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29.12.08

Cara de queso, la confirmación de un garca


En un blog maldito, escrito por un menemista confeso, se rememora a la década de los 90 como si hubiera sido la panacea de la clase media, algo que, por supuesto, no fue así o si lo fue, yo debía estar de viaje por Europa o pagando las cuotas de una heladera.
Durante mi adolescencia, que ocurrió en los 90, el mundo se dividía en categorías binarias y simples, sin ninguna duda sobre el criterio utilizado; por un lado, estaban los garcas que solían ser winners y por otro lado, estaban los loosers que sufrían por serlo, distinción importada que era una modernización de otra distinción, también importada pero durante la época del Rodrigazo, entre los populares y los no populares de la preparatoria estatal.
Cara de Queso es una gran película aunque le falten, al menos, 20 minutos para desarrollar todo el potencial que evidentemente está. Quizás la falta de presupuesto – poco probable – o quizás la necesidad de dar una imagen de panorama cotidiano que no necesariamente siga las reglas de bronce de taller de guión, terminan convirtiendo a Cara de Queso en una película más parecida a un histeriqueo detenido por el vómito del histeriqueado que a uno detenido por el mero placer de continuarlo luego.
Cara de Queso está ambientada en los 90 y eso no se ve pura y exclusivamente en las noticias que ve el padre del protagonista sino en una escena símbolo de esa distinción tan adolescente y simplista que nos mantenía unidos a nosotros, los futuros neuróticos de la clase media. El hermano de Cara de Queso tiene una novia judía como él, que es algo así como la prolongación de la madre del protagonista Ariel y no por su parecido físico sino por la combinada imposibilidad de salir de la sociedad matriarcalizada del judío burmaniano de Once.
La novia prácticamente vive en casa de ellos y aunque aún no tuvieron relaciones sexuales propiamente dichas, ello no impide que él le pida constantemente que se la chupe y ella se lo niegue. ¿Cómo salir de esa situación dilemática? El novio decide romper la relación, confesando un supuesto problema existencial propio del judaísmo y de la necesidad de romper el matriarcado. Ella llora. Él se mantiene firme. Luego de un silencio casi sepulcral, él le pregunta si lo quiere; ella dice sí; el dice entonces chúpamela y ella le dice sí. Y los dos se van de la mano, esperando que la adolescencia no termine nunca o que al menos los 90 se conviertan en un siglo.

(*)pic from here

18.12.08

El pederasta del barrio


Una compañera de secundario era la heredera de una casa de sepelios y se decía que para entrar en la casa tenías que atravesar distintos tipos de cajones, desde los hechos para la gente del barrio hasta los fabricados artesanalmente para los que se habían ido del barrio. El oficio de velatorista (digámosle de alguna forma) debe adquirirse de esa forma; por herencia. Nadie quiere ser velatorista pero alguien lo tiene que ser, del mismo modo que Shylock no quería ser prestamista.

Eso debe conducir a que si uno es hijo o sobrino del velatorista de X calle, uno puede desarrollar una personalidad y unas preferencias independientes del trabajo, de forma que por ejemplo, tengamos un pintor dadaísta que por la mañana aparta viejos lacrimosos y cierra cajones, un mal centrojás que por la madrugada sirve café y un chofer de limusina fúnebre que de noche sueña que cae dentro de una tumba.

Sin embargo, como todos vivimos en sociedad, uno imagina que esas cosas se esconden en el trabajo. No pasa lo mismo con el velatorista pederasta de mi barrio. Hace algunas semanas, ahora que cambié el chino del barrio por el Eki, no deja de parecerme excesivamente extraño el cartel que está en la puerta de la casa de sepelios. “Si sus pequeños llegan a tener algún problema con un extraño a la salida del colegio o alguien los roba mientras vuelven a su casa, dígales que se refugien aquí, donde los cuidaremos y confortaremos.” El niño, por supuesto, encantadísimo de entrar y probar la mortajita en el cajoncito especial.

Ahora que llega la navidad, señores padres, ustedes se preguntarán dónde hago que mis hijos tiren la cartita para Papá Noel y para los Reyes Magos. Bueno, no se preocupe, porque el mismo velatorista ha puesto, al lado del previo anuncio, el siguiente cartel adornado con globos y cruces: “Chicos, chicos: entren y déjenle la cartita a Papá Noel y los Reyes Magos.”

(*) pic from here

27.11.08

¿De quién es el agua?


Si pudiera hacer un mapa de decisiones como aburridamente se puede hacer, todo diría que empezó con el joven Bob Dylan, siguió con el aún no loco Woody Guthrie y terminó en Steinbeck, que ahí se conectaría claramente con Faulkner y mucho mucho más atrás en mi tiempo con la esclavitud en Estados Unidos. Ahora que todos creen que soy negro, o descendiente de negros, lo cual puede verse cuando los montevideanos me llaman rubio en las llamadas, hablemos de Las uvas de la Ira y mejor de la adaptación de John Ford.
Las Uvas de la Ira trata acerca de la historia de una familia de granjeros sureños del Este que debido a un fenómeno climático que se llamó Dust Bowl y que destruyó la posibilidad de cultivar, deben malvender todo e ir a California en busca de trabajo. Durante ese viaje iniciático, lo que les ocurre a los Joad son básicamente las consecuencias de la Gran Depresión posterior al 30 y del surgimiento del capitalismo más salvaje: vayan donde vayan no hay trabajo, o si lo hay, está pésimamente pagado, o los tratan como unos inmigrantes sucios y brutos. Las rutas del sur se llenan de camiones destartalados llevando familias numerosas y enteras, polvorientas y desarraigadas no sólo de su tierra sino de su cultura.
La adaptación de Ford es bastante fiel al texto, aunque, por supuesto, trata de limpiar algunas manchas de comunismo que impregnan el texto. A veces, Ford lo logra sacando líneas de diálogo, alterando el orden de las escenas del libro y a veces, agregando una escena bastante particular.
Los protagonistas, la familia Joad, llegan a una utopía steinbeckeana en el medio de la ruta y es en el único lugar donde la pobreza, la miseria y la propiedad privada defendida con fusiles no entran; el lugar de la utopía es el Campamento del Gobierno (Keen Ranch)– el presidente en ese momento era Roosevelt, probablemente, el liberal igualitario que da esperanzas frente a todo el resto de los liberales. El campamento representa la vieja utopía de la democracia republicana a pequeña escala: hay pequeños comités locales que deciden cómo se llevan a cabo las cosas en las partes del campamento, hay ciertas propiedades que son de uso colectivo, hay trabajo comunitario para pagar la estadía, la policía no puede ingresar, etc.
La escena en cuestión y que, obviamente, no está en el libro de Steinbeck, es la siguiente: el recién llegado Tom Joad camina por el campamento; hay una mujer que se acerca a un grifo de agua que tiene un cartel que dice “Apague el agua. Ayude a mantener el campamento limpio”. Luego de llenar el balde, la mujer sale caminando sin siquiera intentar cerrar la canilla. Tom Joad se acerca despacio, mira sorprendido el agua potable y corriendo – acaban de cruzar el desierto - se enjuaga la cara, la nuca y la cierra.
Si hay algo que está por detrás de la propiedad es la idea de que si algo no es de uno, uno no lo cuida o, por lo menos, no hay nadie a quien responsabilizar por una falla o un accidente; un poco más, es que la propiedad privada es la única que conduce a una administración eficiente de los recursos o que la propiedad colectiva es la forma más ineficiente de propiedad.
El que una mujer deje correr el agua sin ninguna preocupación posterior es lo que pasa cuando la propiedad privada no existe; el que el joven Tom Joad la cierre no quiere decir más que aún no ha entendido el hábito del desperdicio que involucra la propiedad colectiva; sin embargo, dice Ford, llegará ese momento si los malditos burócratas de Washington continúna siendo rojos. Y así deben haber nacido las listas negras.
(*)pic from here

30.9.08

La gente que llama a la radio


Radio Rivadavia era omnipresente cuando la casa de mi abuela estaba más llena de gente viva; mi abuelo esperaba, con la religiosidad propia del que antes tenía alguna ocupación verificable, el pitido que anunciaba que iban a decir la temperatura, la humedad y el pronóstico para el resto del día. Después no importaba ninguna noticia; la única noticia relevante era la que se podía comentar en el ascensor.

El sábado a la noche en Rivadavia hay un programa que se llama Tristemente Célebres y que, obviamente, trata de la historia del crimen en la Argentina. La estructura del programa es la más obvia posible: música de heavy metal que lleva a las tandas (fundamentalmente Slayer) y baladas de heavy metal (los vendidos de Metallica) como cortina de los relatos del conductor sobre los distintos crímenes.

Los relatos no se distinguen de cualquier noticia escrita en Crónica aunque quizás tengan más adjetivos moralizantes del estilo “el siniestro malviviente”, “el festín de sangre carmesí”, “su aventura mortal”, etc.; al mismo tiempo, los lugares de los hechos quedan marcados a fuego por ese crimen: “la población de Rafael Calzada recordará por siempre el horroroso rito de los malhechores”, etc.

Y entonces lo que parecía algo potencialmente escalofriante o divertido, según de que lado uno ponga el morbo, se convierte en el espacio de denuncia bastante obvio acerca de la inseguridad con sus consecuentes pedidos de encerrar a los enfermos, de las demostraciones científicas, del pedido de justicia y de la especificación de que la justicia consiste en la pena de muerte.

Sin embargo, lo mejor del programa está en otro lado, en los mensajes de los oyentes. Gente como uno, un poco traumada de ver tanta sangre en la tele, en los diarios, en la literatura; gente que devora todo lo siniestro, lo macabro y lo goza de esa manera más bien perversa. El ejemplo más claro de esto son los tres mensajes seguidos de Aldo de Luis Guillón en los cuales primero pregunta si se supo algo más de esos casos de robo de órganos en personas vivas, que por qué no se habla más del tema; luego pregunta si se supo quienes habían matado las vacas y las ovejas en el sur; luego pregunta si se descubrió si fueron los extraterrestres o los que roban órganos. El programa termina pero uno piensa en la cantidad de mensajes que podría dejar Aldo.

8.9.08

El mundo según la madre de Garp


Hace muchos años tenía una novia y esa novia tenía una hermana pequeña, la cual estaba enamorada de mí, a diferencia de mi novia verdadera. Yo soñaba con la hermana de mi novia en situaciones estresantes: por ejemplo, estábamos en la orilla del mar y venía una ola que la llevaba hacia un lugar donde no la podía agarrar. La angustia asfixiante de tener que volver a la sombrilla a decirle a la familia de mi novia que se había ahogado era enorme y me hacía despertar dudando de donde venía tanto líquido.
El mundo según Garp trata exactamente de esa angustia en potencia que dan los niños. Sin ser padre, uno imagina que aquello que me pasaba con la hermana de mi ex novia es un cuarto de lo que un padre siente cada vez que piensa que su hijo puede morir antes que él. Frente a ese sentimiento imagino que habrá dos opciones: o en algún momento dejamos nuestros temores y recordamos que algo de racionalidad se esconde en el cuerpo de un niño o pensamos que su racionalidad es ridícula y construimos un mundo imposible, en donde los peligros estén ahuyentados por nuestro miedo.
La culpable de que T.S. Garp siempre esté más cerca de la segunda opción que de la primera – no casualmente sale desesperado ante un auto yendo a una velocidad exagerada ni tampoco es casual que en la mitad de una noche vaya a buscar a su hijo a la casa de amigos -. La madre de Garp es también culpable de que las primeras doscientas páginas del libro sean desconcertantes y asfixiantes.
Jenny Fields, la madre en cuestión, procrea al hijo sin necesidad de un padre real para Garp; esto que las feministas podrían tomar como la culminación de una idea de autosuficiencia femenina, es en realidad egoísmo producto del temor. Jenny Fields construye un universo en el cual la lujuria – lo que el resto de los humanos llaman sexo relativamente libre – no existe; los hombres, más que la posibilidad de dominación y explotación machista, son posibles causantes de enfermedades, de mares de males morales.
Jenny es enfermera y aún cuando deja de serlo, sigue usando el uniforme. Algo que diferencia a las enfermeras de los médicos es que las primeras tienen un contacto directo con la enfermedad mientras que en los segundos es mediato, conceptual; el contacto directo es curar la herida efectivamente, limpiar la mierda efectivamente, vaciar los papagayos, etc. Jenny no puede dejar de ser enfermera no tanto porque el mundo esté lleno de enfermedades sino porque ese uniforme le da la sensación de seguridad, de mantenerse protegida de manera directa, de mantener una frontera intraspasable entre los enfermos y los delantales blancos.
Jenny educa a Garp en un cuarto de enfermería de una universidad de la cual salen bastante poco y cada vez que salen, algo terrible pasa, en una irónica confirmación de que ella tiene razón en mantenerse aparte y cuidadora de la salud. El propio Garp pasará por situaciones similares: porque el problema con la angustia que generan los niños pequeños siempre va acompañado con la culpa a cuenta por no haber estado más, por no haberlo cuidado adecuadamente, etc.
El mundo según Garp también va de eso; a medida que Garp comienza a construir su propia familia, su propia forma de concebir el mundo, los temores de Jenny se convierten, todos y cada uno, en la realidad pero entran directamente en la carne garpiana. Que Garp termine sus días idolatrando a su madre y tratando de seguir sus actividades y sus pasos, no parece otra cosa que el reverso de la angustia del principio. La angustia de que nuestros padres tengan razón y que ellos hayan sido exitosos en morir antes que nosotros y nosotros no en morir antes que nuestros hijos.

6.6.08

mientras seguimos esperando

El exilio de las especies tiene la misma estructura que Otro día en el Planeta Tierra; las canciones caramalescas – un poco más Los Rodríguez esta vez - , los rockanroles, el hiphopeado de un Pity delirando, el mensaje inconexo de justificación del proyecto espacial – esta vez un poco más Sumo -, el blues, el reggae colgado y la canción cualquiera – esta vez el himno militaroide a Roberto Gómez Bolaño.

Lejos el mejor tema es Mayonesa, un tema con una especie de base marchosa bastante simple y un poco parecida a Adicta. El Pity encuentra un tarro de mayonesa y empieza a comerlo; con el tiempo se da cuenta que esa mayonesa es el tiempo que le queda de vida.

Desde hace dos días tengo el nuevo disco de Los Intoxicados y ya van dos personas que me preguntan cómo es que escucho a Intoxicados; decir que el Pity es un limado es casi tautológico. Siempre pensé que lo importante era darse cuenta de por qué, a pesar de eso, hacía grandes discos de canciones de rock.

La carrera de Intoxicados es casi una especie de prólogo a la muerte rockera del Pity; todos esperamos que muera dentro de relativamente poco y entonces empiecen a surgir las anécdotas de “yo ví aquel recital que desde ahora llamaremos mítico”, las futuras procesiones al cementerio de Flores, y quien sabe, la estampita que venderán de San Pity en las estaciones de tren.

Mientras eso no ocurra, el Pity seguirá dividido entre el limado que aparece en la televisión y en los recitales y el tipo que, por ejemplo, ahora está escribiendo una novela de ciencia ficción y que hace estos discos que sólo se entienden desde la experiencia del viaje; el que viaja interpreta mal lo que tiene frente a si, porque ello es nuevo, y añora lo que dejó, porque ya es viejo y alejado.

La diferencia con cualquier otro relato de viajes es que Intoxicados parece no entender nunca absolutamente nada; el mundo real, los significados de cualquier cosa son vistos como algo completamente extraño y pasible de cualquier interpretación menos la cotidiana. Uno puede pensar en la experiencia de ver al Chavo del 8 con el Pity en su departamento de Lugano; el Chavo se mete en su barril y nosotros esperamos que algo ocurra; el Pity, por el contrario, no espera eso sino que apaga la televisión y empieza a buscar al Chavo en su inodoro, creyendo que existe una secretísima cañería entre el barril de la vecindad y su departamento; como no lo encuentra, cree que ha caído en un pozo negro temporal pegoteado de mayonesa; cuando el Pity le pone mayonesa al pancho, mastica despacio, no vaya a ser que se trague al Chavo o a Roberto Gómez Bolaño.

(*)foto de acá

6.2.08

ya tienes las postales del paraguay



Cada vez que me de paja escribir en el blog, tendría que volver a comprar bondiola de cerdo en la parrilla de Jujuy y 15 de Noviembre que ahora tiene un cartel grande que dice lo del Tano y más chiquito, como si hubiera que ocultar pero también mostrarlo, dice Mafia.
Mafia, suelto, como si se hubiera escapado. No estaba el Tano, sino la mujer del tano, que debe ser la única parrillera en el rubro. Del lado de adentro de la parrilla, que cada vez más me hace pensar en la cocina de una cárcel, un hombre charla con ella.
- Sí, hay que irse a Clorinda.
- Y después pasás a Paraguay.
El hombre es extraño; tiene el pelo largo teñido de rubio hasta la cintura y pone sus brazos en la cintura. La mujer del tano acomoda con la mano pedazos de carne y despeja moscas con el trapo. Las uñas del hombre no sólo están largas sino que además están pintadas de blanco.
- Sí, fuera de la Argentina.
- Claro, no importa por dónde paso, tengo que irme afuera del país.
Las uñas son lo de menos comparado con los dos bultos que se notan por debajo de la remera marrón del Zoológico de Escobar.
Cuando me da mi sanguche de bondiola, no dejo de pensar que eso ocuparía 40 páginas en una novela de Saer.
(*) picture from here

5.2.08

Moris trabaja de árbitro bombero

¿Por qué me bajé Pato trabaja en una carnicería? Odio visceralmente esa canción; la canto –para odiar bien, hay que conocer bien – y siento que estoy diciendo estupideces, en el mejor de los casos, o que estoy siendo falso, como me imagino a Moris escribiendo acerca de Pato, el pobre tipo que trabaja en una carnicería.
La voz falsamente impostada, la creída poesía urbana, el corito atrás que pertenecería a cualquier canción de Sandra Mihanovich y la postura de que estoy diciendo algo importante, que estoy tocando el verdadero fondo del conflicto social, no sólo eso, sino que estoy tomando partido, el partido correcto. Lo mismo pasa con el Oso. En el Oso, todos están del lado del Oso que fue enjaulado y en contra del burgués y viejo tigre, ese que se mantiene quietito detrás de las rejas.
Hay que tomar posiciones, hay que denunciar, hay que decir que el mundo no puede ser más que de otra forma: la que pienso yo, la que piensa Moris, que con su universidad de la calle (nunca la escuela siempre la vida), la sabe lunga. Los demás son todos unos giles. Y no sólo eso, sino que nunca existe el conflicto interno: o sos un gil o la sabés lunga.
¿Y quién es Pato?
Es el que”
tenés excusas, los otros tienen
que te mantengan para eso están
sos el burgués mas corrompido que existe
y te engañas pensando que sos un hippie
vos explotas a todos y no das nada
y eso es ser el peor capitalista
cuando tenés, te hacés el burro
vivís de arriba, que asco me das
vos te reís del mundo y de las personas
pero querés que el mundo te alimente
otros te proporcionan lo necesario
y vos seguís creyendo que es lo corriente
que inútil sos, que mantenido”

¿Un carnicero es culpable de todo eso, por qué no hace la revolución, la verdadera revolución?
O no, Pato trabaja en una carnicería es otra cosa; Pato trabaja en una carnicería porque trata a los demás como carne, como mercancía muerta; pero si Pato trabaja en una carnicería metáforica… ¿dónde trabaja de verdad? No importa, para Moris no importa. Denuncie, juzgue sin saber, pongase del lado de los buenos, que es el lado de Moris, obvio. Porque Pato, sea carnicero u otra cosa está del otro lado, del lado de los malos, del lado de los capitalistas. Por suerte, tenemos a Moris que nos hace dar cuenta de todo; que el Oso tiene que ser libre porque el oso sabe lo que es ser libre. Si hubo algo bueno en Tango Feroz, fue dejar al Oso en el lugar que le pertenece: en el hit de la Mega que emociona a las amas de casa entradas en años.

6.11.07

La señorita Libélula de Acero es jodida hasta en sus sueños con los Afiebrados. Por eso la queremos tanto.

picture from here

1.11.07

un boleto para soñar


Hace algún tiempo había dicho que el 133 tenía el recorrido más irracional del mundo; en una nueva iniciativa del grupo Plaza, los dueños del colectivo, el 133 también incluye la irracionalidad como una de las experiencias que uno puede disfrutar en el largo trayecto.
Algo de eso debería haber sospechado hace cuatro años, cuando empecé a ser un cliente asiduo. Durante dos años, me tomé el 133 a las 5.50 de la mañana de un sábado para ir al CBC de Paternal.
Durante dos meses seguidos de ese período, asistí a una especie de culebrón en horario trasnochado; en los asientos del fondo, se sentaban dos chicas de unos 19 años que iban relatándose minuciosamente sus encuentros y desencuentros en el boliche, mientras intentaban que las palabras se arrastren lo más cómodamente posible en una única frase sin espacio alguno. Sin embargo, Marcos era el foco de aquella amistad: al principio él no le daba bola a una, después le dio bola, durante algunos sábados apareció sólo una de ellas en el colectivo, la que no había sido beneficiada. Luego, volvió, puteando a Marcos porque se había besado con una en su propia cara. Ese sábado fue un momento álgido de rating. Llantos, una historia gritada a los cuatro vientos y por sobre todo, mucho ánimo de te voy a romper la cara.
Sin embargo, a la semana siguiente, fue la otra quien no apareció. Después de dos o tres sábados, aparecieron las dos y claro, Marcos había vuelto a aparecer pero esta vez del lado opuesto, de la antes no favorecida. Uno podría pensar que eso iba a generar un conflicto realmente importante pero, sin embargo, el conflicto se dio en otro nivel, un nivel de sutileza que no era esperable para la producción. La exfavorecida por Marcos aconsejaba a la nueva favorecida acerca de cómo tratar al pedazo de mierda ese. La exfavorecida prefería ponerse del lado de la experiencia, del lado de la que se equivoca pero aprende de eso que del lado de la despechada; sin embargo, era claro que ese era el lado de la despechada pero con carpa. La nueva favorecida, que podría enojarse con eso del “pedazo de mierda” asumía su posición de débil y escuchaba, escuchaba, escuchaba hasta que un día ninguna de las dos apareció más en el colectivo.

La decadencia de la ficción se siente también en el 133 por estos tiempos. Ahora, más que aquel célebre culebrón, más bien se producen sketchs, gags, o lo que podríamos llamar bloopers. Por ejemplo, el otro día estoy sacando mi boleto, el visor de la máquina me dice que me faltan 10 centavos para llegar a los 80 y mientras yo busco esos diez centavos restantes en mis bolsillos, quien estaba atrás mío en la espera, pone los 10 centavos. Uno diría, pero qué tipo amable y solidario, ayudando a un desconocido. Sin embargo, toda esperanza en la reconversión de la humanidad se desvanece en cuanto sale el boleto, él lo toma rápidamente y se sienta en el único asiento vacío que quedaba. Pensando si finalmente ese era el día que me iba a tener que cagar a trompadas, lo llamo y sin embargo, sus auriculares no dejan escucharme. Miro al colectivero quien no presta ninguna atención a nada, así que me termino agarrando muy fuerte del caño del asiento, temiendo que en cualquier momento alguien me diga que el colectivo cambió de recorrido definitivamente y que ahora llega hasta Liniers.
O también aquel día donde dos tipos de unos 20 años se suben al colectivo, sacan el boleto, se empiezan a putear y bajan del colectivo, en la misma parada donde se subieron, para cagarse bien a trompadas. Apenas ha recibido cada uno de ellos una trompada, notan que un patrullero está en la vereda de enfrente y vuelven a subir al colectivo, exactamente en la misma parada de la cual subieron y bajaron una vez. Esta vez, como para mostrar que no estábamos en un bucle temporal, no sacan los boletos y se van a sentar al fondo, exactamente al lado de dónde estaba sentado yo. “Una trompada me voy a ligar de rebote, seguro”. El colectivo sigue sin arrancar para terminar de redondear la sensación de absurdo que promete el Grupo Plaza. Mientras los dos siguen puteándose tanto que a veces pienso que quizás alguno de ellos sea Marcos, sube la policía los baja y, como si finalmente, hubiera terminado la proyección del blooper y volviéramos a estudios centrales, el resto del pasaje aplaude el accionar policíaco.

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8.10.07

Andate, Gladys, dejame de romper las bolas


Escribí esto. Posta que sigo un toque asustado.


- 9. The girl aka Geena Peres –

La primer película de The girl aka Geena Peres se había rodado en 1993. En los créditos finales no aparecía este seudónimo de seudónimos, que no sólo sería conocido en el ambiente del género raping, sino que además iba a ser el primero de su especie en ser buscado y reclamado por los fanáticos. De hecho, esta primer película, Serial Abuser VI, se reeditaría varios años más tarde con un nuevo storyline, totalmente impensado años atrás: ¡¡¡The girl aka Geena Peres violada por primera vez!!!
El nombre bajo el cuál se había ocultado Geena Peres era más bien su función en la película: The Victim. Si uno comparaba con alguna de sus películas más recientes, difícilmente podía reconocer alguna similitud entre las dos imágenes; en aquella, usaba una peluca rubia, sus ojos, o más bien, sus lentes de contacto, eran marrones, y los rulos caían permanente sobre su cara y sobre el pene del atacante. Era claro que Geena Peres, como la mayor parte de las actrices de este género y de otros más respetados, aún tenía esperanzas de una oportunidad en lo que llamaban vagamente el negocio del entretenimiento que incluía absolutamente cualquier cosa excepto la penetración explícita. Ellas sabían la diferencia entre un consumidor de pornografía triple X y un periodista; sabían que el primero las reconocería cuando entraran en el negocio limpio pero que, por alguna especie de lealtad implícita pero pura, jamás lo dirían, mientras que los segundos primero llamarían a su banco para conocer el estado de sus cuentas y recién luego experimentarían un orgasmo contándole la noticia a su editor responsable y presentándoles la coincidencia entre el rostro, los créditos y la actriz pura y sana que ahora representaba.
En esa primer película, Geena Peres era abusada por dos negros que la reducían con navajas automáticas en una desolada estación de subte; la llevaban adonde terminaba el andén y mientras uno la penetraba por atrás, el otro le metía un miembro enorme entre los labios pintados de violeta; a fuerza de embates, Geena acababa con la mitad del miembro dentro de su boca, sin poder mover los músculos de la cara, con los ojos desorbitadamente abiertos, como si estuviera a punto de explotar; además de los gritos y los gemidos de los violadores, se escuchaba el ruido que producía el contacto de la cabeza del pene con su garganta, preanunciando constantemente una arcada. Sus ojos, a pesar de su apertura desmesurada, miraban a la cámara casi sin pestañear; parecía que hubiera reconocido a un individuo escondido detrás de una pared y lo llamara, le reclamara que interviniera, que se convirtiera en el defensor de su honor. Aún con dos penes en su cuerpo, Geena lograba mantener un mínimo de inocencia, de fragilidad, de esperanza.
Como es obvio, tal supuesto salvador no aparecía nunca; de hecho, en la próxima película, realizada un año más tarde, mientras otros dos negros abusaban de ella en un baño de un oscurísimo bar de Nueva Jersey, un supuesto salvador aparecía como un latino vestido de pandillero. Al principio, lucía sorprendido por la situación; incluso salía del baño. Los ojos de Geena lo seguían, esperando que volviera con sus amigos latinos a darles un merecido, o que llamara a la policía o que regresara con un matafuegos para ahuecarles el cráneo. Sin embargo, cuando el pandillero latino reingresaba, ya estaba lo suficientemente excitado como para que su cuerpo haga una maniobra malabarística y la penetrase por el ano, que ya estaba ocupado por uno de los negros, quien en vez de enojarse o sorprenderse, reía mostrando sus dientes contradictoriamente blancos y chocaba sus palmas contra las del latino. Tanto en la primer película como en la segunda, las escenas terminaban con las eyaculaciones de los abusadores sobre el rostro de Geena.
A pesar de la similitud en términos de cómo finalizar la escena, el director había tomado decisiones distintas en cada una de ellas y terminado por generar situaciones inversas. En la primera, la escena terminaba en el momento en que el rostro de la actriz era tapado por el semen de los atacantes; en la segunda, la escena continuaba algunos segundos más, los suficientes para que los directores de marketing se dieran cuenta del error. Los atacantes se subían los pantalones, le daban las gracias a Geena, y se retiraban corriendo del lugar del hecho; la cámara también se alejaba pero por algunos segundos mantenía como centro de la imagen a la victima, tirada en el piso, con un leve movimiento convulsivo, sin poder reincorporarse.

29.9.07

Cosas que deja un recital de The Wailers


También podría titularse historias de porro. Creo que habían pasado diez años de mi último recital en estadio abierto. AC/DC. Creo.

Es raro pero cuando uno va a ver a The Wailers, uno sabe que Marley está muerto hace muchos años y que no va a cantar; sin embargo, uno no se imagina, a uno le cuesta darse cuenta que está frente al cantante de The Wailers cuando éste es blanco, se viste como un Fidel Castro del Soho newyorkino y además cree que está tocando en Audioslave y que la gente debería saltar, hacer pogo, algo. De los rastros de las entrevistas de Marley hablando un jamaiquino incomprensible y completamente drogado en una campera Adidas roja, no queda nada. No queda nada de la liberación de Zimbabwe, de la vuelta a Africa. Nada.
Quedan tres integrantes y gente que le gusta fumar porro.
Como que lo segundo que hice, después de convertirnos Dragón y Luciana en gente que nos gusta fumar ganja, fue enamorarme de una chica, seguirla con la mirada hasta que se pierda entre la multitud. Cuando finalmente pasó eso, claro, uno sabe que ya está en un recital multitudinario.

El grupo de oficina compuesto por una a la cual le gusta fumar porro y lo confiesa porque es popular; otra que también lo fuma pero no lo confiesa porque es impopular y apenas la invitaron a ir; hay otra que fumó hoy por primera vez pero dice que no le pega, que no entiende por qué tanto escándalo, que no conoce las canciones de The Wailers pero no confiesa que no tiene ningún orgasmo.

La charla del porro y la familia. Pepito y su vieja ahora fuman juntos. La madre está a punto de morirse de cáncer y ahora fuman juntos. Empezaron a cultivar. Y entonces, ahí surge un uh loco que no se sabe muy bien a qué refiere. Un joven en la época de los primeros discos de Skid Row y Poison con viejos indicios de un pelo lleno de glam muestra sus tatuajes y aconseja con la experiencia de años de recital (todavía falta que los de atrás lleguen adelante) a dos jovencitas también drogadas, que claramente hoy terminarán más drogadas y lejos de la cama del glam.

Qué grosso es el reggae.

20.9.07

Cosas que deja un congreso de Filosofía en Tucumán



1. Pailos es un tipo más bien inestable. Lo dejabas en posición X a las 18.14 y a las 18.25 estaba en posición no X.

2. Pailos es uno de los tipos más interesantes que conocí.

3. Pailos es un gran amigo.

4. Odio al Capitán Intriga: me terminé bajando un disco de Dani Umpi y me colgué tanto que al plomero fue recibido con semejante soundtrack. Mi fama en el barrio no mejora de esta forma.

5. Mi amigo Lucas Causa es un gran compañero de viajes a cualquier lado, con solo que creamos que estamos viajando.

6. Estoy en un momento donde facilmente puedo caer enamorado.

7. Martín Ludwig es un tipo con mucha información siempre.

8. Las Rubias son tal como me las imaginaba. No, digo mal; son mejor

9. Imaginate que te subís a un avión a las 11 de la noche, un avión lleno de profesores, de académicos, sale humito de las aireaciones, la azafata pasa la comida en diez segudnos, no se apaga nunca el cartelito de cinturones apretados, no te dejan escuchar Marley en el Mp3. Bueno, despues de eso, pensé que había sido un momento muy propicio para que el avión estalle, una situación muy lacrimentosa.
(perdón por la endogamia propia de otros blogs nefastísimos)

16.9.07

Lo que debemos a la barra brava de River


Hasta hace un año, los juicios morales me salían primero cuando escuchaba hablar de barrabravas; suelo pensar que debería suspenderse el fútbol hasta que no haya un riesgo importante de perder la vida yendo a la cancha. Sin embargo, cierta gente me dijo hace un año que el problema con los barra bravas era que estaban cebados como la Franja Morada en el 97 y ahí las lecturas empezaron a cambiar, a analogizarla con la historia de películas de mafia.

Hay algo profundamente cinematográfico en la interna de la barra de River en estos momentos; dos antagonistas, Rousseau y Schenkler, amigos íntimos que se pelean por el botín de una buena cantidad de dòlares. Y acá es dónde empieza la historia: ¿qué es lo que rompe la unidad mafiosa sino la guita?¿qué genera las incursiones de Scarface en otros barrios sino es la ambición de querer más negocios?

En Key Largo, un viejo y perseguido capo de la época de la ley seca – Johnny Rocco (el clásico Edward Robinson – jura que en dos años más volverá la ley seca y que ahí sí las cosas van a ser diferentes; la mafia se va a unir y la policía no va a tener más que rendirse; sin embargo, en cuanto tiene oportunidad, el unidimensional Rocco manda al muere a otra banda mafiosa. La unidad mafiosa es ridícula; que se rompa, que se rompa siempre que haya más plata que para doblarla.

Hay varias cosas que diferencian a esta interna de otros conflictos entre los barrabravas y que la hace tremendamente rica; matan a Gonzalo Acro, lugarteniente de Rousseau, y el grupo de éste no se contenta con clamar venganza de manera teórica o por medio de pintadas o amenazas inconcretas. No. Quieren venganza de verdad. Y la buscan. La buscan como Michael Corleone la busca cuando va al restaurant; o como cuando acribillan a Sonny en el peaje.

Pero a diferencia de El padrino, donde las vendettas corren siempre con el factor sorpresa, acá no. El grupo de Schenkler se banca las reglas del juego mafioso y dice: dale, trata de vengarte. Encontrémonos y veamos si te podes vengar. El playón de River, los quinchos, el playón del Carrefour, el playón de Ciudad Universitaria; nos encontramos ahí y nos cagamos bien a trompadas, a cuchillazos Tramontina (esto, debo reconocerlo, es un toque subdesarrollado que hace un poco pedorra la historia pero en el guión esto no debería estar). Y si viene la cana, no importa; la dejamos para otro día pero nos vamos a encontrar.

La selección de los lugares de la batalla no son un dato menor; lugares amplios, desprovistos de rincones donde esconderse, un campo de batalla donde todos vean que la batalla es esta; las cámaras de seguridad sólo son la previa de una dirección impecable donde dos ejércitos se enfrentan en el campo abierto. Porque, quizás, los barrabravas de River también vieron demasiadas películas de mafia.

Más allá de las películas argentinas que denuncian moralmente el accionar de los barra brava (como la patética Las Barras Bravas), que hacen de la moralina su néctar, el único corto que parece entender esto y que detrás de una interna barra brava puede esconderse una historia interesante es La vanidad de las luciérnagas de Gabriel Stagnaro; pero claro, para hacerlo hay que ser deudor claro de la gran serie que fue Okupas.

9.9.07

Catequesis

Parece un típico pasatiempo infantil con la única diferencia de que está en la revista oficial del Ejercito de Salvación; una niña mira una serie de aros entrelazados. Lo llamativo es la consigna:

Nuestra amiguita tiene una gran confusión, pues no logra contar cuantos aros
tiene. (…) Una vez que los cuentes, divide por dos y entonces recordarás cuántos
leprosos fueron sanados por Jesús y no regresaron a darle las gracias.
Probablemente, la niñita no esté confundida; probablemente, no quiera saber que hay leprosos desagradecidos y un Dios botón.

(*) picture from here

31.1.07

Personajes secundarios (ii)




  • Cada vez que lo veo a Porcel en Carlito´s Way pienso que Al Pacino lo va a abrazar y le va a decir: "Gordo, rajemos que vienen las chicas".


  • Después de ver Ten de Kiarostami y al pendejo insoportable ese maltratando a la madre porque se divorció, tengo la fuerte intuición de que los psicológos freudianos no deben ser muy populares en Irán.

16.11.06

Personajes secundarios 1

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Hay pocos personajes más patéticos en la historia del cine que Patrick – Elijah Wood - en Eternal Sunshine of The Spotless Mind, el que quiere enamorar a la de Titanic haciendo y diciendo lo mismo que hacía el de Tonto y Retonto (sí, ya sé, también de The Truman Show pero me gusta menospreciarlo un poco).

Porque claro, no es que esté enamorado y sepa cómo enamorarla; eso sería diferente, sería, quizás, dueño de una capacidad que todos los que sufrimos por amor quisiéramos tener. Conocer a alguien y saber exactamente qué hacer para que nos amen, de la forma en que queremos que nos amen. Como lo sabemos vos y yo – seas vos la que seas – eso no es así, de ninguna forma es así.

El problema con es que no está enamorado. Lo único que quiere es estar tan enamorado-como- y eso sí sabe hacerlo pero sin arriesgar nunca nada. Porque, en definitiva, cree que porque sabe como otro la enamoró, él va a poder hacer lo mismo; y está tan pendiente de seguir el plan al pie de la letra que lo hace demasiado obvio, tan obvio, que incluso ella se dá cuenta de que algo debe estar funcionando mal.

Por eso, está muy bien que fracase. Porque hay justicia poética. Porque los tipos que creen que el éxito es lo único que pueden esperar de la vida son patéticos. – y esto va para vos, seas quien seas -.Porque Kaufman y Gondry saben como pensamos nosotros – seamos los que seamos.