablado con todo aquel que lo soportara: contadores recién despedidos, empleados públicos recién contratados, suboficiales recién sargentos, cafishos abandonados. Cuando Noé odiaba más profundamente la sabiduría de Artaíno, pensaba que era un trozo de una cinta scotch olvidada por alguien en una pared y a la cual se le iban adosando anárquicamente distintas ideas. Cuando no lo odiaba tanto, solía preguntarse cómo él podía estar tan seguro de todo lo que decía; porque indudablemente, para el mismo Artaíno, las cosas no sólo no eran, sino que no podían ser de otra forma.
- La cuestión es que cuando te das cuenta que ya no podés salir de las arenas movedizas o que alguien tendría que ayudarte y obvio, estás en el desierto, y más bien que estás solo y para qué vas a gritar si el desierto es desierto, cuando te enterás de todo eso, te entra un calorcito que te hace cerrar los ojos y pensar que estás bañándote con agua calentita, tirado en el piletón y que hasta agarrar el jabón para limpiarte las bolas requiere un esfuerzo que es mucho.
Noé camina ahora por la luz eléctrica, violenta, de la calle, donde se juntan los que venden, los que compran, los que alquilan, los que duermen acartonados; tendría que haberse quedado esperando a su manejador, charlarlo un rato, decirle que él podía mantenerse en su nivel si entrenaba fuerte, si le ponían sparrings como la gente, no como el último, un tipo gordo que no se sacaba el protector bucal ni cuando se bañaba para no mostrar sus encías rojas, candelabro del cual colgaban velas gastadas de dientes. Le tendría que haber dicho que él tenía orgullo, que su orgullo venía de familia, de la vez en que le habían dicho que nunca se tenía que arrodillar ante nadie, porque Noé, todos nos morimos igualito. Pero Noé se había dado cuenta de lo que ahora sabía, de que ya no iban a existir los médicos después de las peleas, que su peso ya no le iba a importar a nadie, que nadie iba a fijarse en qué comiera, en qué fumara o en qué tomara; capaz que hasta le decían que tome más, que fume más, que su cuerpo todavía prometía y que eso ya no le iba bien.
- Noé, vos no sabés nada; y cuando te hacés el que sabés plantarte arriba del ring, cuando salís a buscar la pelea, cuando querés levantar al público, me hacés acordar a una película que yo veía en el Cine Monumental cuando era un botija; había unos tipos que viajaban por Estados Unidos y necesitaban guita; se cruzan con una feria que prometía 50 dólares al que aguantara dos rounds con un gigante rumano o checo, no me acuerdo, y 100 dólares al que lo tiraba a la lona una vez. ¿Qué habrías hecho si estabas ahí?
- Cagarlo a trompadas de una, sorprenderlo, y llevarme las 100 lucas.
- ¿No te digo? Sos un puto; el tipo hacía lo mismo, la gente empezaba a delirar con eso, aplaudía, se paraban arriba de los asientos, revoleaban los sombreros, porque a la gente así, de pueblo, le gustan los putos. La cuestión es que el rumano medio como que se sorprende del tipo éste y, al principio, parece que el tipo se llevaba la plata, pero al toque se acomoda los pantalones, se pone en guardia, lo calcula durante cinco segundos y le clava un uppercat en la mandíbula que lo tira contra el árbitro, se caen los dos y claro, la gente del pueblo se empieza a cagar de risa y vuelven a acordarse de que el rumano era el crédito del lugar y lo empiezan a aplaudir, las minas le tiran flores, y al boludo éste que es como sos vos, se lo llevan sin que nadie se acuerde de él.





