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6.3.09

El liberalismo y los playmobils

Este post nació de un comentario de Cece y de una de las caminatas de tres horas que hicimos transandinamente.

Cece afirmaba que los Playmobiles tenían la vida solucionada desde el principio, desde antes de abrirse la caja y descorrer el plástico que los contenía: el playmobil que nacía en las virginales fábricas de Alemania como sheriff haría cumplir la ley en el lejano oeste, el que nacía controlador de tráfico lo sería siempre y la que nacía reina, no podría abdicar. Al principio, le dije que sí pero luego me dí cuenta que no, que de ninguna manera.

Al menos hasta hace algunos años – ahora los Playmobiles son distintos – los Playmobiles eran la representación de un principio liberal básico, el cual siempre ha sido mencionado como su obstáculo principal para enfrentarse con la pluralidad cultural y la identidad arraigada en las religiones, narrativas, grupos sociales, etc.: éste principio consiste en la idea de que dado que los individuos pueden cambiar sus objetivos, redefinir su identidad, pueden entrar y salir de cualquier tradición cultural, entonces esas adscripciones identitarias son posteriores a la existencia del individuo. De acá se sigue, casi naturalmente, que hay algo previo que constituye al sujeto y que no tiene que ver con esas identidades que siempre son consideradas provisorias y, si se quiere, contingentes.

Si los Playmobiles tuvieran la vida solucionada desde el principio – en el sentido ceceano – eso implicaría la violación de este principio: el sheriff no podría cambiar su ocupación y la reina sería reina por descendencia familiar. Sin embargo, lo divertido de los Playmobiles es que debajo de sus accesorios, debajo de sus sombreros, sus charreteras, sus barbas, etc., seguía quedando un Playmobil al que le podías dar otra identidad, que podías disfrazar de otra cosa: el sheriff podía ser el rey, el controlador de tráfico podía ser el ladrón del oeste, etc. Lo que quedaba de todas esas combinaciones era el sujeto abstracto del liberalismo, ese sujeto que esperaba ser determinado por otras cosas pero que, sin embargo, nunca era determinado total e irreversiblemente.

La libertad del individuo era para los Playmobiles justamente esa posibilidad de cambiarse la identidad – o mejor dicho, de ser cambiados por el sujeto activo del juego –, de dejar de ser lo que eran y pasar a ser otra cosa. Por supuesto, el liberalismo de los Playmobiles era clásico, quizás demasiado clásico, y todavía no podía entender la transmutación de género: uno podía cambiarle el peinado a una Playmobil por el de un Playmobil masculino pero siempre quedaría esa faldita levantada por el aire, en una inocente reminiscencia de la clásica escena de Marilyn.

Ahora bien, Cece tiene razón pero sólo con respecto a la nueva generación de Playmobiles: por ejemplo, para el mundial de fútbol, se hicieron jugadores de fútbol que tenían las camisetas de los distintos países pintadas en su propio cuerpo, las medias y los pantalones cortos; ahora, los viejos tienen pintados sweaters de viejos, hay romanos que tienen las botas y las togas de los romanos y que no se pueden sacar.

¿Por qué pasa esto, por qué este cambio? Uno podría suponer que los Playmobiles se enfrentaron a otro tipo de juguetes, a una generación justificada en imágenes de precisión, en el hiperdetalle de las cosas; frente a esto, ese mero sujeto abstracto sin determinaciónes previas, sin la vida arreglada desde el principio, parecía demasiado tonto, demasiado simple. En realidad, yo diría que lo que parece es que los ejecutivos de la industria de los juguetes suponen una menor creatividad en los niños: no hay que darles una tabula rasa, sino una tabula completa con todos los detalles y en donde se vea bien grande el logo de Coca-Cola, no los dejemos pensar en que pueden cambiar su vida, no dejemos que nos compliquen las estadísticas con el abandono de sus posiciones sociales y tradicionales. No dejemos que le saquen la corona al rey, que le cambien la barba al sheriff; ni siquiera los dejemos jugar con la idea de la revolución.

27.2.09

western I: santos o cagones


The Last Sunset (probablemente, a partir de ahora, tengan que bancarse muchas historias de western) es una película un tanto incompleta o quizás es que alcancé a ver sólo la última media hora; sin embargo, los elementos clásicos de la tragedia están presentes (el incesto de la ignorancia, los viejos amores, los nuevos y un pasado criminal que no puede borrarse con un mero traslado de ganado que atraviesa el sur). Lo importante es cómo se combinan para que en el mismo final de la película, un personaje quede como un hijo de puta y al mismo tiempo como un santo.
Bren' O'Malley es un criminal buscado en Texas que tuvo un amorío en el pasado con una señorita que ahora es señora – Belle Breckenridge - y que reaparece en su vida en la forma de una dama casada y con una hija de unos dieciséis añitos. Mientras O’Malley traga esto, se le aparece un sheriff de Texas y de alguna manera que desconozco, terminan viajando los cuatro a llevar ganado a Texas, el lugar donde O’ Malley y el sheriff definirán de qué lado cae la justicia.
Los viajes producen cambios y O’ Malley ignora a su ex amorío y empieza, como todo buen degenerado, a gustarle la chiquita de 16 añitos que es rubia, modosita y enamoradiza, tanto pero tanto que finalmente le confiesa su amor a O’ Malley. Se besan después de bailar. Sabemos que pródigo es el amor en el oeste.
Llegan a Texas; O’ Malley se va a casar con la chiquita – Missy - si es que sobrevive al duelo con el sheriff; pero en el medio, su ex amor – es decir, la madre de la chiquita – le caga la fiesta psicológica. ¡¡¡Missy es su hija!!!. En la cara de O’Malley se notan las alternativas: o Edipo o vos sos una mentirosa.
El valiente elige una de las dos: o se arranca los ojos o ignora a la mentirosa. Pero O’Malley es un cagón; y no sólo un cagón, sino uno de los peores. Le promete a Missy la huída, le promete el amor eterno pero no la besa; luego se enfrenta con el sheriff pero va con la pistola descargada y el sheriff, que ahora es el hombre de Belle, lo descerraja de un balazo.
O’Malley es un santo porque, ante la duda, no toca a su hija; O’Malley es un cagón porque el odio de su supuesta hija ahora va dirigido contra su madre (Belle) y contra el sheriff justiciero. O’Malley es un santo porque es masacrado por la policía. O’Malley es un cagón porque, vamos, es un duelo, cómo no va a disparar; O’Malley es un santo porque no hace nada malo; O’Malley es un cagón porque bloquea las oportunidades de hacer algo malo.
(*)pic from here

26.2.09

Cosas que volvieron de Chile



- El odio a Herbalife

- Las ganas de un día no volver a Buenos Aires para cantar un tango en alguna cubierta de barco.

- Lemebel

- Un amigo nuevo que es padre naturalmente.

- La compulsión por el comportamiento de los animales

- Pulgas

- El desconcierto por los motivos con que se rechaza una orgía.

- The Clinic

- Un PH cada vez más protagonista de la vida.

- Una débil idea para hacer un programa de tele que creo que se parece a Los Machos.

- Valparaíso.

- Un francés antisemita, un francés gigante, un tano gritón y varias prostitutas chilenas workaholic.

- Las ganas de agitar el avispero (interpretation by Nacho)



(*) Por cierto, la foto es autoría de Salgado Boza, el dedo autoría de Pailos, el muñeco autoría del Emilio, la mesa es de la familia de la novia de SB y el gusto es todo mío por haber pasado una gran tarde ahí, como si estuvieramos a punto de ser el número 449, 450 y 451 de Narrativas Hispánicas de Anagrama.

4.2.09

cerrado por duelo (extendible a vacaciones)


Sí, ya lo sé insensibles.