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24.7.06

Tarnation: la incomodidad del nudista


Me imagino que ir a una playa nudista, al peor estilo Playa Franka de Moria, requiere una fuerte confianza en sí mismo, no sólo con respecto al cuerpo y a esas cuestiones sino con respecto al carácter propio del portador del cuerpo. Desde tiempos inmemoriales, la gente ha entendido el verbo desnudar sin siquiera mostrar un lunar; supone que uno se desprende de todas las enmascaraciones propias de la convivencia social y muestra no su verdadero yo – cosa que, a la Popper, diré que no existe – sino lo que estaba oculto.
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Tan incómodo como que una desconocida llore sus penas profundas sobre uno y pida un abrazo de amigo(*), así es Tarnation, documental de John Cahouette que muestra su propia vida a través de sus videos hogareños que filma desde que tiene un hogar estable. La vida de Cahouette no es, por cierto, nada envidiable; su madre es sometida desde antes de su nacimiento a una terapia poco alternativa como es el electroshock y los videos, más que mostrar la vida de Cahouette – que, en definitiva, es la historia de un joven homosexual que hace videos de prescindible calidad – muestra el deterioro que sufre a lo largo del tiempo su madre.

La cámara la muestra de la manera más descarnada posible; desde sus mitos de violencia familiar hasta una bizarrisima escena de tres minutos donde hace mil quinientas veces el mismo chiste con una calabaza; todo esto en un escenario casero con suelos de habitaciones repletos de ropa tirada, con el abuelo de Cahouete ya sin dientes y probablemente cagado en los pantalones llamando a la policía para que obligue al nieto a dejar de filmar.

Si esto fuera una crítica de un diario de tirada masiva uno tendría que escribir: “Tarnation hace reflexionar al espectador y a la sociedad entera acerca de cómo se trata al enfermo en este mundo globalizado.” Tarnation, a pesar de lo que diga esa crítica mainstream, no es eso, sino que logra – y esto no sé si es bueno o malo – que siempre estemos pensando en Cahouette y en cómo sobrevivió tantos años sin dispararse en la cabeza; el documental tiene una narración tan excesivamente personal y privada que no puede superar la imagen de una persona que se desnuda y nos muestra sus peores partes y nos pregunta qué te parece. La verdad es que no sé, John, primero vestite.

(*) Año 2000. El trabajo era agotador y era el primer día que me dejaban en la oficina cumpliendo tareas de data entry. Encerrado en el box que me correspondía, sentía como propias las imágenes de aquellos oficinistas que se vuelven asesinos seriales. En un momento, un llanto que cada vez crecía más y más y se hacía más escandaloso, aleja mis dedos del teclado; me acerco a la fuente del llanto: era la secretaria del Jefe o del Presidente o del Dios – se hacía llamar de todas esas maneras, dependiendo de si te quería cagar poco, promedio o un montón – que, al verme, lejos de sorprenderse, contesta a mi cara de interrogación arrojándome un Evatest. Ante mi cara de desconcierto, se levanta de su silla y me abraza; acto seguido, con el llanto aún en sus ojos, me dice: “Abrazáme. Abrazáme.“La abrazo. “Pero fuerte, abrazáme fuerte.” No sé, me quedé muy confundido ese día.

22.7.06

Pregunta

Si estos de acá abajo fueran mis ojos; ¿usted diría que soy birola?

Gracias, M.

20.7.06

Ningún lugar sagrado o la búsqueda de recursos

En el blog vecino y amigo del Mate Tuerto, hace algunos meses justificaron diversas justas deportivas que tenían como premio máximo de Rodrigo Rey Rosa, alias triple R. Aún sin haber participado y aún sin haber querido participar si hubiera estado en ese momento, el nombre de Rey Rosa comenzó a instalarse en mi cerebro, casi como un tumor que va a empujando los otros elementos para ganar su propio lugar. Así, mientras iba a La Giralda para que me echaran nuevamente – lo cuál, debo confesarlo, no ocurrió – e ir a ver a Woyzeck, me descubrí pensando en Rey Rosa y en cuanto bajé la vista ví Ningún Lugar Sagrado de RRR en una generosa oferta de 4 pesos. Miré al costado y atrás para ver si Zedi Cioso, Pailos, o Zatoichi o Cobiñas corrían desesperadamente a quitarme de mis garras el ejemplar en cuestión pero o son muy lentos o estoy un poco paranoico.

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Ningún lugar sagrado es una serie de cuentos centrados principalmente en Nueva York, lugar donde vivió algunos años RRR. En algún punto, lo que más llama la atención del libro es la riqueza de RRR en una búsqueda experimental de los recursos para contar que sin embargo, se ciñe no a los requisitos externos de pertenencia a una vanguardia sino a ciertos aspectos del género policial.

Ningún lugar sagrado se cuenta como una serie de conversaciones telefónicas y de sesiones de terapia donde sólo escuchamos la voz del “paciente” y nunca la voz de la psicológa; Video es una especie de selección de las 139 cintas de video que RRR vió en Nueva York, todas ficticias; Hasta cierto punto, reproduciendo la técnica de anulación de la voz de Ningún Lugar Sagrado, consta de una serie de cartas que decrecen en intensidad: desde la amistad más sincera con que comienzan las cartas hasta la negativa a recibirla en su casa; Negocio del Milenio es también una serie de mails no contestados donde un recluso propone misteriosamente un negocio al gerente de las Cárceles Lucrativas que le permitiría resolver el problema económico de las prisiones.

La escritura de RRR es, a pesar de ser cuentos, terriblemente sintética y, sin embargo, eso no es un obstáculo para que la historia que se cuente sea menor: esa anulación de voces que se ve en varios de los cuentos de Ningún Lugar Sagrado podría tener que ver con esto: con mantener la premisa de no multiplicar generosamente un universo que ya está cerrado por sí mismo y desde el comienzo, es decir, desde la idea primigenia del cuento. De hecho, uno de los cuentos donde es más difícil reconocer a RRR es Elementos, donde, al mejor estilo lynchiano, se desdobla un personaje que es acompañado por numerosos personajes secundarios y donde los móviles del misterio se hacen un poco oscuros.
- Papi – me dijo -, antes de morirme, quiero saber lo que es el sexo.
Levanté las cejas y tragué saliva y se me cortó la respiración. Habría oído
algo en la escuela, pensé, era lo natural. Me pregunté fugazmente si no había
fantasmas pornográficos flotando todavía en la Calle 42. Recordé al ratón
Mickey, a Pluto, a Clarabela.
Dije que se lo explicaría. Miré el reloj que
estaba sobre el televisor.
- ¿Cuándo? – preguntó.
- Ya son las siete,
cómo corre el tiempo – le dije – Desde luego, hoy no.
Hizo una mueca
- Sí – dijo – ya lo sé, comienzo a sentir los temblores.
La acompañé a su
cuarto, le puse el pijama y la acosté. Le di a tomar sus medicinas.
- La luz. – dijo.
Apagué la luz, y nos quedamos juntos en la penumbra esperando
los ataques.

18.7.06

Retaguardia crítica (i): Saer y la definición del pasado

No sé, nunca leí a Saer.O sí, lo leí pero no me acuerdo qué pasó.
Eso es un problema o no. Mavrakis y Valdés, en cambio, leyeron Glosa, no tienen problemas de memoria y dicen
esto.

El Gordo Gostanián construye ahí una definición del pasado en la novela que viene a sustentar toda la lectura:

Por eso definiremos pasado a toda construcción y procedimiento formal cuyo fin
sea alcanzar diversos grados de representación de un pasado cronológico
respecto
a la linealidad temporal en que transcurre cada novela. Por
testimonio
entenderemos aquellos procedimientos formales (y
representaciones) que este
pasado adquiere en tanto se atribuye como acto de
lenguaje a personajes
específicos y aún a la figura misma del narrador de
las novelas en cuestión.

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Toda definición es un problema porque, aún acotándola para que funcione en un determinado lugar, siempre tiene un punto de arbitrario. Y acá también pasa eso.

Uno podría decir, sustentandose en una teoría determinada del tiempo, que pueden existir hechos pasados sin que hayan sido percibidos o contados; es decir, que la realidad es independiente de la mente. En la literatura eso no pasa porque, en definitiva, no existe nada más que lo que la lógica interna de la novela quiere contar; por lo tanto, no hay una realidad independiente del relato que lo haga verdadero o falso, sino que es todo lo contrario.

Ahora, si esto es así, si todo pasado adquiere su lugar como tal en la misma historia, entonces, ¿qué es un testimonio sino el pasado definido literariamente? Lo cual viene queriendo decir: ¿para qué hay una definición de pasado si es coextensiva con la de testimonio?¿para qué define dos veces lo mismo? eh, señor Gostanián? por qué?

Bueno, hay una respuesta - provisoria, como todo, incluso nuestra vida - a eso. Y la dan ahí mismo, en el link de más arriba.

14.7.06

El grito de Florencia Abatte: la mujer del principiante

En la solapa de El grito, la biografía de Abatte aparece como la de ese tipo de personas que están un poco en todos lados y que no se sabe bien por qué; parece que Abatte escribió “Deleuze para principiantes”. Si no me equivoco, esos son los libros de Era Naciente que vienen con dibujitos y caricaturas; por ejemplo, en el de Platón, éste aparecería sentado en el medio de sus discípulos escuchando a Polo decir: “Si un hombre, obrando injustamente al tratar de hacerse con la tiranía, es apresado y, una vez detenido, es torturado, se le mutila, se le queman los ojos y, después de haber sufrido él mismo otros muchos ultrajes y de haber visto sufrirlos a sus hijos y a su mujer, es finalmente crucificado o untado de pez y quemado, ¿este hombre será así más feliz que si se libra de estos suplicios, se establece como tirano y gobierna durante toda su vida haciendo lo que quiere, envidiado y considerado feliz por los ciudadanos y los extranjeros?.”


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Las simplificaciones para principiantes tienen una función, justamente, introductoria y suponen que el lector o bien no va a profundizar en el tema o bien que lo hará por otro medio o bien que va a hablar con quienes no saben del tema y se dará algún dique, retrocediendo ante cualquiera que tenga alguna idea de lo que está diciendo; pero siempre suponen una mirada rápida y poco esforzada de las cosas.

Bueno, un poco así es el libro de Abatte.
Al principio, uno cree que el libro está lleno de estereotipos y que se ironiza sobre ellos; luego, uno se da cuenta que sólo hay estereotipos. Hay cuatro historias que se entrecruzan, menos por exigencia de la trama que por mera coincidencia, y todas suceden en los finales del 2001, con lo cual Abatte quiere mezclar un poco la cuestión política con la cuestión histórica y con algunas obsesiones genuinas, generando un collage un poco apurado.

Ese collage empieza con Federico, un pibe con padres ricos, con vocación propia pobre y que sale a la calle justo justo el 20 de diciembre y se da cuenta de que hay un lío en la calle – ah, también de que hay gente pobre – que no termina de comprender debido a todas las preocupaciones que tienen los hijos de padres ricos. Por el contrario, Horacio – el de la segunda historia – es un exmilitante montonero, hombre golpeado, diabético y que si bien no descubre la existencia de gente pobre ese día pareciera hacerlo, quizás de la manera más desagradable del mundo; por ejemplo, haciéndole decir a una mujer cuya hija se clavó una jeringa mientras revolvía basura en el edificio de Horacio: “Dios quiera que no se haya pescado un Sida mi nenita” o “No diga. Yo también soy diabética”. Hacer hablar mal a la gente a propósito para demostrar que es de clase baja es un poco hijo de puta, creo; es como demostrar que uno sabe cómo se escribe bien que, que no se dice “un Sida”, y que lo sabe porque uno no es pobre. No sé, me hace acordar a quienes van a la verdulería y dicen “qué ignorantes, escribieron Hubas.”

Pero ahí no termina. En uno de los regulares excesos de sentimentalismo que Abatte le imprime a los personajes, el exmontonero les termina dando todas sus revistas de La estrella federal para que las vendan como basura, demostrando la inutilidad del pasado que siente Horacio, la inutilidad de su pasado inserto en el presente y confirmando que su pasado ahora ya no sirve y que, además, ahora Horacio se siente descreído de todo su pasado, de todos sus ideales, de todo lo que antes pensaba que era correcto.
Un poco se parece a esas imágenes que van asociadas casi necesariamente cuando un jugador juega su último partido; la primera imagen es la del jugador saludando a la gente; la segunda, es la del jugador llorando amargamente en el vestuario; la tercera, es la de los botines colgados en el vestuario; la cuarta, es la del arco vacío y la del estadio vacío; la quinta, es la de él caminando de la mano con sus hijos; la sexta, la de él apagando la radio que transmite el partido el domingo; la séptima, la de él, diciéndole a la mujer: y ahora qué se hace?, etc., etc. Imágenes a las cuales uno no sólo tiene educada la retina, sino que se han convertido en cosas obvias.

La tercera y cuarta historia son un poco diferentes; en la primera, Peter es un homosexual sometido por su pareja de forma bastante miserable, y que termina encontrando la solución en una especie de retiro espiritual, que también podría ser una secta que cree en el fin del mundo, en la Autoayuda o en la existencia fáctica de los OVNIS. La cuarta es la mejor historia de todas, a pesar de ella misma: Clara tiene leucemia, se murió la madre por su culpa, se lleva mal con su hermana, y su padre la mantiene en una relación de cariñosa distancia; en una de esas conoce a Agustín, que es el hermano de Federico y que, a su vez, es hijo de la pareja de Peter, y descubre algo parecido al amor o a la tranquilidad. El relato de los sueños, de las sensaciones de enfermedad están más o menos bien logradas y le dan algún valor al libro.

Sin embargo, en el medio de eso, hay cosas al mejor estilo Patch Adams o Despertares, o de cualquiera de las películas horribles que protagoniza Robin Williams; por ejemplo, la relación entre Clara y Agustín está plagada de cosas como “tenés que aprender a mirar mejor” o cuando le muestra una de sus esculturas en madera que representa un racimo de cabezas y le pregunta qué ve, Agustín dice “las raíces del dolor.”

“Recuerdo que al salir compartí el ascensor con aquel vecino de rulos. Debió
verme tan mal que fue gentil: fingió no conocerme. Se paró ante los botones y,
con el dedo en el aire, preguntó: “¿dónde es que vive?”. Debí contestarle “En el
trece”. Pero musité sin querer “en el infierno” y me señalé el corazón.”