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2.2.09

razones para estar solo V


El portero del edificio me reconoce, yo no sé si le soy recíproco pero ya estoy tratando de entender por qué este es el preciso momento en el cual ella está hablando con él y parece no querer abandonar la conversación; no sólo eso, sino que tampoco entiendo de que está hablando.
Besame.
Bueno.
La cerradura parece movérsele constantemente y la llave una especie de travesaño diseñado para no entrar en esos dos milímetros. Extrañamente, habla muy despacio, casi tranquila pero también como si las palabras costaran tanto en salir; como si se demorasen enrroscadas.
Entramos. El piso está lleno de manchas azules, violetas y húmedas; miro hacia la cocina y hay no uno, no dos, sino seis trapos en el piso, en la mesa, en las sillas. Cuando me sirve vino, se cae de la silla, el vino también y aparecen más, muchas más manchas azules. Se levanta con dos explicaciones que se juntan: una, por la cual la madre le dijo siempre que se mantuviera diferente: la otra, por la cual yo nunca voy a ser diferente.
OK. Tengo una única solución para cualquier cosa: vamos a fumar. Fumamos. Ni cinco minutos me persigue el mambo. Ni cinco. Por que yo no me relajo, me dice ella, porque yo no soy diferente. Primero prende velas aromáticas que también caen al piso; después trae los antidepresivos que tengo que tomar porque estoy muy nervioso. Con una mano levanto las velas y con la otra tapo mi boca porque ya están llegando los avioncitos llenos de Prozac, de Zoloft, de Cymbalta que tengo que tomar porque estoy tenso. Y parece que no hay que estar tenso.
- ¿Pero no te va a hacer mal mezclar?
- Mi papá (que está muerto) decía que las reglas eran para idiotas.

OK. Ya no tengo una puta solución. No, no estoy tenso, no quiero el avioncito cerca de mi boca, eso no es Vitina. Hago como que la escucho y todo se convierte en cómo hacemos ahora, qué hacemos. Necesito pensar. Ya. Baño, baño.
Llego al baño.
¿podés levantar la tabla?
Sí, es verdad, la tenía baja, nunca subo la tabla, por eso vivo solo pero no hay muchas manchas azules? Salgo y tengo todo resuelto: a partir de ahora voy a ser la paz representada, nada, nada me va a ni siquiera rozar, basta de pensar. Mañana ya veremos.
Apenas tomé la decisión que me iba a permitir pasar la noche entera, hablamos de algo – probablemente de nuestra reconciliación – y ya pensaba si tenía que a) hacerla vomitar, b) mandarla a dormir, c) que se bañara. Entonces de nuevo son los besos, más besos porque ahora estamos reconciliados y probablemente ya estamos con nuestro hijo en brazos en la Mater Dei, y de repente tengo que explicar (otra vez) a: por qué no quiero tomar antidepresivos, b: pro qué no fuimos juntos al recital. Explico otra vez y entonces, con la teatralidad que brinda salir por el marco de la puerta,
- Vos te parecés mucho a tu hermano, no?
No, no conocés a mi hermano. No, no me parezco; o por lo menos, ya te había dicho que no nos llevabamos bien, que yo, más bie, no era lo que él era

28.1.09

Los domingos son para dormir, o qué hacer después de vengarnos


Dicho un poco brutalmente, Hegel pensaba que la dialéctica consistía en un proceso triádico basado en tres momentos: la completa identificación, la completa diferencia y el momento de contradicción, la etapa superadora pero que contiene a los previos; esta papa metafísica en el fondo es la idea de que los individuos no están constituidos ni en una soledad egoísta total, ni en una total determinación por los otros, sino en un juego superador entre ambos momentos previos.

Los domingos son para dormir, de Sonia Budassi, son un buen ejemplo de qué ocurre sin esa última etapa superadora. Los personajes que recorren los cuentos que componen el libro no tienen una interioridad singular, propia, a pesar de que, en general, no dialogan, a pesar de que podríamos entender que lo que leemos es un largo monólogo de un único personaje.

Pero a diferencia de un monólogo que reflexiona sobre la propia subjetividad, lo que ocurre es que ese diálogo interno está compuesto básicamente por el temor que producen los otros, donde los otros es el resto del mundo. Los otros son los padres que vienen a comer, son los compañeros de casa que no se comportan de un modo particular (el modo en que quisiéramos, que tampoco se sabe muy bien cuál es), los otros son las amigas de la infancia perpetuadas en un ida y vuelta de argumentos, llantos y amoríos de verano provinciano, son los novios que no llaman.

Esos otros son, fundamentalmente, una amenaza que hace imposible que los personajes asuman algún tipo de singularidad; fundamentalmente, porque ellos son motivos de enojo, de rabia, de recriminaciones silenciosas pero que no desembocan más que en la bronca misma. En Los domingos son para dormir pareciera no existir algo así como una supuesta superación de ese enojo, de alguna acción por parte del protagonista que la conduzca a otro lado; aunque a veces da la sensación de que ya no tolera a sus amigas de la infancia, la protagonista de Fuera de Temporada se va de vacaciones con ellas; sus dos amigas van modificando, por una u otra causa, sus planes iniciales pero la protagonista vuelve a Buenos Aires a seguir esperando un teléfono que no suena hace mucho tiempo y que no da la impresión de volver a hacerlo.

En esa insistencia en el enojo, en la molestia por la mera interferencia del otro que siempre se termina convirtiendo en dominación, hay algo bastante divertido y es que se le parece mucho a los momentos donde uno planea venganzas terribles, matanzas largas y dolorosas dirigidas a infligir la mayor cantidad de dolor posible a los causantes de nuestro dolor: “aunque yo no lo haya notado, él me había seguido todo el tiempo con su moto tipo Harley Davidson, cuando salgo se decide, estoy por cruzar la calle, se detiene junto a mí, baja de la moto, dice mi nombre, se arrodilla y llora desconsolado, pide perdón, dice Clarisa sos la mujer de mi vida, por favor perdóname, estoy dispuesto a hacer cualquier cosa para que estés conmigo. Pero no me dejo conmover por sus estúpidas lágrimas y como en una canción le digo ya es tarde.”

El problema de las venganzas, especialmente de aquellas largamente pensadas, planeadas y proyectadas, es el vacío que viene después de haberla llevado a cabo. ¿Y yo qué hacía de mi vida antes de ser El vengador, antes de ser Montecristo? Bueno, ese vacío es el problema de no llegar al momento superador de la dialéctica.

De todas maneras, Hegel es inentendible. No así el libro de Sonia que lo leí en dos días y me dejó con ganas de más misantropía.

(*) pic from here

26.1.09

razones para estar solo IV


Me despierto y es una cama extraña en un piso demasiado alto en un barrio de los que podrían llamarse chetos, de los que podrían denominarse como la antítesis del mío. La causante duerme y yo sin decidirme a romper la promesa, meto la mano debajo de mi almohada y toco algo duro, algo muy sólido que no tiene un final filoso y eso me calma aunque no mucho.
Cuando ella se levanta a buscar agua y yo me prendo el cigarrillo que corresponde pero que no debería corresponder porque todos los días pienso que voy a dejar de fumar, levanto mi almohada y son dos, tres, cuatro piedras, redondas, duras, absurdas.
- ¿Qué hacés con piedras debajo de tu almohada?
- Son para la energía. No ves que sos un racionalista. No entendés.
OK. Despertarse con una mujer al lado no es lo mismo que dormirse con una mujer al lado. Las cosas cambian cuando soñamos, cuando no somos conscientes y ese cambio no sólo se produce en el terreno de los sueños sino también cuando nos encontramos en plena consciencia. Pero eso no se puede decir, eso no se puede explicar por que está mal, porque si lo hacemos pertenecemos al género corruptor, al género de mierda y entonces, en vez de explicar algo que es inentendible pero cierto, nos vamos rápido, a veces con excusas y a veces con excusas reales.
El día siguiente pasa, toca R.E.M., hacemos pogo con Mars Volta, los dos vamos a un recital masivo y hago lo posible por no cruzarnos, por no ser devuelto a un mundo lleno de camas de piedras, a un mundo de ficción. A la mitad del día siguiente, yo vivo en un mundo aún más extraño, en un mundo donde los fantasmas que antes actuaban, ahora no sólo las hacen sino que también hablan acerca de ellas, se enamoran, se confunden y se desenamoran y nunca, nunca jamás llegará el momento en que vuelvan a entrar a sus departamentos. Ella llama y es una charla más bien amable, más bien parecida a la primer cita.
- ¿Nos vemos?
- No. No sé, no creo que pueda. Estoy conviviendo con todos estos giles que me piden instrucciones.
A las dos horas, llama de nuevo y ahora estamos de nuevo en la segunda cita. La primer cosa: por qué no me mandaste un mensaje al celular, la segunda cosa: yo ya pasé por esto y la tercer cosa, separémonos.
¿Separarnos de qué?¿Dejarnos de ver… en qué sentido? En ese, yo no quiero sufrir y ya sé como termina esto y vos no. Ahora, estamos rompiendo una relación de años, una relación que involucra devolverse mil objetos, que involucra planes para llevarse la heladera en un horario en que ella no esté. ¿Pero por qué? Nos separamos. Ya está. Y bueno.
Mientras pienso en lo absurdo de esto, de mi guión, me aparece una ventanita en el facebook y es ella que me manda una canción de no me acuerdo quién, una canción que habla de la esperanza, de la fuerza del amor, de ver lo malo en lo bueno, del vaso lleno y del vaso vacío y de la misma mierda que puebla los pasillos de las funerarias.
De repente, estoy enojado. Pero enojado en el sentido en que siempre me enojo. Cara de culo, callado, mirada de asesino, planes de matanzas, planes de patadas violentas contra cualquier ser vivo que pueble la línea del lateral, planes de todo menos de pelear. Tendría que dormirme, tendría que esperar hasta mañana pero si lo hago, entonces para qué me enojé y entre la ridiculez de la ira desde el futuro y la imposibilidad de la indiferencia en el presente, a veces elijo la segunda. Y entonces de mi facebook sale Don’t think twice it’s alright.
El cambio de valor se produce al día siguiente cuando todo se empezaba a convertir en una historia mas, en una de las tantas historias de locas – a saber, historias de mujeres que o bien me han vuelto loco o a las cuales yo he vuelto locas y que han cavado la escotilla por la cual tengo que trepar todos los días que voy a la frutería (por cierto, voy a una frutería autoservice, de forma que solo tengo que hablar cuando pago) - .
Salgo, el mundo no ha cambiado tanto; todavía existe una universidad donde tengo que trabajar, todavía manos anónimas y maquinales me depositan el sueldo en una cuenta con infinitos números. Doy clases frente a androides diseñados para el día de mañana rebelarse al pedo, me preguntan, les cuento chistes y finalmente me voy. Abro el celular. Tengo siete mensajes de ella. Siete.
Salvo en el primero, en todos los demás hay un insulto; desde ladrón hasta trucho, desde racionalista hasta psicópata, desde hijo de puta hasta insensible. No debería hacerlo. Sé que no. Pero me estoy tomando un taxi muy caro, demasiado caro y estoy yendo a un lugar que sé positivamente que es donde no tendría que entrar, donde no tendría que volver. ¿Es la culpa lo que me motiva? ¿Es la necesidad de que la gente no me odie? ¿Son las ganas de coger?
El taxista se ríe, no para de reírse, de contarme anécdotas que sólo muy lejanamente se parecen a la mía - del tipo que se toma un taxi de 40 pesos para cogerse durante una hora a una mina delante de sus hijos, del tipo que se enamora de una 20 años mayor que él (él mismo), del tipo que conoce minas por los avisos que publican en la cárcel y no creo que me entienda, que me sirva esta larga manía de la sociabilidad.
Llego y ella está en la puerta, tal como me lo prometió durante los veinte minutos en que estuvo pegada al celular.

(*) foto de acá. Por cierto, queridos lectores, la rubia de la foto es Graciela Alfano en el 81 mientras observa con ese señor, que bien podría ser militar, cómo navega un barco pirata playmobil.

21.1.09

razones para estar solo III


Finalmente, nos encontramos un día a la noche. Después de lo que parecían muchos tragos, fuimos a ver alguna banda ignota. En el auto, se confirmaba la idea de que todo era demasiado familiar: prender el cigarrillo del otro, aprender a usar el stereo del otro, cómo abrir la cerradura dañada de la guantera, etc. Durante la banda ignota, algo se debatía internamente: por qué me gustaba más la que tocaba el saxo? Por qué me la imaginaba más a ella - un poco más desconocida que esta - como mi compañera de vacaciones, como la persona que podría contarle algo quizás más relevante que la diferencia entre la yerba uruguaya y la argentina, entre las formas de hacer el mate, con sus ventajas y defectos de cada una?

De todas formas, su necesidad de socialización era mayor a la mía; hablar con el cantante de la banda ignota, esperar que saliera el guitarrista, pedir otra cerveza cuando el lugar claramente estaba cerrado. Algo parecido a la vergüenza se asomaba mientras del otro lado la amenaza constante de redoblar la apuesta, del si te vas a asustar ahora, no sé cómo vas a hacer después.

Uy, mirá, están sacando una pizza del horno. Pero es para la gente del bar que, por cierto, ya está cerrado. No. Yo le pido. Y entonces, el pedido que no es satisfecho pero que, sin embargo, termina siendo peor que si lo hubiera sido: porque entonces llega el insulto en público, el gesto de violencia en contra de lo inevitable.

De ahí en más todo se hace irreversiblemente progresivo, como si todo intento por detener el movimiento sólo ayudara a incrementarlo. Nos vamos a Mar del Plata el fin de semana que viene? ¿No tendríamos que coger primero?¿no tendríamos que tener un mínimo más de precaución? No, claramente no, porque, cada minuto que pasaba parecían dos semanas normales porque lo divertido, en el fondo, era la imposibilidad de detenerse a pensar siquiera un segundo, ni siquiera los segundos en que estuvimos a punto de chocar contra tres autos distintos. Entonces, sí, vamos a Mar del Plata, total siempre hay tiempo para decir que no.

Ya son las cuatro de la mañana y el único intento por llevar esta noche a una cama sólo fue respondido por las ventajas que tendría buscar un hotel en Santa Clara del Mar y no en Mar del Plata. No pensar equivale a esto? No es al revés? Llegamos al bar donde siempre está el señor al final de la barra que provee de una única sustancia y no hay nadie; o sí, hay alguien pero es increíble que sea él, que sean ellos.

Es R.E.M. entero. Todos, no falta uno y a los treinta segundos estamos saludando a uno que aparece en los videos pero que no es Stipe y que tampoco sabemos qué carajo toca, pero sí aparece en los videos. Una de las grandes ventajas de estar borracho es que uno cree saber idiomas lo cual no asegura la comunicación verrbal pero sí la comunicación del estado de quien habla. En algún momento estoy contándole a nuestro más nuevo amigo que estuve escuchando a Woody Guthrie, él me habla del sur de Estados Unidos y apenas empiezo a articular otra palabra, ella me dice: cállate y comienza a hablar. El rockero desconocido me mira y con un get used to it, pregunta cuánto tiempo hace que estamos juntos. Ella tiene que dejar de hablar para procesar la pregunta y dice second date y el rockero dice ooh this is love, so y ella dice sí, claro y me siento como si ya tuviera que salir a caminar con el frac por el medio de un largo pasillo.

Salimos del bar y esto ya se parece cada vez más a una sit com porque el señor que siempre está al final de la barra acaba de venderle todo al amigo de ella que está subiéndose los mocos apostado contra un auto; no está subiéndose los mocos, está rompiéndose el tabique pienso, y rápidamente tengo que de dejar de pensar por que ahora no sólo somos dos los que nos vamos a ir Santa Clara sino tres porque él también viene. Primero me pregunta si tengo algo y aunque estoy tentado de señalarle los restos en la nariz, sé que no sería una buena imagen para el amigo de mi novia de hace dos años, que acaba de ir al baño. Él, como si hubiera estado esperando desde el comienzo de la película ese mismo instante, como los guardianes del portal que aconsejan y previenen al héroe antes de su derrotero, me dice. Loco, es muy linda pero está completamente loca. Se mete con todo. Cuidate. Tendría que pegarle o no, cómo le va a decir eso a mi esposa, a la madre de mis hijos que ahí, justo justo, sale del baño y con un nuevo plan que no implica decirle a mi guardián del portal personal que no vamos a ir los tres a Mar del Plata.

El auto sale disparado y oh, esposa mía, tan tradicionalista, tan virginal e inocente, finalmente decide llevarme a su casa pero con la promesa de no coger. No importa, querida, total los diez años de pareja que llevamos ya me han sacado totalmente las ganas de tener sexo contigo, si tan sólo pudiera ver una foto de mi novia de la adolescencia, de esa saxofonista tan talentosa. Frenamos rápidamente porque aparece el único kiosco abierto a las seis de la mañana y antes de bajarme, le doy un beso. Y luego añado:

Te quiero.

El kiosquero no parece entenderme. Me dice que es por que me la quiero coger – pero si yo acabo de prometer… - me dice que soy un psicópata emocional, me dice que soy un pelotudo – y ahí todos estamos de acuerdo – y yo miro hacia la izquierda, una calle larga, oscura, sin obstáculos en la vereda que me guiña el ojo invitándome pero suena la bocina, dos, tres veces y vuelvo al auto, a recibir el peso de los años que han transcurrido esta noche, que ni siquiera está cerca de terminar

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19.1.09

razones para estar solo II

No salió nada como habíamos planeado, nada como creíamos que teníamos que pasar y si hubiéramos dicho que nos pasaran a buscar a tal lado, no hubiera tenido sentido; no había tortas, el cine no tenía más que un cartel de localidades agotadas o de horario empezado, las calles parecían haber dejado de comportarse como esas líneas que no se modifican y entonces, todo se convirtió en un largo periplo donde todo estaba bien porque todo salía mal y, sin embargo, seguíamos hablando de cine o de facultades o de viajes que hicimos y queríamos hacer y debajo de todas esas palabras, había algo que uno trataba de controlar, de comprobar hasta dónde era sensato y esa extraña sensación de armonía.
Llegó la noche y ya hacía seis horas que estábamos dándole vueltas a los barrios, a todos los medios de transporte y todavía mi cerebro no me exigía ni la huída ni el retorno a la guarida de Parque Patricios y de nuevo, ya por cuarta vez, probemos con el cine y chusmeemos librerías, un extraño regreso a la tumba secreta pero abandonada del héroe.

En medio, creo que ya habían pasado cuatro horas, ya tenía ganas de darle un beso, cosa que no pasó, fundamentalmente porque ella se puso a hablar con los padres de un niño de unos cuatro años, excesivamente preocupado en mostrar sus dotes actorales en un futuro programa de Tinelli con niños.
La noche llevó a la primera cerveza y extrañamente todo se pintó con la solemnidad de la autobiografía y de la reflexión profunda, género al que estaba acostumbrado cuando aún podía hablar de corrido durante treinta minutos sin tener que ver el video para detectar errores. Ahí, confirmado, confirmadísimo y me siento parte del mundo masculino tratando de explicar el errático e inentendible mundo femenino, poniendo dos hipótesis al costado del cerebro, para reevaluarlas nunca y utilizarlas sólo como parte de una charla ridícula donde los hombres creemos que entendemos definitivamente a las mujeres.
Uno, el pasado de ellas está poblado de historias de padres muertos, ausentes, abandónicos, o simplemente caricaturescos – como el que le decía que era una estúpida, que no le daba para estudiar en la UBA y a los cinco minutos le daba trescientos dólares. Nunca, creo que nunca, me tocó una con un padre normal.
Dos, el hecho de que mi padre esté muerto genera la falsa ilusión de la comprensión de una situación, de la empatía. Falso. Pero también al pedo afirmar que la comunicación de sentimientos entre humanos es la ilusión que mantiene unido a cualquier grupo con más de dos integrantes.
Hacemos lo imposible para llegar tarde y lo logramos. Hendler ya está abriendo descontroladamente la segunda botella de vino, yo ocupo todo el apoyabrazos, ella hace un reclamo, yo le agarro la mano, compruebo que todo está en orden – que no hay movimientos para soltarse, que no hay un reclamo posterior – y abro los ojos cuando el amigo imaginario de este blog está a punto de matar al coreano.
Después, más cerveza, comida, colectivos que no quiero correr y pensando que no estaría bien que le diga de coger pero que tampoco estaría mal que ella me diga lo cerca que estamos de su casa y lo lejos de la mía pero, no importa, todo está bien.
Antes de eso, hay algo importante. En el medio del cine, manos entrelazadas, mimos en el pelo, exactamente donde deben ser y con la velocidad exacta que debe imprimírsele a la mano. Atención, enciendan las luces de la sala ¿eso es comodidad?¿estoy cómodo?¿no estoy demasiado cómodo?, ¿no es una situación que tendría que ser un poco más tensa, con mayor cantidad de nervios apropiados? Sí, claro, eso es la neurosis. O la paranoia.
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