type='text/javascript'/> Mundo Playmobxx: hipotesis al aire
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3.11.09

La vida con un grano


Yo estaba tranquilo con mi nueva vida. Me había concentrado en replicar la historia de Nathan Zuckerman mudándose a una casa campestre en Connecticut en la cual sólo regía su disciplina y habían desaparecido las mujeres, la política, la necesidad de opinar y defender la opinión y sólo existía la obsesión desarrollada en uno mismo. Así vivía.


Cuando vos emergiste, me miré al espejo y dije que en el mundo de Zuckerman vos no importarías y seguí viviendo contento. Respondía estupideces, del estilo me está saliendo una nueva nariz, estoy desarrollando un pene facial para hacer más completo mi acto de sexo oral y esas cosas que inician sonrisas y acallan preguntas.


Pero en dos días trágicos, desapareció el estanque donde Zuckerman nada, la mesa donde Philip Roth escribe parado y empezaste a importar. Alguien me dijo, loco qué tenés ahí? Eso es un asco. Me lo dijo alguien inteligente, quizás el amigo más inteligente que tengo. Me cagó. Un día después, mi jefe me contó la historia de un tipo que le salió uno como vos en el mismo lugar que vos viste la luz y que murió de poliomelitis en dos días. Me cagó. Como es lógico, mi jefe me cagó.


A partir de ahí, todos empezaron a venir a mi casa de las afueras, se sentaron en mi porche, trajeron a los niños a que meen el estanque, mis ex volvieron a mandarme mensajes, a llamarme, y como si ahora figuraras en la guía turística de YPF, llegaron los desconocidos con sus cámaras de fotos, con sus cuadernos para anotar instintos descontrolados de poesía. Así, el que recibe los bolsos en el guardarropa de la pileta, me mira todos los días y me dice hoy lo tenés peor, estás hecho mierda flaco y también qué mala suerte que tenés; el panadero me mira y me dice qué asco lo que te salió en la cara, todos quieren apretarte.


Invadido, acorralado, imposibilitado de esconderme a pesar de apagar todas las luces de mi vida, mi existencia es ridícula. Doy clases mirando al pizarrón; cuando me hacen una pregunta, noto cómo todos desvían su mirada y se quedan mirándote, cómo nadie entiende mis respuestas y se quedan con más preguntas, preguntas de cómo saliste. En el único momento donde vuelvo a recoger las cenizas de mi existencia anterior es cuando tengo puestos los anteojos negros. En el subte, en el colectivo, en el ascensor, en la consulta de los médicos, en el supermercado. Las miro a todas, las sigo encontrando hermosas pero no puedo superarte, no puedo pensar en tener que presentarte como el hermano idiota que me acompaña a todos lados.


Hoy fui a la dermatóloga. Es joven, hermosa y se llama Doctora No. Es genial que se llame así; me dan ganas de ser un superhéroe y que ella me intente matar o me invite a bailar el a-gogo. Te miró y me dijo: lo tenés peor. Más rojo. Más grande. Más inflamado. Ningún antibiótico puede contra vos. Sos invencible incluso para mi archienemiga sexy, la Doctora No. Me pregunta hace cuánto me hice un análisis de sangre. Hace un año. Primero pienso esto: tengo cáncer, tengo sida, me muero, me estoy muriendo. Es lógico. Mi vida siempre ha sido un pelotero de putas.


Después le digo por qué me pregunta. Por qué te vas a tener que hacer una cirugía y te van a pedir exámenes. Me voy a morir. En cuanto subo al subte lo tengo decidido. Me voy a matar. Pronto. Un disparo es demasiado bardo pero formidable en términos escénicos. Tomar pastillas. Me aburre la cotidianeidad del abrir la boca. Termino yendo al cirujano ese mismo día.


El cirujano es plástico y todo lo que rodea a la clínica es o bien típico de un hospital de abortos clandestinos para la clase alta o bien para ponerse siliconas. Me voy a poner tetas. Me voy a poner tres tetas. Y después me descerrajo el cráneo. Entro. Los cirujanos no me miran. Están seducidos por vos. En cuestión de segundos, me tiran en una camilla, yo tomo los últimos instantes de vida que me rodean (una lámpara halógena, un techo blanco, el miedo), me ponen una gillete y escucho el ruido del sebo interno lanzarse al infinito y más allá, como en una eyaculación porno. Incluso el cirujano, antes de que yo abandone el mundo dice, estabas lleno, eh.


Me levanto de la camilla y pido turno para el viernes.


(*) pic from here

7.10.09

Envidien palermitanos de Lost


En esta página, hay un juego de realidad virtual para alivianar las ansiedades antes de la última temporada de Lost; la idea es que distintos artistas plásticos que han ido haciendo pinturas, murales o imagenes digitales que supuestamente llevan a una clave para descifrar el juego y revelar algunos secretos sobre Lost. La cosa es que el octavo poster apareció a una cuadra de mi casa. Las razones para esto son desconocidas como casi todo lo que ocurre en Lost. En principio, estamos esperando poder venderle a Sawyer camisetas del Globo cuando caiga el Oceanic 815.

Más fotos acá

21.6.09

Reivindicaciones en el porno


En este blog, mi amigo L plantea alguna tímida posibilidad de relacionar el porno con el arte y con el goce estético, haciendo de Sasha Grey un hecho empírico a analizar con respecto a esa relación.

No hay pocas razones por las cuales uno podría distinguir a Sasha Grey del resto de las actrices del porno: una página web cuidada, una mujer que defiende su profesión y la ve como una vocación elegida y no como la típica excusa de cómo llegar a fin de mes.

Si yo no me equivoco, Sasha se inscribe dentro de un subgénero del porno, uno que ya ha sido inaugurado por una de las actrices más famosas, Belladona. De hecho, acá puede verse una entrevista igual de moralizante e idiota a Belladona que la que le hacen a Sasha.

En términos de perfomance, prefiero a Belladona por dos cosas: su mayor masa corporal y una actitud mucho más combativa en cámara. La mayor masa corporal de Belladona hace que la imagen sea menos agresiva que en Sasha Grey a quien siempre parece que están a punto de romperle la cara de una trompada, o a quien la fragilidad del cuerpo desnudo femenino despierta fantasías más bien violatorias. Esa masa corporal mayor genera una actitud profundamente opuesta: más allá de que le estén rompiendo el culo dos tipos al mismo tiempo a Belladona, es claro que es Belladona la que está a cargo de la situación, de que es Belladona la que está cogiéndose a todo el mundo.

La diferencia no es menor. Sasha participa en una orgía de más o menos 8 tipos que le acaban en la cara; ella está en el centro, los tipos se le acercan y le acaban, haciéndole girar el rostro con sus manos. Belladona participa en orgías de la misma cantidad aproximada de hombres que le acaban en la cara; ella no se queda en el centro sino que va de tipo en tipo, en una perfecta sincronización y despreciando a los que no están sincronizados perfectamente. El final es el mismo y para quienes odian al porno, o lo ven anti-feminista, el resultado es el mismo. Sin embargo, Belladona nos hace creer que el poder está en ella, que no es un mero receptáculo, que son los otros los que deben satisfacerla y no a la inversa.

Una vez que Belladona genera la ilusión de tener el control, Belladona puede jugar con el resto de las escenas; Belladona puede usar medias tres cuarto con estampados de pop-art, Belladona puede comenzar felaciones con los ojos maquillados con estrellas, eyaculaciones sobre unos dedos del pie coon una manncura perfecta, puede tatuarse la mitad del cuerpo (lo cual, con seis años más que Sasha, le genera una imagen bastante más heavy y gótica)

Hace mucho tiempo yo había escrito varias cosas sobre la transformación óntica que generó la incursión de Internet en la pornografía y la idea era que ante el mayor acceso al porno y ante la oferta desmesurada de pornografía, el nicho porno había comenzado a saturarse y que la única forma de seguir haciendo rentables a las decenas de miles de pequeñas productoras era la hiperespecialización, lo cual genera que, por ejemplo, uno de los portales en español más visitrados del momento, el título de uno de los posts sea Sodomizando el culo panameño de Keeani Lei.

Sasha Grey no es más que eso, L. No es más que Belladona pero con seis años más de especialización de la industria. ¿Tengo que hablar de Godard? Bueno, traeme un libro de Godard y lo pongo acá en el fondo, o lo cito; algo así como cuando en La conjura de los Necios, Reilly se enamora de la mujer desnuda que “lee” Virgilio.

Sin embargo, L tiene razón: la hiperespecialización está tocando a nuestras puertas… Se viene el porno para intelectuales… Va a ser horrible.

(*) pic from here

6.4.09


El problema con el porno contemporaneo es que las minas son muy putas.

6.3.09

El liberalismo y los playmobils

Este post nació de un comentario de Cece y de una de las caminatas de tres horas que hicimos transandinamente.

Cece afirmaba que los Playmobiles tenían la vida solucionada desde el principio, desde antes de abrirse la caja y descorrer el plástico que los contenía: el playmobil que nacía en las virginales fábricas de Alemania como sheriff haría cumplir la ley en el lejano oeste, el que nacía controlador de tráfico lo sería siempre y la que nacía reina, no podría abdicar. Al principio, le dije que sí pero luego me dí cuenta que no, que de ninguna manera.

Al menos hasta hace algunos años – ahora los Playmobiles son distintos – los Playmobiles eran la representación de un principio liberal básico, el cual siempre ha sido mencionado como su obstáculo principal para enfrentarse con la pluralidad cultural y la identidad arraigada en las religiones, narrativas, grupos sociales, etc.: éste principio consiste en la idea de que dado que los individuos pueden cambiar sus objetivos, redefinir su identidad, pueden entrar y salir de cualquier tradición cultural, entonces esas adscripciones identitarias son posteriores a la existencia del individuo. De acá se sigue, casi naturalmente, que hay algo previo que constituye al sujeto y que no tiene que ver con esas identidades que siempre son consideradas provisorias y, si se quiere, contingentes.

Si los Playmobiles tuvieran la vida solucionada desde el principio – en el sentido ceceano – eso implicaría la violación de este principio: el sheriff no podría cambiar su ocupación y la reina sería reina por descendencia familiar. Sin embargo, lo divertido de los Playmobiles es que debajo de sus accesorios, debajo de sus sombreros, sus charreteras, sus barbas, etc., seguía quedando un Playmobil al que le podías dar otra identidad, que podías disfrazar de otra cosa: el sheriff podía ser el rey, el controlador de tráfico podía ser el ladrón del oeste, etc. Lo que quedaba de todas esas combinaciones era el sujeto abstracto del liberalismo, ese sujeto que esperaba ser determinado por otras cosas pero que, sin embargo, nunca era determinado total e irreversiblemente.

La libertad del individuo era para los Playmobiles justamente esa posibilidad de cambiarse la identidad – o mejor dicho, de ser cambiados por el sujeto activo del juego –, de dejar de ser lo que eran y pasar a ser otra cosa. Por supuesto, el liberalismo de los Playmobiles era clásico, quizás demasiado clásico, y todavía no podía entender la transmutación de género: uno podía cambiarle el peinado a una Playmobil por el de un Playmobil masculino pero siempre quedaría esa faldita levantada por el aire, en una inocente reminiscencia de la clásica escena de Marilyn.

Ahora bien, Cece tiene razón pero sólo con respecto a la nueva generación de Playmobiles: por ejemplo, para el mundial de fútbol, se hicieron jugadores de fútbol que tenían las camisetas de los distintos países pintadas en su propio cuerpo, las medias y los pantalones cortos; ahora, los viejos tienen pintados sweaters de viejos, hay romanos que tienen las botas y las togas de los romanos y que no se pueden sacar.

¿Por qué pasa esto, por qué este cambio? Uno podría suponer que los Playmobiles se enfrentaron a otro tipo de juguetes, a una generación justificada en imágenes de precisión, en el hiperdetalle de las cosas; frente a esto, ese mero sujeto abstracto sin determinaciónes previas, sin la vida arreglada desde el principio, parecía demasiado tonto, demasiado simple. En realidad, yo diría que lo que parece es que los ejecutivos de la industria de los juguetes suponen una menor creatividad en los niños: no hay que darles una tabula rasa, sino una tabula completa con todos los detalles y en donde se vea bien grande el logo de Coca-Cola, no los dejemos pensar en que pueden cambiar su vida, no dejemos que nos compliquen las estadísticas con el abandono de sus posiciones sociales y tradicionales. No dejemos que le saquen la corona al rey, que le cambien la barba al sheriff; ni siquiera los dejemos jugar con la idea de la revolución.

23.5.08

Indignados


El 47 para en Chacarita; la gente que hace cola desde hace cuatro minutos comienza a subir hasta que se empieza a escuchar un rumor que comienza desde adelante y continúa progresivamente hacia atrás. Se escuchan algunos gritos de “colada”, “ladrona”, “vieja tramposa” e ”hija de puta“ que hacen de sinfonía para la subida de una señora de unos cincuenta años rubia, claramente empleada municipal. Apenas se da vuelta para contestar a la turba indignada y esgrime la única justificación que se le ocurre: “pero yo estaba en la cola de los sentados”, lo cual es respondido por un “sentate en esta, rubia” que a su vez es seguido por risas exageradas de la cola.

La rubia se sienta en un asiento de a dos y mira a la ventanilla tratando de olvidar el mal momento. Pasa un muchacho de unos treinta años y mientras se dirige hacia el fondo por el largo pasillo comienza a aplaudir y grita: “Un aplauso para la señora”. El colectivo, empezando a comprender la colectivización de la acción, aplaude. El pasillo se convierta en una especie de sucesión de personas que esperan su turno para insultarla; un tipo de unos cuarenta años le grita hasta que la garganta le queda roja que tiene una cara de piedra, de madera, de mármol; la rubia solo contesta “cola para sentados” pero no se mueve; pasa una vieja de ochenta años y hunde su bastón contra el pie de la rubia; otro joven de unos treinta años siente que hay que volver al tiempo de la acción política cargada de reflexividad y exige al público pasajero defenderse de los abusos, que si no, entonces nos merecemos lo que tenemos: esta rubia sentada; ella grita “enfermos”.

El colectivo arranca y aunque quedan asientos vacíos, nadie parece olvidarse de la rubia. Alguien empieza a tirarle los boletos convertidos en pelotitas húmedas de saliva; el primero aterriza sobre su cabeza y ella se lo quita elegantemente; pero al primero le siguen veinte más y su cabeza se convierte en una autopista cargada de vehículos blancos. El político se levanta, se sienta al lado de ella y empieza a cantarle las cuarenta, cada vez con un poco más de amenaza y menos de castigo. El colectivero golpea el espejo retrovisor con una moneda y exige calma; el de 40 le dice que se calle y que siga manejando que para eso le pagan y también se para y le pega un coscorrón a la vieja: “así vas a aprender, pedazo de turra”; la vieja de 80 años le entrega el bastón a una pequeña niña con trenzas de 11 años y le explica con qué parte debe pegarle en la espalda para causar más dolor.

La rubia llora y grita “sentados sentados sentados” pero ya no importa a qué se refiere. Todos la tomamos de algún lado de su cuerpo, abrimos la puerta trasera y la arrojamos a la calle, justo cuando el 47 está tomando una curva quizás imprudentemente rápido. Miramos al chofer que nunca va a dejar de ser un mal chofer.

(*) picture from here

17.4.08

un poco de realismo


Cuando uno sale a la calle y ve el humo en Buenos Aires y cuando uno prende Crónica que titula "El humo avanza sobre Buenos Aires" uno no puede dejar de anticipar el momento en el cual los gobernantes mundiales confiesen que no habían previsto las consecuencias del fenómeno climático en cuestión y que ahora hay que unirse para repeler la invasión del espacio.

22.3.08

correo exclusivamente interno


Cuti y P de Pau:
Cuando nos fuimos con Pailos de vacaciones a Uruguay, hicimos un tema y bautizamos a nuestra banda como Neurosis Contagiosa. Ahora, viendo su nuevo proyecto, me doy cuenta de que hay pocos nombres mejores que el de su banda, Actitud Gastón Gaudio.

Saludos y admiración,
Playmobil Hipotético

6.11.07

68 horas sin celular



Instancia 1: hora y media para hacer la denuncia

Síntoma 1: Cualquier cosa que suena parece mi celular; descubro que hay más ruidos en la calle que los ruidos que hace mi celular.

Síntoma 2: Mi ignorancia respecto de qué hora es se ve brutalmente acrecentada por el hecho de que empiezo a buscar infructuosamente un reloj en la calle, en el colectivo, en las manos ajenas y no lo encuentro.

Síntoma 3: Me descubro buscando el celular en mis bolsillos de manera tremendamente atávica; incluso, creo reconocer el vibrador del celular; dado que no tengo celular, empiezo a preocuparme.

Instancia 2: Despertarse a las 9 de la mañana de un sábado no parece sencillo sin un despertador. Recorro mi casa y descubro que no tengo ni siquiera un reloj, salvo el de la computadora o el de la televisión. Finalmente, me termino despertando cada hora.

Instancia 3: El sábado a las 4 de la tarde me doy cuenta que no me llamó mi madre.

Síntoma 4: Me descubro extrañamente feliz sin celular. Incluso pienso hasta dónde podría llegar.

Instancia 4: Empieza una rara obsesión por el status ontológico de los posibles mensajes de texto y llamadas a mi celular.

Instancia 5: El sábado por la noche me doy cuenta que no sé el celular de nadie; también me doy cuenta que voy a tener que recolectar todos los teléfonos perdidos. Deprimido, meto las manos en los bolsillos - donde solía estar el celular - y camino como despreocupado, cuando es bien claro que toco la ausencia.

Síntoma 5: El domingo por la noche, suena el teléfono. Preguntan por mi celular apagado; incluso, creen encontrar en eso el signo de una noche de excesos secretos. No los desmiento, aunque pienso que ese es un pensamiento propio de una generación mucho más pretérita que la mía.

Síntoma 6: Me asalta la cuestión de dónde estarán mis llamadas perdidas, mis mensajes recibidos, mis mensajes sin leer, los llamados que entraron en esas horas. Imagino un momento del día siguiente donde luego de conectada la línea aparezcan cinco llamados sin contestar, ocho mensajes de texto sin leer, tres correos de voz sin escuchar. También me imagino la desilusión cuando compruebe que la mitad de ellos son de mi madre, un mensaje de texto de Personal avisandome de una promoción "Día del Enamorado" y cuatro que me preguntan a qué hora juega Huracán.

Instancia 6: Finalmente, compro otro celular. Lejos de esa catarata de mensajes sin leer, de llamadas perdidas, de esperanzas del pasado puestas en un número, mi nuevo celular aparece completamente vacío. Es claro el mensaje detrás de esto; el no tener celular implica una vida menos activa, una vida que no merece ser registrada. No es que los mensajes mandados a mi número no lleguen; no, más bien es que los borran antes de que uno recupere la línea. Los borran para decirte que esos días que pasaste sin celular, nadie te buscó, nadie quiso hablar con vos porque, en el fondo, no existías. Como si eso fuera una novedad.
(*) picture from here

1.11.07

un boleto para soñar


Hace algún tiempo había dicho que el 133 tenía el recorrido más irracional del mundo; en una nueva iniciativa del grupo Plaza, los dueños del colectivo, el 133 también incluye la irracionalidad como una de las experiencias que uno puede disfrutar en el largo trayecto.
Algo de eso debería haber sospechado hace cuatro años, cuando empecé a ser un cliente asiduo. Durante dos años, me tomé el 133 a las 5.50 de la mañana de un sábado para ir al CBC de Paternal.
Durante dos meses seguidos de ese período, asistí a una especie de culebrón en horario trasnochado; en los asientos del fondo, se sentaban dos chicas de unos 19 años que iban relatándose minuciosamente sus encuentros y desencuentros en el boliche, mientras intentaban que las palabras se arrastren lo más cómodamente posible en una única frase sin espacio alguno. Sin embargo, Marcos era el foco de aquella amistad: al principio él no le daba bola a una, después le dio bola, durante algunos sábados apareció sólo una de ellas en el colectivo, la que no había sido beneficiada. Luego, volvió, puteando a Marcos porque se había besado con una en su propia cara. Ese sábado fue un momento álgido de rating. Llantos, una historia gritada a los cuatro vientos y por sobre todo, mucho ánimo de te voy a romper la cara.
Sin embargo, a la semana siguiente, fue la otra quien no apareció. Después de dos o tres sábados, aparecieron las dos y claro, Marcos había vuelto a aparecer pero esta vez del lado opuesto, de la antes no favorecida. Uno podría pensar que eso iba a generar un conflicto realmente importante pero, sin embargo, el conflicto se dio en otro nivel, un nivel de sutileza que no era esperable para la producción. La exfavorecida por Marcos aconsejaba a la nueva favorecida acerca de cómo tratar al pedazo de mierda ese. La exfavorecida prefería ponerse del lado de la experiencia, del lado de la que se equivoca pero aprende de eso que del lado de la despechada; sin embargo, era claro que ese era el lado de la despechada pero con carpa. La nueva favorecida, que podría enojarse con eso del “pedazo de mierda” asumía su posición de débil y escuchaba, escuchaba, escuchaba hasta que un día ninguna de las dos apareció más en el colectivo.

La decadencia de la ficción se siente también en el 133 por estos tiempos. Ahora, más que aquel célebre culebrón, más bien se producen sketchs, gags, o lo que podríamos llamar bloopers. Por ejemplo, el otro día estoy sacando mi boleto, el visor de la máquina me dice que me faltan 10 centavos para llegar a los 80 y mientras yo busco esos diez centavos restantes en mis bolsillos, quien estaba atrás mío en la espera, pone los 10 centavos. Uno diría, pero qué tipo amable y solidario, ayudando a un desconocido. Sin embargo, toda esperanza en la reconversión de la humanidad se desvanece en cuanto sale el boleto, él lo toma rápidamente y se sienta en el único asiento vacío que quedaba. Pensando si finalmente ese era el día que me iba a tener que cagar a trompadas, lo llamo y sin embargo, sus auriculares no dejan escucharme. Miro al colectivero quien no presta ninguna atención a nada, así que me termino agarrando muy fuerte del caño del asiento, temiendo que en cualquier momento alguien me diga que el colectivo cambió de recorrido definitivamente y que ahora llega hasta Liniers.
O también aquel día donde dos tipos de unos 20 años se suben al colectivo, sacan el boleto, se empiezan a putear y bajan del colectivo, en la misma parada donde se subieron, para cagarse bien a trompadas. Apenas ha recibido cada uno de ellos una trompada, notan que un patrullero está en la vereda de enfrente y vuelven a subir al colectivo, exactamente en la misma parada de la cual subieron y bajaron una vez. Esta vez, como para mostrar que no estábamos en un bucle temporal, no sacan los boletos y se van a sentar al fondo, exactamente al lado de dónde estaba sentado yo. “Una trompada me voy a ligar de rebote, seguro”. El colectivo sigue sin arrancar para terminar de redondear la sensación de absurdo que promete el Grupo Plaza. Mientras los dos siguen puteándose tanto que a veces pienso que quizás alguno de ellos sea Marcos, sube la policía los baja y, como si finalmente, hubiera terminado la proyección del blooper y volviéramos a estudios centrales, el resto del pasaje aplaude el accionar policíaco.

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