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12.9.06

Philip, me tiras un parráfo para empezar una novela?



La niebla puede llegar insidiosamente desde la calle e invadir nuestra propia casa. De pie ante el inmenso ventanal de su biblioteca - una construcción digna de Ozymandias, edificada con trozos de hormigón que en otros tiempos sustentaron la rampa de entrada a la autopista de la costa - Joseph Adamas meditaba, contemplando la niebla que venía del Pacífico. Como anochecía y las sombras empezaban a cubrir el mundo, aquella bruma le asustaba tanto como la niebla interior, que no invadía su casa pero se desesperezaba y agitaba, ocupando todas las porciones vacías de su cuerpo. Por lo general, esta última niebla recibe el nombre de soledad.

10.9.06

La causa justa de Lamborghini


Con mi amigo Matías Pailos fuimos a una serie de lados y mientras subíamos a un elefante que nos rociaba con cerveza a través de su trompa, nos instalábamos, comprobábamos que las femeninas no iban a subir al elefante y que nosotros muy probablemente no íbamos a poder bajar sino fuera rodando por el cuerpo elefántico del paquidermo, decidimos conquistar el mundo, cosa que estamos haciendo acá. En algún momento, el conductor del elefante nos comentó que sería casi como volver a la época donde dos elefantes gigantes sostenían a la Tierra; lo azotamos, le dimos puntapiés y lo arrojamos del cuello del elefante, quien, en recompensa o en castigo, comenzó a correr desbocado por la calle Cangallo. A pesar de las consecuentes sacudidas, pudimos seguir durante algunos segundos en la torre de marfil. A punto de caer en manos de dos pequeños querubines, cual Gombrowicz, Pailos gritó: ¡!!hay que matar al padre!!!

La causa justa es una de las mejores novelas que leí en mi vida; sin embargo, hay que superar las primeras cuatro páginas; cuando se las pasa, el mundo Lamborghini tal como lo conocemos y lo queremos aparece en su máximo esplendor.

En esas primeras páginas y, principalmente, en ese contraste con las siguientes, se explica al menos una parte del conflictivo proceso de escritura de Lamborghini. Las líneas torturadas – no de contenido sino formalmente torturadas -, la indecisión constante para someterse a una historia y escudarse en la digresión confundida entre diversos signos de puntuación, la intromisión del autor tratando vanamente de imponer orden al caos escrito, la necesidad constante de separarse de una tradición asfixiante, pretenden sugerir el secreto de lo oculto, lo escondido tras la máscara que, probablemente, no esconda nada sino el lugar donde va la máscara.

En la biblioteca inembargable de un linotipista erudito, no tan viejo pero al
borde la muerte (un nombre con varias pronunciaciones – Luis Antonio Sullo -,
infatigable en su lucha para que los libros dijeran lo que alguna vez
susurraron: no leía jamás, pero sus subrayados eran perfectos. Lo que alguna vez
quisieron decir, y lo dijeron, mucho mejor que sus rayas debajo de las letras,
lo que querrán decir alguna vez – no se los ve muy apurados – aquí, aquí el
presente) al borde su última herejía, porque así mueren los histéricos, antes
llamados posesos, de cáncer a los 56 años: Buenos Aires, aquí el presente.
Podremos entonces tirar a la basura toda esa basura, esa trama de rayas en los
libros que fingías enseñarnos, esa manera tan “suya” de subrayar y no leer que
te envidiamos (siempre)/aprovechamos el rato que le falta para insultarlo. La
oportunidad se ha presentado y no habrá otra.

Es verdad que el mero subrayar no es otra cosa que la imposibilidad de creación y la necesidad de hacer creer que uno conoce la tradición previa. Y es verdad que la lucha en la vida de Lamborghini se ve reflejada en el dilema de subrayar o escribir. Cuando gana la tortura de la primera opción, cuando ganan “los Carriegos huérfanos de Borges” Lamborghini se desespera, grita, pone comas y guiones largos, y como buen querulante, no hace nada. Cuando puede superar esa etapa, cuando elige la segunda tortura, la de crear literatura, el registro cambia.

En ese cambio de registro, con un estilo mucho más simple, violento, desagradable pero terriblemente ágil y veloz, La causa justa – como el Píbe Barulo – se convierte en el Lamborghini que a mí más me gusta y el que lo hace original y necesario de leer. Ahí es cuando puede contar con lujo de detalle cualquier violación, cualquier relación homosexual, cualquier asesinato, cualquier acto cruel, porque es eso lo que le permite distinguirse de la tradición.

Cuando Tokuro malinterpreta los chistes en La gran Llanura del Chiste, cuando quiere mantener la dignidad de la palabra empeñada, incluso teniendo que matar a su único amigo – Jansky, justamente quien no comprendía, por definición, su lenguaje -, Lamborghini explica el sin sentido de la convención – sin sentido que afecta no sólo a Tokuro sino a todos; lo que hace Tokuro - además de una mala aplicación del modus ponens – es destruir analíticamente el lenguaje; si a Nal lo llaman Gordo Puto es un gordo puto; si Heredia dijo ”si yo fuera puto, te chuparía la pija” lo que tiene que hacer Heredia es chupar pija.

Tokuro es un fanático del sentido único del lenguaje; Nal, cuando luego de que le dicen mil veces en el Pibe Barulo que es un Gordo Puto, termina siendo un gordo puto, también. Sin embargo, todos los compañeros de trabajo de Tokuro así como todos los que llaman Gordo Puto a Nal (“Gordo Culón”) también colaboran a destruir al lenguaje. Después de tanto bastardear al lenguaje, de tanto usarlo sin su sentido más original, de tanto hacer nihilismo lingüístico, terminan por vaciarlo y creer que no tiene consecuencias prácticas; nadie comprende porqué Tokuro no puede entender que lo de chupar pija era un chiste y nadie comprende por qué Nal se termina convirtiendo en una mujer encerrada melodramáticamente en el cuerpo de un hombre.

En ese equilibrio, en ese pesaje comparado del subrayado y de la libertad absoluta del lenguaje, Lamborghini aparece como el padre que tendríamos que matar uno de estos días, que por lo visto, no va a ser hoy.

Como lo definió en el Iberia de Salta y Avenida de Mayo, Jansky, luego de sus
horas de silencio: ¡Complícadisimo! Con el tiempo, se transformó en la única
palabra que intercambiaban los dos amigos. Horas juntas y sólo: ¡Complícadisimo!
Y también, sin ninguna clase de subrayado ni de signos de admiración, ovillo,
ovillo, complicadísimo de sentimientos, haberse erigido en juez de los impúdicos
para terminar, como resultado final, matando a Jansky, amigo único en La Llanura
de los Chistes, una especie de paraíso, complicadísimo, del equívoco juguetón,
sí, pero padre también de la muerte, que no entraba en la cabeza del hombre

6.9.06

Volver, o el largo camino hasta acostumbrarse al pasado.


La fuerza del pasado no depende de la distancia temporal sino de la forma de vivir sus marcas y sus hitos. En Volver, la última película de Pedro Almodóvar, hay tres formas de tomar el pasado, donde cada una de ellas no tiene nada que ver con la memoria, con el recuerdo, sino con el presentificarse del pasado. (ay, que Merlau-Ponty todo).

La primera forma es la de mitificar el pasado, evitando la verdad de los hechos y limpiando y puliendo las tumbas, como si realmente ahí hubiera algo, al menos un sacrificio que hace el vivo con respecto al muerto enterrado; quedarse en la superficie de la lápida para evitar adentrarse. Rendir ese homenaje, que ya no es un homenaje al muerto sino un símbolo de que el paso del tiempo, la acumulación de tierra sobre la lápida, tiene casi un valor en sí mismo - el de hacer presente la energía del vivo para contrarrestar la inevitabilidad del muerto.

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La segunda forma es la más obvia y es la que lleva al entierro de los muertos; de alguna forma, es hacerlo desaparecer de nuestra vida. La hija de Penélope Cruz no puede concentrarse en nada sabiendo que el cuerpo de su padre está en una heladera cercana a su cuarto. La cercanía con el muerto – salvo en el caso de las alegres casas fúnebres – no sólo nos muestra la inescapabilidad de la muerte sino que hace que el duelo nunca deje de estar presente, que el muerto no termine de morir. El enterrarlo supone no sólo una distancia respecto de esa verdad, sino también – y más importante – separar las existencias del muerto y del vivo.

La tercer forma, y acá es donde está lo novedoso de Almódovar, es la de la presencia del muerto en el presente, no a través del recuerdo, no a través de las fotos, no a través del relato de los conocidos, sino en la presencia del muerto como vivo. En una ciudad donde el viento vuelve loca a la gente, en dónde se registra mayor índice de locura por habitante, en dónde conviven todas las supersticiones, la aparición del muerto no como fantasma sino como vivo no deja de ser algo tan esperable como la muerte misma. Nadie duda demasiado de la vida de la muerta, nadie cree que se ha vuelto loco; sólo aparece como una verdad indiscutible que la muerta volvió a vivir.

A diferencia del recuerdo, donde la dimensión subjetiva moldea el contenido de lo recordado, la tercer forma de la presentificación implica que el pasado ya no sea arbitrariamente privado sino que se modifique de manera quizás definitiva, que se contraste con otro relato, con el relato del que creíamos muerto; de hecho, genera una reconciliación entre el vivo y el muerto, entre el presente y el pasado.

Ah, y Penélope Cruz está más buena que un Havanna de dulce de leche.

2.9.06

Cha cha cha y la revolución


Debo ser uno de los pocos pelotudos que se mojaron ayer mientras caían diez gotas. Como me cayeron todas juntas, me cansé, no fui a ver la de Almódovar y me volví a casa.
Cuando me acordé de que Volver está pasando Cha cha cha los viernes a la noche, me puse más contento. Es la primer temporada de Cha Cha Cha, una después de que hubieran empezado con De la Cabeza.

Cha cha cha marcó una especie de marco de amigos; estaban los que lo entendían y los que no. Yo era amigo de los que lo entendían, en realidad de los que se reían. Es verdad que, por ejemplo, no marcaban ningún marco de mujeres. Nunca pude ver Cha cha cha con una novia. Primero pensé que era que no lo entendían, que no estaban preparadas. Después, cuando la cinta empezó a gastarse de tanto pasar el mismo casette – realmente, ahora no lo puedo ver más – me dí cuenta que el problema era mío. Soy insoportable viendo Cha cha cha.

Tenía tres prolijos videos que había grabado de toda la temporada del 96 y tenía una especie de obsesión insana; por ejemplo, los grababa cuidadosamente, poniendo pausa cuando venían la publicidad. El resultado es que son como 4 horas de Cha cha cha, de absurdo tras absurdo. Obviamente, llegó un punto donde me lo había aprendido de memoria y donde sabía qué cosa venía después de cuál.

Como toda gran cosa que se mantiene a través del tiempo, Cha cha cha tuvo un desarrollo claramente regresivo, que tuvo como exponente máximo cualquier película que hacían – desde los trillizos Bonano hasta Me quedé ciego – y como exponente mínimo Alakrán en la revista porteña o los midachi recreando el sketch de los gays que lo acosaban a Casero heladero, a Casero guardaparque, etc., pasando por Delikatessen y Todo por dos pesos a Todas las azafatas van al cielo.

El humor de Cha cha cha era una revolución dirigida exclusivamente a una generación, probablemente la mía. Pero como toda revolución, una vez que disparan a los relojes, el tiempo vuelve a correr y lo revolucionario se convierte en lo estable. Entonces, ocurre lo inevitable; una sarta de idiotas comienzan a hacer lo mismo, haciendo creerles a los incautos que la revolución ocurre ahora, en este mismo lugar cuando, en realidad, se parecen más a el Politburó.

Me cae mal la gente demasiado alta


Me puse el despertador a las 7.30; logré abrir los ojos cuando estaban en el tercer cuarto. A pesar de mi costado brutalmente hispánico – el cual fue hasta casi desafiado en el almuerzo del viernes – pude encontrar al objeto de mi odio. Pau Gasol. Un catalán que parece el hombre de las nieves, pero un toque afeitado y con el pelo un poco menos largo.

Los catalanes suelen caerme mal, también por mi costado brutalmente hispánico, pero en cuanto hizo el segundo tapón a Nocioni, un grande entre los grandes, sentí un odio aún mayor avanzar en mis pupilas, tal como lo sentí con Divac en el campeonato pasado. Esa cosa de gente absolutamente intranspasable, de muralla pefecta, de Muro de Berlín, me cae tan mal como aquellos que no paran de contar sus éxitos uno tras otro, como la consecuencia lógica de su vida, un axioma autoevidente e irrefutable.

Porque, como diría yo mismo tratando de aparentar ser mi psicóloga, soy un tipo con el super yo bastante alto y, por lo tanto, no entiendo como alguien puede estar conforme con el suyo.