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20.11.09


La madera de los asientos del subte A sólo puede ser saboreada por quienes se apresuran a subirse en las terminales de línea o bien por aquellos que tienen capacidades especiales como, por ejemplo, la de estar embarazado, no poder sumar 84 + 19 o no poder aplaudir. Todos enfilaban hacia el único asiento vacío pero, como distraídos por la indiferencia de viajar parados en un vagón no demasiado atestado, se refugiaban contra las paredes del subte, se sostenían de las barandas o simplemente se dejaban bambolear.

Al lado del único asiento vacío, estaba ella. Ella, que al parecer hablaba con los pasajeros sentados pasillo mediante, formulaba a los gritos un discurso eterno, un discurso moebiusiano. “Son unos hijos de puta porque yo fui a hablar con el presidente con el embajador con el portero y les dije que no podía ser que me mataron cuatro hijos y que encima de la casa de gobierno sacaban niños calcinados niños mutilados niños desaparecidos niños quemados y todos muertos los dejaban correr en la plaza de mayo porque ellos mataron a todos mis hijos y ahora que viven encima de mi casa y hacen ruido y toman viento de quemar y yo le dije que son todos unos hijos de puta que yo soy pobre pero a mi no me van a son unos hijos de puta porque yo fui a hablar con el presidente con el embajador con el portero (ad infinitum).”

Ella, desgreñada, canosa, con una bolsa enorme donde estarán todas sus pertenencias, todas las fotos de sus hijos muertos, por momentos calla. Calla pero internamente mantiene la temporalidad de su discurso. Toma un poco de aire, suspira como quien debe volver a trabajar y retoma el discurso por donde debería ir y no por donde lo dejó.

En alguna estación, a su lado se sienta Él. Ella corre su bolsa enorme y lo deja sentar. Él tiene 40 años. Desde que se sentó la mira. No la mira sorprendido. Ella ahora habla en voz más baja, diciéndole todo casi al oído. Él la sigue mirando, cada vez más fijo. A veces asiente. Pero más que nada la mira. Piensa hace cuanto no coge.

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3.11.09

La vida con un grano


Yo estaba tranquilo con mi nueva vida. Me había concentrado en replicar la historia de Nathan Zuckerman mudándose a una casa campestre en Connecticut en la cual sólo regía su disciplina y habían desaparecido las mujeres, la política, la necesidad de opinar y defender la opinión y sólo existía la obsesión desarrollada en uno mismo. Así vivía.


Cuando vos emergiste, me miré al espejo y dije que en el mundo de Zuckerman vos no importarías y seguí viviendo contento. Respondía estupideces, del estilo me está saliendo una nueva nariz, estoy desarrollando un pene facial para hacer más completo mi acto de sexo oral y esas cosas que inician sonrisas y acallan preguntas.


Pero en dos días trágicos, desapareció el estanque donde Zuckerman nada, la mesa donde Philip Roth escribe parado y empezaste a importar. Alguien me dijo, loco qué tenés ahí? Eso es un asco. Me lo dijo alguien inteligente, quizás el amigo más inteligente que tengo. Me cagó. Un día después, mi jefe me contó la historia de un tipo que le salió uno como vos en el mismo lugar que vos viste la luz y que murió de poliomelitis en dos días. Me cagó. Como es lógico, mi jefe me cagó.


A partir de ahí, todos empezaron a venir a mi casa de las afueras, se sentaron en mi porche, trajeron a los niños a que meen el estanque, mis ex volvieron a mandarme mensajes, a llamarme, y como si ahora figuraras en la guía turística de YPF, llegaron los desconocidos con sus cámaras de fotos, con sus cuadernos para anotar instintos descontrolados de poesía. Así, el que recibe los bolsos en el guardarropa de la pileta, me mira todos los días y me dice hoy lo tenés peor, estás hecho mierda flaco y también qué mala suerte que tenés; el panadero me mira y me dice qué asco lo que te salió en la cara, todos quieren apretarte.


Invadido, acorralado, imposibilitado de esconderme a pesar de apagar todas las luces de mi vida, mi existencia es ridícula. Doy clases mirando al pizarrón; cuando me hacen una pregunta, noto cómo todos desvían su mirada y se quedan mirándote, cómo nadie entiende mis respuestas y se quedan con más preguntas, preguntas de cómo saliste. En el único momento donde vuelvo a recoger las cenizas de mi existencia anterior es cuando tengo puestos los anteojos negros. En el subte, en el colectivo, en el ascensor, en la consulta de los médicos, en el supermercado. Las miro a todas, las sigo encontrando hermosas pero no puedo superarte, no puedo pensar en tener que presentarte como el hermano idiota que me acompaña a todos lados.


Hoy fui a la dermatóloga. Es joven, hermosa y se llama Doctora No. Es genial que se llame así; me dan ganas de ser un superhéroe y que ella me intente matar o me invite a bailar el a-gogo. Te miró y me dijo: lo tenés peor. Más rojo. Más grande. Más inflamado. Ningún antibiótico puede contra vos. Sos invencible incluso para mi archienemiga sexy, la Doctora No. Me pregunta hace cuánto me hice un análisis de sangre. Hace un año. Primero pienso esto: tengo cáncer, tengo sida, me muero, me estoy muriendo. Es lógico. Mi vida siempre ha sido un pelotero de putas.


Después le digo por qué me pregunta. Por qué te vas a tener que hacer una cirugía y te van a pedir exámenes. Me voy a morir. En cuanto subo al subte lo tengo decidido. Me voy a matar. Pronto. Un disparo es demasiado bardo pero formidable en términos escénicos. Tomar pastillas. Me aburre la cotidianeidad del abrir la boca. Termino yendo al cirujano ese mismo día.


El cirujano es plástico y todo lo que rodea a la clínica es o bien típico de un hospital de abortos clandestinos para la clase alta o bien para ponerse siliconas. Me voy a poner tetas. Me voy a poner tres tetas. Y después me descerrajo el cráneo. Entro. Los cirujanos no me miran. Están seducidos por vos. En cuestión de segundos, me tiran en una camilla, yo tomo los últimos instantes de vida que me rodean (una lámpara halógena, un techo blanco, el miedo), me ponen una gillete y escucho el ruido del sebo interno lanzarse al infinito y más allá, como en una eyaculación porno. Incluso el cirujano, antes de que yo abandone el mundo dice, estabas lleno, eh.


Me levanto de la camilla y pido turno para el viernes.


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29.10.09

Inglorious bastards


Creo que Bastardos sin gloria es la película más reflexiva de Tarantino; no sólo porque haya mil referencias al western, a los productores de las decadas doradas del cine estadounidense, porque la película que se proyecta al final tenga más de cine mudo que de otra cosa; es más bien porque es la película que más toma en cuenta el lenguaje propio del cine, en donde hay una teorización acerca de qué significa contar una historia en cine. Hay algo extraño, sin embargo, en Bastados sin gloria. Los personajes del lado aliado no tienen profundidad dramática; el teniente Raine y su banda pretenden, en algún sentido, ser una especie de Wild Bunch pero en ninguno de ellos el motivo de ir a matar nazis de una forma tan brutal se hace historia. Los personajes pueden morir y la película continuará porque no hay ninguno que sea necesario, que sea esencial. El plan trazado originalmente no importa: fracasa, la banda es apresada o muerta, pero la película continúa. Y puede continuar, de nuevo, porque ninguno importa. Los únicos signos de la presencia de la banda de Raine son las insignias nazis en las frentes, las cabelleras arrojadas al costado del camino, pero ninguna otra cosa. Lo extraño de esto es que Tarantino vuelve a crear la misma atmosfera de todas sus películas, la de largas escenas en las cuales la tensión está puesta en exactamente eso que no se dice y que todos saben. En este sentido, es claro que el término "tensión psicológica" es aplicable pero en todas esas situaciones, los que siempre parecen más interesantes son los nazis. Es extraño pero en buena parte de la película, los que tienen profundidad dramática, los que dudan, los que tienen varias facetas, los que no son sólo una cosa, los que tienen que aceptar negociaciones son los nazis. Así, se conoce más al padre que acaba de tener un hijo que a cualquiera de los personajes de la banda, al artista cinéfilo convertido en heroe nacional y en soldado, el detective frío, calculador, asesino pero con razones inexplicables (por qué deja escapar a Shoshana al principio?) para actuar de una manera reletivamente elegante. Que el régimen nazi fue cruel e injusto y que nadie en su sano juicio puede defenderlo, parece ser tan obvio que los motivos de quienes vayan a combatirlos no importan. No hace falta mostrar lo que le han hecho a su familia, ni cómo lo han torturado (excepto al único de la banda de Raine que es alemán), ni cómo los nazis imponían un regimen de terror y persecución; todo eso se sabe y desde el principio, ya sabemos que lso malos son los nazis. No hace falta que nos cuenten nada, no hace falta que tengan conflictos. Hace algunos años vi una película infinitamente aburrida con Humphrey Bogart en la cual un submarino estadounidense perseguía a un submarino alemán por una hora y media; los alemanes hablaban en alemán y nadie intentaba traducirlos; en última instancia, los nazis eran tan radicalmente distintos que nadie podía entender lo que decían o hacían. Eran completamente lo otro. Acá, Tarantino parece querer hacer otra cosa; y eso es generar una especie de empatía incómoda en el espectador. Wilhelm negocia para irse con su hijo recién nacido y finalmente lo terminan matando; hay algo que es intrínsecamente injusto en no cumplir las promesas. Por supuesto, Willhelm es un soldado nazi y todos pensamos que los nazis, por lo menos, eran malos. ¿Uno debe empatizar con Wilhelm? ¿Uno debe sentirse mal si empatiza con Wilhelm? Quizás, en la misma película que se estrena, El orgullo de una nación - es díficil no pensar en El nacimiento de una nación del gran Griffith - esté un poco la clave. La película es una típica película de propaganda, donde un sólo hombre lucha contra miles de enemigos y los vence. Obviamente, con quien "deberíamos" empatizar es con el protagonista y no con los enemigos muertos. Quizás de lo que esté hablando Tarantino es de la facilidad que tiene el cine para generar ciertas cosas en la gente, independiententemente de cuáles sean .
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14.10.09

Musulmanes: Al final, siempre hay un ejército de narcos del otro lado de la puerta


Musulmanes, de Marianito Dorr no es literatura del yo, no es literatura, sino más bien, un diario personal, posts pero más cortos. De hecho, cuando conocí su blog, nunca pude leer más de diez líneas; el rosa me hace un poco mal, la cursiva es poco miope friendly y la extensión de los posts se me hacía casi siempre insalvable. La estupidez del párrafo de arriba no es más que petardismo. Pero sí dice lo que quiero decir y es que en Musulmanes lo que hay es una configuración del mundo, una configuración de las percepciones que está estructurada sobre las drogas, en especial, de la cocaína. Si yo pienso en la cocaína, pienso en un par de bares pero principalmente pienso en Al Pacino al final de Scarface; desolado, completamente descontrolado y confirmando su paranoia con el ejército de narcos colombianos que lo espera con las municiones más pesadas que se pueden transportar en varias camionetas, Al Pacino se enfrenta a una montaña de cocaína y hace lo que todo ser sensible debería hacer en ese contexto: hundir la nariz. Pero Dorr piensa en otra cosa cuando piensa en la cocaína: piensa en las experiencias de su vida en los últimos años. Por ejemplo, piensa en los dealers, piensa en todos sus amigos que compartieron, en la alfombra donde se esconden los últimos granos de merca, en la sangre que cae al final de una noche convertida en tarde de domingo, en las múltiples mentiras a las cuales es llevado para vivir socialmente duro. Cuando digo que lo de Dorr no es literatura, o al menos no es narrativa, lo que estoy diciendo es que no hay personajes: los individuos aparecen y desaparecen de su obra, así como las bolsas aparecen y desaparecen de las mesas, como las líneas del platito. Que haya individuos que aparezcan más veces en Musulmanes no es producto de otra cosa que de que con ellos consumió más, o de que estuvo en más situaciones con ellos. Esa configuración del mundo que nos lleva a reconocer que sólo tenemos amigos que consumen las drogas que nosotros consumimos. Hay una pequeña trama en Musulmanes y que tiene que ver con la llegada de su hija y la necesidad de detener el consumo. Pero cada vez que Dorr refuerza su voluntad de no consumir más, de no llamar más a sus dealers, instantáneamente nos cuenta otra de dealers, de noches de locura, de conversaciones simultaneas con cuatro personas. Recordar que uno consume no es consumir. Pero es seguir pensando en consumir, es seguir esperando cuál es el peor momento de nuestras vidas que nos va a permitir salirnos de nuestro juramento de no tomar nunca más. Así, cuando nace Martina, lo primero que hacen en el hospital es enchufarle un cable en las fosas nasales; lo segundo, es pincharla con una jeringa. Ya en su casa, como si no hubiera sido lo suficientemente claro, Martina aparece ante Dorr como la hiperactiva, como la que tiene la energía desbocada, casi igual a la que él y su esposa tenían cuando las noches eran eternas. Es verdad que cualquiera de las cosas que le pasan a Martina parecen ser normales en el mundo bebé que nos acosa cuando la gente se convierte en padres; pero la configuración del yo de Dorr hace que cualquier cosa sea droga. Quizás esa es la razón por la cual Musulmanes se lee excesivamente rápido.

7.10.09

Envidien palermitanos de Lost


En esta página, hay un juego de realidad virtual para alivianar las ansiedades antes de la última temporada de Lost; la idea es que distintos artistas plásticos que han ido haciendo pinturas, murales o imagenes digitales que supuestamente llevan a una clave para descifrar el juego y revelar algunos secretos sobre Lost. La cosa es que el octavo poster apareció a una cuadra de mi casa. Las razones para esto son desconocidas como casi todo lo que ocurre en Lost. En principio, estamos esperando poder venderle a Sawyer camisetas del Globo cuando caiga el Oceanic 815.

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