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26.2.09

Cosas que volvieron de Chile



- El odio a Herbalife

- Las ganas de un día no volver a Buenos Aires para cantar un tango en alguna cubierta de barco.

- Lemebel

- Un amigo nuevo que es padre naturalmente.

- La compulsión por el comportamiento de los animales

- Pulgas

- El desconcierto por los motivos con que se rechaza una orgía.

- The Clinic

- Un PH cada vez más protagonista de la vida.

- Una débil idea para hacer un programa de tele que creo que se parece a Los Machos.

- Valparaíso.

- Un francés antisemita, un francés gigante, un tano gritón y varias prostitutas chilenas workaholic.

- Las ganas de agitar el avispero (interpretation by Nacho)



(*) Por cierto, la foto es autoría de Salgado Boza, el dedo autoría de Pailos, el muñeco autoría del Emilio, la mesa es de la familia de la novia de SB y el gusto es todo mío por haber pasado una gran tarde ahí, como si estuvieramos a punto de ser el número 449, 450 y 451 de Narrativas Hispánicas de Anagrama.

22.7.08

playmobil locombiano 2


Antes de volver a Argentina y de que todos me convencieran profundamente de que no podía no ser peronista, de que apoyaba a la Sociedad Rural, que era golpista, que era un iluso de la política, que la democracia era lo mismo que una monarquía, que era un idealista de la peor cepa y de que me tenía que ir a vivir a España, el glorioso ejército colombiano - o por lo menos así lo dijeron todos y cada uno de los rescatados – montó una escena tan parecida a un culebrón con un mínimo de imaginación y liberó a Ingrid.

Segundo día de estreno de mi malla altamente reveladora – o si se quiere, de mi traje de entrenamiento de natación (pero la diferencia es tan poco concreta la mayor parte del tiempo) – y mientras odiaba a dos niños que ocupaban el centro de la pileta y que iba a tener que sacar a fuerza de manotazos en estilo de espalda, cuatro colombianos pelados fumaban sus habanos y miraban con un poder de concentración invencible una televisión de 14 pulgadas en las cuales se veía un helicóptero en el medio de un cielo anónimo y lejanas letras rojas que no entraban entre las gotas de las antiparras.

Tiro la primer pileta y el aire no me falta; claro son 8 metros contra 25. Vuelvo y ya con la fuerza de las piernas llego a los 5 metros; doy una brazada para atrás, doy otra, otra y ya le pego al borde de cemento; los niños se corren y me preguntan si les presto las gafas. Sí, claro, nene.

Liberaron a Ingrid. Las primeras imágenes, ella baja y los pelados hablan de la vida de un empresario colombiano, es decir, cuentan anécdotas de amigos secuestrados, de amigos secuestradores, de cómo van las cosas en las fincas y también de cómo Uribe le está rompiendo el culo a todo el mundo.

Es insoportable hablar con cualquiera y que todos apoyen a Uribe; me cuesta 12 días hablar veinte minutos con un costeño que me pregunta cómo va el tema del Cordobazo y de los Tupara en el vecino país para encontrar a alguien que no salte a defenderlo. Mirás el comienzo del Campeonato mundial de Natación Subacuática que se lleva a cabo en Medellín, que después de un rato empezás a pensar que es como Milán y que toda reunión, conferencia o coloquio ocurre ahí (por qué Milán? Ah, estuve leyendo Glamourama; indignado durante tantas páginas, Bret.). En la ceremonia inaugural de ese deporte altamente impopular y que ni siquiera puedo ver, el que organiza todo pide un fuerte aplauso, un aplauso que sea tan estruendoso que llegue hasta la residencia de Uribe. Todos aplauden. Mucho. Fuerte.

Salgo de la pileta a los cuarenta minutos y no tengo ni frío ni ganas de ir al congreso; decido merendar lejos de todos y cada uno de los argentinos que rodean el hotel y todos en la ciudad miran la televisión y ninguno habla y todos piensan que ahora está todo bien y que qué bien que Ingrid no está secuestrada.

Pienso que no puede ser así, que todo parece demasiado extraño, demasiado culebrón y poco creíble. Pero al otro día me despierto con la radio AM y aparece el Ministro de Defensa diciendo que todo fue así, que no hay que agregarle ni sacarle una coma y todos están felices de que Ingrid, por ejemplo, no se haya muerto como en el futuro de la foto que recorrió el mundo en febrero.

Ingrid y Uribe y todos los liberados se pasaron la noche hablando en cadena oficial. Y Medellín, que ni por casualidad me hizo sentir lo que uno se imagina cuando ve Scarface de De Palma, vuelve a ser tan verde como el jardín de una de las excasas de Pablo Escobar.

13.7.08

Playmobil locombiano 1


Patrick es australiano pero está tan rojo que parece italiano; llegó hace cinco días a Colombia y hace cuatro días que no puede dejar de consumir. Primero fue a un hostel en Santa Marta y se la vendió un dealer que actúa como un perro apaleado numerosas veces. El hostel tiene habitaciones que si no fuera por su carencia de hileras de rayas tachadas, sería una cárcel. El primer día en el hostel se encerró en su celda y caminó doscientas veces los cuatro metros de diámetro de su encierro.

Al segundo día, que era tan indeferenciado del primero que hasta sintió que consumía por primera vez, lo invitaron otros dealers más apaleadores a atravesar una larga escalera de concreto pasillo que lo condujo al sótano de un billar. Ahí trazó las líneas de cal en el verde del paño y se comportó como los perros negros y adictos de las aduanas, buscando cada gramo del punto del penal. Escupió a un colombiano y ocho colombianos lo rodearon y lo empujaron hasta que rebotó contra cada uno de los puños. Lo sacaron y Patrick se mudó de hostel, de ciudad y se quiso disimular con los exsoldados del ejército israelí que vacacionan en Taganga.

Encontró un hostel regenteado por un norteamericano que alterna entre las drogas duras y las drogas blandas en busca del término medio aristotélico. El dueño del hostel ni siquiera se molesta en hablar en castellano; vende Budweisser, pone los campeonatos mundiales de poker de ESPN y saca fichas de un casino imaginario para comenzar las apuestas con 10000 pesos colombianos, amenazando la conversión en dólares.

A Patrick le dan cartas y fichas pero no le importan nada más que los espacios entre las figuras de los naipes y contarle a todo el mundo que lo cagaron a trompadas, que quiere entregarse a la policía porque de todas maneras lo van a agarrar y por que un poco también extraña la coherencia entre la celda interior y la exterior.

Cada movimiento de su cuerpo oscila entre la cámara lenta y la velocidad; en todo caso, no puede llegar a reconocer que cuando desparaliza su brazo, lo pone recto a la posición de la mesa, luego lo alza y luego cierra cuatro dedos hasta dejar únicamente el índice levantado, en realidad está pidiendo otra cerveza o que el yanqui le ponga en su paquete de cigarrillos otra bolsita que romperá con los dientes, seguro de que es la primera de todas las que quedan abrir.

Pero algo ocurre y otra vez Patrick tiene que correr; atropella a cuatro mujeres que entorpecen el paso del aire, voltea el carro de un vendedor de jugos y cuando la parte más alta de su cuerpo se va hacia adelante, dejando las piernas atrás, Pat aterriza sobre el suelo que esta vez no es verde de una plaza en Taganga y se queda ahí hasta que se desmaya y hasta que siente que cuatro brazos lo hacen arrastrar los pies y devolverlo al bar donde quiere pedir otra cerveza y en vez de eso cae desmayado de nuevo. Cuando vuelve, está en el baño y el agua es rosa.

(*) picture from here

19.2.08

Playmobil uruguayo (ii): Varela



Cuatro trabajadores llegan a la playa de Bahía Chica en la Paloma; tienen el antebrazo tostado y la parte del hombro blanca, como si sacaran los brazos por la ventanilla del camión pero hasta sólo una altura.


Ponen cuatro ojotas señalando los postes y hay un equipo claramente mejor que el otro; la mejor pareja juguetea frente al arco, sabiendo que el gol es seguro. El único que no entiende lo inminente es el más grande de los cuatro jugadores, que también es el más gordo y el que menos estado físico tiene; parado frente al arco, algo que como todos sabemos está prohibido cuando el arco mide menos de un metro, se revuelca hacia izquierda y derecha, llenándose de arena y sin poder ni siquiera rozar el balón. Finalmente, cuando el gol se convierte y el gordo está sacándose arena de los ojos, el goleador dice: "Eh, pero Varela hace de golero".


A partir de allí, Varela es el centro de nuestra atención; Varela hace malos pases, se come los goles enfrente del arco o increíblemente hace rebotar la pelota en una de las ojotas. El resultado, luego de 3 minutos es 5 a 0. El compañero de Varela no se enoja; el también quisiera hacer revolcar a Varela; quizás por eso, le tira pases que son imposibles de alcanzar pero que el esforzado de Varela corre.


Toman cerveza que después entierran en la arena. Uno de ellos inaugura otro juego; patean la pelota hacia el mar y todos salen corriendo tratando de alcanzarla. Apenas empiezan a correr, Varela queda retrasado; todos se zambullen entre las escasas olas de la Bahía pero Varela intenta mover sus cortas y torpes patas en un mar que, aunque no es embravecido, lo tira una y otra vez. Varela llega a la mitad del recorrido cuando los otros ya están volviendo; cuando Varela se da vuelta y comienza a retornar, una ola que no le llega a la cintura lo hace caer de cara frente a la arena.


Cuando los tres se cansan del juego y toman cerveza en la orilla, Varela dispone la pelota para tirarla él. Uno de ellos le roba la pelota justo cuando va a patearla y todos van hacia el mar. El juego ahora consiste en el medio; tres jugadores se pasan el balón mientras uno de ellos intenta interceptarlo. Uno de los goleadores del principio se va con la pelota lejos de los otros dos y Varela, quien obviamente era el medio, lo persigue lentamente por toda la extensión del mar contenido en la bahía; en algún momento, el goleador deja la pelota flotando y Varela se entusiasma. Sin embargo, cuando está a punto de alcanzarla, tropieza y el goleador grita "Miren a Varela".


De nuevo, están los cuatro en la orilla; toman la otra cerveza enterrada. Varela está tirado con la cara hacia el sol. Su ex compañero de fútbol y uno de los goleadores lo toman de las piernas y de los brazos y lo arrojan al mar. Pasan diez segundos en los que todos nos reímos de Varela; las risas comienzan a detenerse a los quince segundos. Pero a los veinte, cuando empiezan a correr a buscar el cádaver de Varela, su cabeza gigantesca aparece entre el mar quieto de Bahía Grande y Varela sigue con una sonrisa en su cara.


Varela piensa que tiene amigos que lo defienden; piensan que cuando lo hacen acostar con un travesti en un cabaret de Rocha, es porque lo quieren, porque lo hacen sentir parte de una broma que sólo él entiende por que es del grupo.


Los tres amigos de Varela se nos acercan y nos piden que les saquemos una foto. Lo hacemos dos veces por que en la primera de ellas, Varela se había dado vuelta porque uno de ellos le había tocado el culo. Mientras se van de la playa, uno de ellos, el dueño de la pelota, se retrasa lo suficiente como para imaginarse que es Obdulio Varela y shotear un tiro libre perfecto que da de pleno en la nuca de Varela y lo hace tragar aún más arena.

(*)picture from here

18.2.08

playmobil uruguayo, con termo incluído (i)


Matar el pasado, decir estuve acá antes y ahora estoy mejor ahora que antes, o por lo menos ahora puedo estar y que vos ya no estás ni siquiera en un grano de arena.
¿Cuándo fue la última vez que me gustó una mina? Pero así de verdad, de quedarte pensando a la noche en ella. No sé, períodos de abstinencia, períodos de avanzar en tesis, en novelas, en papers, en guiones y nada, períodos de dejar de fumar, de dejar de tener marihuana, períodos de merca, períodos de la rotation en Palermo, todos períodos que ya van a pasar.
¿Dónde aparecen las chicas que le gustan a PH? Aparecen en los marcos de las puertas de las cocinas de los hostels. Aparecen. Y PH las ve y antes de que le muestren cómo son, PH sabe psicóticamente que le gustan esos rulos. Y claro, lo confirma cuándo aceptan mates y hablan cuatro horas sin que se pregunten de qué trabajan, qué estudian o qué vida tienen en Buenos Aires.
Y entonces Pailos da consejos, habla, reflexiona, da clases y PH no escucha porque ya sabe que si algo tiene es insistencia victoriosa; PH vivió toda su vida escuchando cómo debería llevar su vida y un día dejó de escuchar. Porque sabe que no va a cambiar, que lo único que hizo en dos años de terapia fue darse cuenta de que hay que aceptar, que hay que entender y bancarse a uno mismo.
PH no entendió nada yendo dos años a terapia. PH sigue cayendo en las situaciones rídiculas donde todo lo que estaba bien, todos los besos de bronceador y piel salada, donde el regalo que compró para el cumpleaños de ella termina quedando en el fondo de una mochila llena de arena (Pailos aconsejó tirarlo al mar inmediatamente y PH le dijo que sí, que obvio) porque siempre está la ridiculez del desencuentro, del malentendido, del PH que en un momento se queda callado y deja de ser el descentrado, el del humor ácido, el que tiene cara de borracho, y se convierte en las palabras que vuelven sobre sí mismas y quedan en el lado trasero de las piedras de La Pedrera.
PH está harto de decir que está en un proceso de algo; siempre está en procesos de reorganización; porque sabe que, en realidad, no sabe en qué carajo está, ni qué es lo que le va a pasar mañana, ni qué es lo que le va a gustar mañana.
El pasado no fue mejor ni peor. El pasado está pisado. No se siente. Lo rídiculo ya llegó hace rato.
(*) picture from here

12.2.08

Regando las plantas I










Lo bueno de cuidarle la casa a un amigo, es poder entrar a la casa del amigo y verla sin que el amigo mismo la habite.

Yo ya cuidé varias casas de amigos, me acuerdo de una en especial. Llegué con miedo, no había entendido el día que se iba y temía encontrarlo. De hecho lo temí siempre. Al principio era paranoia pura. Como si infringiera algún código sagrado al sentarme en un sillón en el que me había sentado tantas veces, pero claro, siempre con amigo presente. Después el miedo se va, y vas dando pasitos chiquitos, como prender la radio o tele, abrir la heladera, revisar el botiquín del baño, revisar las cartas que llegaron, alguna cuenta tal vez. Después un cajón abierto con la punta del dedo, con miedo. Está claro que la curiosidad mató al gato y a las mujeres, pues nos habita claramente. A la media hora estaba zambullida en el revisionismo histórico de los papeles y objetos encriptados en cajones.

Mi búsqueda termino cuando llegué a una clásica Playboy que solo se podía abrir en tres lugares y que sinceramente, olía muy feo. Con la punta del zapato cerré el cajón y me juré nunca mas revisar cajones ajenos. Hasta el día de hoy lo mantengo. Igual a mi amigo nunca lo vi con los mismos ojos.

Hoy vengo esperanzada a esta casa, a intentar regar las plantas y no encuentro nada más que los dejos de quien la habita. Tipo ordenado el Sr. Hipotético. Ni una entrada sin publicar. Todo ordenado, todo publicado. Lo que si encuentro es nuestra historia. Años de leerlo, de cómo él fue el segundo blog que leí en mi vida (el primero fue el de Sr. del Mar) de cómo le comentaba tímidamente al principio, de los almuerzos compartidos, las charlas robadas a noches aburridas.

Ahora me pongo nostálgica y quiero que vuelva. Que me cuente las aventuras con el Sr Pailos, de cómo todo fue fantástico y único y de cuantas mujeres lo rebotan (aunque esperamos que alguna, cada tanto ceda a sus encantos). Yo mientras tanto seguiré acá, mirando con dolor los cajones que juro no abrir y viviendo historias fantásticamente graciosas para llenar alguna noche en que prometa nuevamente que mis caipirinhas son las mejores si el trae de la buena para fumar, y entonces si, él se haga cargo nuevamente de este blog.

Libélula de Acero



picture from here

7.2.08

abierto por vacaciones



- Teléfono para el señor PH.
- Decíle que no estoy, que estoy filmando el nuevo Baywatch charrúa, para canal 6 de Tacuramembó, bo.
- Pero señor PH, no existe el canal 6 de Tacuarembó.
- Y qué hago con la tabla ahora?
- ¿Cómo, vos no eras un afamado productor argentino en busca de neuvos talentos?
- No, chicas, dejenme explicarles.
- ¿Qué nos vas a explicar? A ver, guardavida, verdadero guardián de la bahía, correte que me subo a tu silla de umpire y te hago un petiso.

Mientras ese dialogo sucede, Libelulita riega las plantas en este blog.