los hombres te miran
te quieren tomar
Aída espera en la puerta del edificio a que alguien salga. Si eso pasa, Aída mira a la persona a través de unos gruesos anteojos en los que culmina su pollera negra que empieza en sus talones.
- Les tengo una buena noticia para usted, su familia y su comunidad. – les dice tan monocordemente como un militante en la cola de elecciones de cualquier universidad.
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En general, los vecinos la esquivan o le toman el papel echándole una rápida ojeada. Mientras lo hacen, Aída intenta insertar alguna otra de las frases que sinteticen su cambio. En su mente, pasan fugazmente “antes, mi vida era un caos y ahora vivo en el paraíso”, “dios me dio los ojos para poder conocer la verdadera esencia de las cosas”, o “mi marido volvió a trabajar desde que en la Iglesia rezamos”; luego, reconoce que entre el potencial siervo de Dios y ella se interpone el vidrio de la puerta.
Luego de dos horas de repetir una rutina en la que sólo en contadas ocasiones puede traspasar el vidrio, Aída se reúne en la esquina con su compañera Elba. Elba tiene un rodete, una pollera floreada que le llega hasta debajo de las rodillas y, cuando hace calor, se desabotona el último botón, dejando entrever un Cristo del tamaño de un tenedor.
Aída camina a la derecha de Elba aunque quisiera caminar atrás de ella. Elba no para de hablar de los nuevos cristianos que le prometieron ir a la Iglesia ni de lo cerca que se siente de la luz que irradia del pastor Ramón. A veces, cuando unas irrefrenables ganas de gritarle puta invaden a Aída, cuenta hasta diez. Uno. Dos. Tres. Cuatro. Cuando llega al cinco, como si fuera un milagro o una rutina natural, Aída cuenta otra vez la historia de cuándo ella misma, con el poder de la oración, pudo hacer que un hombre postrado en una silla de ruedas se convierta en rengo.
Aída llega hasta la parada del Colectivo que la va a llevar primero a Constitución, donde tomará el tren y llegará a El Jagüel. Saluda a Elba con un beso, por el cual siente tanto asco como cuando se despedía de su padre antes de irse a la escuela. Al levantar la mano para detener el colectivo, su mente parece limpiarse y comienza a pensar en su hijo, Brian, quien hace dos días no va a su casa.