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21.11.06

Las elecciones


- Bueno, pónele que tenés que elegir entre 1) comprarte El huerto de mi amada de Bryce Echenique más La lengua del malón de Saccomano o 2) El curandero del amor, la úuuuultima de Cucu.
- Le pongo
- ¿Qué elegís?
- Opción 1, opción 1!!!!!!!
- Y ahora, ponéle que en la contratapa está una parte de una reseña de
Dudo de Todo.
- LA 1, LA 1, LA 1
- Pero suponete que en
la contratapa también está una parte de una reseña de PH?
- Y también está el libro de Cucu adentro?
- Obviooooo

- Y también está una parte de una reseña de PH en la contratapa?
- Pero sí!!!!!!!
- Ay, la literatura argentina.

(*) la foto viene de acá

16.11.06

Personajes secundarios 1

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Hay pocos personajes más patéticos en la historia del cine que Patrick – Elijah Wood - en Eternal Sunshine of The Spotless Mind, el que quiere enamorar a la de Titanic haciendo y diciendo lo mismo que hacía el de Tonto y Retonto (sí, ya sé, también de The Truman Show pero me gusta menospreciarlo un poco).

Porque claro, no es que esté enamorado y sepa cómo enamorarla; eso sería diferente, sería, quizás, dueño de una capacidad que todos los que sufrimos por amor quisiéramos tener. Conocer a alguien y saber exactamente qué hacer para que nos amen, de la forma en que queremos que nos amen. Como lo sabemos vos y yo – seas vos la que seas – eso no es así, de ninguna forma es así.

El problema con es que no está enamorado. Lo único que quiere es estar tan enamorado-como- y eso sí sabe hacerlo pero sin arriesgar nunca nada. Porque, en definitiva, cree que porque sabe como otro la enamoró, él va a poder hacer lo mismo; y está tan pendiente de seguir el plan al pie de la letra que lo hace demasiado obvio, tan obvio, que incluso ella se dá cuenta de que algo debe estar funcionando mal.

Por eso, está muy bien que fracase. Porque hay justicia poética. Porque los tipos que creen que el éxito es lo único que pueden esperar de la vida son patéticos. – y esto va para vos, seas quien seas -.Porque Kaufman y Gondry saben como pensamos nosotros – seamos los que seamos.

8.11.06

Evangelistas (I)

los hombres te miran
te quieren tomar

Aída espera en la puerta del edificio a que alguien salga. Si eso pasa, Aída mira a la persona a través de unos gruesos anteojos en los que culmina su pollera negra que empieza en sus talones.

- Les tengo una buena noticia para usted, su familia y su comunidad. – les dice tan monocordemente como un militante en la cola de elecciones de cualquier universidad.

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En general, los vecinos la esquivan o le toman el papel echándole una rápida ojeada. Mientras lo hacen, Aída intenta insertar alguna otra de las frases que sinteticen su cambio. En su mente, pasan fugazmente “antes, mi vida era un caos y ahora vivo en el paraíso”, “dios me dio los ojos para poder conocer la verdadera esencia de las cosas”, o “mi marido volvió a trabajar desde que en la Iglesia rezamos”; luego, reconoce que entre el potencial siervo de Dios y ella se interpone el vidrio de la puerta.

Luego de dos horas de repetir una rutina en la que sólo en contadas ocasiones puede traspasar el vidrio, Aída se reúne en la esquina con su compañera Elba. Elba tiene un rodete, una pollera floreada que le llega hasta debajo de las rodillas y, cuando hace calor, se desabotona el último botón, dejando entrever un Cristo del tamaño de un tenedor.

Aída camina a la derecha de Elba aunque quisiera caminar atrás de ella. Elba no para de hablar de los nuevos cristianos que le prometieron ir a la Iglesia ni de lo cerca que se siente de la luz que irradia del pastor Ramón. A veces, cuando unas irrefrenables ganas de gritarle puta invaden a Aída, cuenta hasta diez. Uno. Dos. Tres. Cuatro. Cuando llega al cinco, como si fuera un milagro o una rutina natural, Aída cuenta otra vez la historia de cuándo ella misma, con el poder de la oración, pudo hacer que un hombre postrado en una silla de ruedas se convierta en rengo.

Aída llega hasta la parada del Colectivo que la va a llevar primero a Constitución, donde tomará el tren y llegará a El Jagüel. Saluda a Elba con un beso, por el cual siente tanto asco como cuando se despedía de su padre antes de irse a la escuela. Al levantar la mano para detener el colectivo, su mente parece limpiarse y comienza a pensar en su hijo, Brian, quien hace dos días no va a su casa.

5.11.06

Poderes inútiles


Una de los poderes más inútiles es el de predecir dos segundos del futuro; cuando uno piensa en la posibilidad de predicción piensa en conocer la fecha exacta de su muerte, la de sus padres, la de el momento en qué conocerá al amor de su vida y lo dejará ir, en lo que tendría que haber dicho como respuesta exacta en vez de tener que remontar una respuesta incorrecta.

¿De qué serviría anticipar dos segundos del futuro? ¿Qué podríamos saber que no nos permita ni siquiera mantener dos segundos el nivel de ansiedad? Quizás sólo poder corrernos para evitar que un auto nos salpique.

La diferencia entre Baldomir y Meyweather, el mejor boxeador actual, fue exactamente esa: o Mayweather supo dos segundos antes los movimientos de Baldomir o Baldomir estuvo atrasado dos segundos siempre. Lo cual nos lleva al siguiente mundo dickiano: La humanidad está retrasada dos segundos y sólo un hombre vive el presente en términos estrictamente cronológicos. Luego de querer infructuosamente sacar réditos económicos de su poder, el hombre del presente decide retrasar dos segundos todas sus acciones. Al hacerlo, todas sus experiencias psicológicas se deforman, se convierten en un resumen de las experiencias psicológicas que cada humano tiene en esos dos segundos. Ahí, se da cuenta que es Dios.

1.11.06

¿me indica dónde se halla el excusado, señorita?

Luis se miró al espejo y volvió a la vieja rutina de saludar y preguntarle a cada una de sus exnovias cómo estaban. Les preguntó si lo seguían amando, qué andaban haciendo, si sabían que el las seguía amando o no, según el caso, les contó que ahora que vivía solo pensaba si su casa les gustaría o no, si las soportaría o no, si las dejaría quedarse más de dos días con él, o si ellas lo soportarían dos días seguidos.

Levantó la tapa del inodoro, se sentó, se mojó con el meo de hacía unas horas, y se dijo que ninguna hubiera soportado eso. Alguna sí pero ella no hubiera estado ahí. Mientras manoteaba el libro que leía cada vez que iba al baño y que parecía infinito, y mientras cambiaba el rollo de papel higiénico, presentó a sus exnovias entre sí.

Sus exnovias se miraron como se miran las exnovias entre sí; primero con rigidez, con desconfianza. Luego, se comenzaron a contar anécdotas de Luis. Dos de ellas rieron, mientras dos de ellas se escondían tras la cortina del baño para odiar a las dos que se reían. Luis se limpió el culo intimidado ante un baño lleno. Se lo limpió otra vez.

Tras las cortinas, las exnovias despechadas lloraban y arrojaban jabones, recipientes vacíos y llenos de shampoo, esponjas decoloridas, canillas. Delante de las cortinas, las exnovias de Luis usaban un toallón con un caballo pintado como techo mientras se escondían risueñas en el botiquín.

Luis tiró la cadena del baño cuando las exnovias despechadas comenzaban a desprender el barral y lo asestaban contra su cabeza. Luis quiso moverse, se resbaló – posiblemente en otro charco de pis – se rompió la cabeza y murió dejando una aureola de sangre como circunferencia de su cabeza.

Las exnovias despechadas reían y las exnovias risueñas abrían tímidamente la puerta del botiquín y contemplaban horrorizadas el espectáculo.

“no existimos más” – coincidieron todas.