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30.6.06

yo voy a estar ahí (xvii)


Como siempre, probablemente en la puerta.

Ajá.


Tengo un único monstruo: es petiso, tiene pelos en las orejas, en los dientes madera y en el culo una bandera de Argentina y otra de España; lo calmo con marihuana y reggae y lo exaspero con cosas así y cuando en la inmboliaria me dicen que todos los alquileres son móviles; cuando sale, me hago torpe, idiota, y el calor de mi cuerpo se transmite como una estufa eléctrica, siempre a punto de matar a alguien por asfixia; cuando no sale, soy torpe, idiota y parezco en paz. Perdón, perezco en paz.

29.6.06

Sindicato (iii)

(viene de acá y de acá también)
- Che, Valpert, tenés que ir a Quilmes; se mataron dos de tus amigos – dijo el peludo jefe de Redacción.
- Sí, ya sé – dijo Valpert mientras se subía la bragueta sin recordar haberséla bajado.

A los diez minutos Valpert y Lunera, el fotógrafo de la sección policiales del diario, especialista en lograr las poses más dramáticas y sugestivas de las bolsas negras de consorcio que tapaban los cuerpos, ya estaban subiendo la autopista rumbo a Quilmes.Valpert prendió un cigarrillo que Lunera le convidó pero no lo fumó; Lunera quiso prender la radio pero ella sólo le devolvía un ruido a zumbido de abejas asesinas.

- Qué loco, no, todo esto. Está lleno de contradicciones. ¿Quién va a manejar el tren cuándo no quede ni uno sólo vivo? ¿Cómo se va a suicidar el último?

Valpert apartó el humo de su propio cigarrillo con la mano y miró al río. ¿Hace cuánto que no miraba el río desde Buenos Aires?

- Porqué ponéle, a estos locos de mierda lo único que les interesa es matarse; qué mejoras salariales ni condiciones laborales dignas ni qué mierda. No quieren negociar, no quieren sacar la cabeza afuera; son como los de esa secta que se mataron todos con las zapatillas blancas. ¿Quiénes son, los de bin Laden?.

Lunera se río de su propio chiste, dejando escapar el humo del cigarrillo mezclado con la tos que casi le hace saltar su diente postizo. Mientras miraba hacia el costado e intentaba asegurarse de que estaba en su lugar, Valpert calculó la distancia que mediaba entre la mano de Lunera y su cigarrillo aún prendido y cuánto tiempo tardaría en quemarlo.

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Los dos muertos de la estación de Quilmes eran dos miembros casi nuevos del Sindicato, como constaba en los carnets que encontraron en los bolsillos delanteros de sus camisas celestes; de hecho, según contó el sargento encargado del cuidado de la estación, se habían afiliado después de que comenzaran las inmolaciones. Valpert pidió ver los cadáveres y los policías, menos preocupados por cuidar las formas que por evitar el inminente motín de los pasajeros en la estación, le flanquearon el paso entre las cintas rojas y blancas que delimitaban los charcos de sangre.

Mientras Valpert sentía los flashes de la cámara de Lunera y destapaba las bolsas negras, recordó que la última vez que había visto el río desde Buenos Aires había sido cuando tiró las cenizas de su padre en la Costanera. Sintió un mareo frío en todo el cuerpo y vomitó mitad sobre la bolsa de consorcio, mitad sobre el cadáver.

(prometo que algún dia se va a terminar)

22.6.06

Playmobil mundialista (iv)



Debo reconocerlo; yo ya estaba grande cuando veía Supercampeones, aquel dibujito animado de jugadores de fútbol japoneses con ojos desmesuradamente occidentales, con partidos jugados en canchas inmensas, en las cuales uno podía correr quince minutos del programa desde el punto central y seguir sin ver el arco rival; me acuerdo de los hermanos Korioto que entrenaban en los andenes del tren, del arquero Benjamin Price (yo era él cuando jugaba en el colegio), de Steve Hyuga, de Oliver Atom y de algunos más.

Se hizo famoso Supercampeones y así los jugadores empezaron a crecer, a jugar en la selección juvenil de Japón las eliminatorias de Asia, en la selección mayor y finalmente jugaban el campeonato mundial.

Cuando Tamada hizo un gol hoy, yo – que harto de hablar de Niembro y Closs, me puse a escuchar Angela Tullida – el Sandro Depresivo, así me lo recomendaron – mientras corregía unas cosas y mientras tomaba mates y mientras miraba el partido, no pude dejar de pensar en el guión de Supercampeones y en como algún escritor fanático había imaginado algún momento donde Japón le ganara 1 a 0 a Brasil. Como todo en la vida, tanto el escritor fanático como los jugadores de Japón de hoy, despertaron de su ensueño al grito de: “Che, Tokuro, dejáte de joder y poné 4 a 1 que eso es inverosímil.”

20.6.06

6 razones para no ir a buscar oro con Humphrey Bogart


The treasure of the Sierra Madre – escrito por uno de los novelistas más enigmáticos de la literatura norteamericana, B. Traven, que parece que estuvo en la filmación pero se hacía pasar por un asistente suyo - tiene un Bogart rarísimo; lejos de sus papeles de detective solitario y con mayor rapidez mental que todos los demás, de sus enamoradas a los golpes, John Houston le dio un papel que extrañamente – sus papeles como comediante son patéticos – parecía ir a la perfección para el Bogart barbudo (que en esta película usa peluca porque estaba tratando de tener un hijo con Bacall y tomaba hormonas).
  • Es el único al que le agarra la fiebre del oro
  • En el medio del desierto mexicano – que, para Houston tenía también un poco de selva y de jungla – Bogart sigue usando esos pantalones que tapan el ombligo.
  • La censura cortó una escena de una decapitación; frente a ello Bogart dice: “¿Qué tiene de malo mostrar una decapitación?”
  • Se queda sin balas cuando lo asaltan
  • Su excesivo aprecio por la vida – la propia, obviamente – lo conduce a ver complots constantemente
  • Luego de matar a su socio, descubre la conciencia moral y el sujeto moderno, algo bastante poco útil en su situación.
    Conscience. What a thing. If you believe you got a conscience it'll pester you
    to death. But if you don't believe you got one, what could it do t'ya? Makes me
    sick, all this talking and fussing about nonsense
.