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3.6.08

Massacre y la repetición


La primera vez que fui a Obras fue en el 93, a ver The Ramones. Había tenido una larga conjuntivitis y en teoría tenía que usar unos anteojos culo de botella que claramente no usaba y que me hacían perder buena parte del mundo real. Ese día también tocó Massacre, una banda altamente desconocida excepto por un tema que había empezado a sonar en algún lado, Plan B.

Cuando este sábado le dije a Pailos que yo ya había visto a Massacre y a los Ramones, sentí que en algún punto, mi pasado de heavy metal y de punk, pero más que nada de trash metal, podía tener alguna consecuencia en mi vida actual, algo que me parece imposible desde el día en que dejé todos los casettes de Pantera y de Megadeth en la casa de mi madre, aquel lugar en el cual me parece imposible haber vivido en algún momento.

El recital de Massacre del sábado fue bueno por varias razones: porque el Mamut es realmente un gran disco; porque Diferentes Maneras también es un gran disco; porque siempre es sugestivo que al cantante de una banda le griten tantas veces gordo puto como a Walas y porque el Tordo es un gran violero; pero también, o principalmente, porque Obras ya no es la trampa mortal que era y eso te permite estar excesivamente adelante sin sentir la certeza epistémica de que el aire es completamente insuficiente, de que ese muchacho con ese cinturón de cuero no está haciendo otra cosa más que apoyarte y de que un pogo puede convertirse en la alfombra sobre la cual quede tu cuerpo.

Esto último no lo entienden los viejos fanáticos de los lugares pequeños y de la idea de barra brava de la banda, tan bien ejemplificada por el gordo petiso en cueros que le señalé a Fede como el organizador de los pogos y de los largos pasillos donde la gente con un poco más de juventud y con un poco menos de apatía por el mundo juega a que están en un recital de Los Pistols en el 74. El gordo, a pesar de todo se escondía de las cámaras, como me mencionaron después; después de todo, aquellos que son artífices no quieren ser protagonistas, pensará mientras se pone la remera, se toma el colectivo rumbo a Castelar y cuenta los días que faltan hasta el próximo recital de Massacre donde otra vez será el artífice anónimo del pogo.

Los fanáticos viejos, no ya de lugares pequeños, sino los fanáticos que son viejos y miran todo desde la orilla del pogo, es decir los fanáticos como uno, nos reconocemos porque todos usamos barba y tenemos ropa de la Bond Street. ¿Qué sería de los Clash sin Buenos Aires? Se pregunta Wallas y uno quiere preguntarse ¿qué sería de Massacre sin la Bond Street? en una especie de analogía perfecta.
(*) picture from here

23.5.08

Es verdad, me lo merecía más



pero mis amigos son mejores que yo. Este lunes 26 de mayo, a las 22.00 por Canal (a), en "El fantasma", conozca al amigo infinito del infinitamente amigo blog Mate Tuerto, entrevistando al grosso de los Pauls.



(*) picture from heer

Indignados


El 47 para en Chacarita; la gente que hace cola desde hace cuatro minutos comienza a subir hasta que se empieza a escuchar un rumor que comienza desde adelante y continúa progresivamente hacia atrás. Se escuchan algunos gritos de “colada”, “ladrona”, “vieja tramposa” e ”hija de puta“ que hacen de sinfonía para la subida de una señora de unos cincuenta años rubia, claramente empleada municipal. Apenas se da vuelta para contestar a la turba indignada y esgrime la única justificación que se le ocurre: “pero yo estaba en la cola de los sentados”, lo cual es respondido por un “sentate en esta, rubia” que a su vez es seguido por risas exageradas de la cola.

La rubia se sienta en un asiento de a dos y mira a la ventanilla tratando de olvidar el mal momento. Pasa un muchacho de unos treinta años y mientras se dirige hacia el fondo por el largo pasillo comienza a aplaudir y grita: “Un aplauso para la señora”. El colectivo, empezando a comprender la colectivización de la acción, aplaude. El pasillo se convierta en una especie de sucesión de personas que esperan su turno para insultarla; un tipo de unos cuarenta años le grita hasta que la garganta le queda roja que tiene una cara de piedra, de madera, de mármol; la rubia solo contesta “cola para sentados” pero no se mueve; pasa una vieja de ochenta años y hunde su bastón contra el pie de la rubia; otro joven de unos treinta años siente que hay que volver al tiempo de la acción política cargada de reflexividad y exige al público pasajero defenderse de los abusos, que si no, entonces nos merecemos lo que tenemos: esta rubia sentada; ella grita “enfermos”.

El colectivo arranca y aunque quedan asientos vacíos, nadie parece olvidarse de la rubia. Alguien empieza a tirarle los boletos convertidos en pelotitas húmedas de saliva; el primero aterriza sobre su cabeza y ella se lo quita elegantemente; pero al primero le siguen veinte más y su cabeza se convierte en una autopista cargada de vehículos blancos. El político se levanta, se sienta al lado de ella y empieza a cantarle las cuarenta, cada vez con un poco más de amenaza y menos de castigo. El colectivero golpea el espejo retrovisor con una moneda y exige calma; el de 40 le dice que se calle y que siga manejando que para eso le pagan y también se para y le pega un coscorrón a la vieja: “así vas a aprender, pedazo de turra”; la vieja de 80 años le entrega el bastón a una pequeña niña con trenzas de 11 años y le explica con qué parte debe pegarle en la espalda para causar más dolor.

La rubia llora y grita “sentados sentados sentados” pero ya no importa a qué se refiere. Todos la tomamos de algún lado de su cuerpo, abrimos la puerta trasera y la arrojamos a la calle, justo cuando el 47 está tomando una curva quizás imprudentemente rápido. Miramos al chofer que nunca va a dejar de ser un mal chofer.

(*) picture from here

27.4.08

descripción de un vestuario


En un vestuario de hombres la gente se desnuda. Y se desnudan, más tarde, más temprano, menos oculto, más oculto, todos.

Algunos creen que entrar en un vestuario es casi equivalente a entrar a una playa nudista; creen que por que están en un vestuario, pueden sentarse con sus culos desnudos y discutir sobre economía o sobre fútbol o contarle a un oscuro oyente su historia como casi campeón de basket. Estos algunos caminan de la ducha hasta el lugar donde guardan los bolsos y compran Gatorade en pelotas y después se sientan y siguen en pelotas y, al final, lamentan tener que irse y vestirse.

Uno podría pensar que son los jóvenes, los que todavía no sufren el lógico deterioro físico, los que estarían más orgullosos de mostrar su progresión en la adquisición de masa muscular; sin embargo, aquí no. La ironía maneja toda la vida y que el lugar donde haya más viejos desnudos se llame El ateneo de la Juventud lo demuestra cabalmente.

Los que todavía tienen pelos, ahora están cubiertos de nieve blanca en las pelotas; los que ya carecen totalmente de pelos, creen que sus partes han crecido. Como si fuera un adelanto de lo que tarde o temprano les llegará, la ancianidad y la muy posible senilidad, los casi ancianos muestran sus cansados y canosos miembros como quien pone una antigüedad china en el centro de la mesa. Para que todos lo vean y todos sepan que lo compró, que sepan que hubo un acto anterior que lo hizo distinto a la vulgaridad del resto del gimnasio. Para que sepan que en el pasado algo mejor pasó.

Es difícil no comparar en un vestuario de un gimnasio donde todos en algún momento terminan mostrando el tamaño que portan. Los que buscan los rincones para no pasar una hipotética vergüenza, más relacionada con el vestuario de los 11 años que con la realidad, los que buscan los espejos para duplicarse y enamorarse, los que buscan los espejos para mirar sin ser percibidos, los que quisieran poner un cartel luminoso cerca de su miembro, los que quisieran poner un cartel indicador cerca de su pene.
(*) foto de acá

19.4.08

el bafici que no merece ni siquiera un post


Todos los años me vuelven a generar el mismo nivel de asco los empleaditos del Hoyts con sus chombitas grisecitas. Todos los añso pienso que tengo que matar a alguien que tenga una credencial auqnue la foto esté demasiado pixelada. Este año no fue como los otros porque, todavía, no ví ninguna película realmente mala o realmente aburrida y hasta esta altura no creo que eso pase. ¿Me convertí en alguien más sagaz a la hora de elegir las películas o en un tipo con más suerte? En la ciudad de Sylvia de Guerín, pasa algo bastante típico de las películas aclamadas por el palo del BAFICI, según me lo definía ayer, un viejo oloroso y con las uñas largas que tenía la credencial roja, y que no sé transformó en mi primer víctima porque, bueno, no se me había ocurrido que nadie lo iba a reclamar como vivo. Un hombre pone una cámara en un lugar, después enfoca ese mismo sitio desde ese otro lugar, después desde otro y así hasta que pasan 20 minutos de ver la misma situación (que, por cierto, no es la muerte de un crítico de cine sino cómo alguien toma un café en Estrasburgo, lo cual, lamento decirlo, no es tan distinto a cómo se hace en, pongamos, Cali.) Después de eso, el hombre persigue a una mujer que toma por una ex mujer suya de hace 8 años y sólo después de 40 minutos se anima a saludarla; ella le dice que no es quien piensa y ahí se termina. Si vos ponés una cámara en una calle típicamente europea y la gente pasa por ella, camina, etc. tenés un clima parecido al de Antes del Amanecer pero sin que Ethan Hawke conozca a Julie Delpy. En el medio del mal humor que te produce que te saquen una muela y que Buenos Aires haya sido tomado por una nube olorosa, te sentás a ver Cochochi y después de un rato pensás que es una película oriental pero sin orientales - razón por la cual podés distinguir a los personajes - pero que sin embargo, es aburrida. Después, empezás a pensar qué vas a comer, qué vas a ver después y si mañana vas a ir a entrenar a la pileta. La película va terminando, el viejo de al lado sigue oliendo y yo tengo muchísimas más ganas de comer que de matarlo; por suerte, la película termina bastante mejor de lo que empieza aunque uno puede intuir bastante antes cómo va a terminar.