type='text/javascript'/> Mundo Playmobxx

22.3.08

correo exclusivamente interno


Cuti y P de Pau:
Cuando nos fuimos con Pailos de vacaciones a Uruguay, hicimos un tema y bautizamos a nuestra banda como Neurosis Contagiosa. Ahora, viendo su nuevo proyecto, me doy cuenta de que hay pocos nombres mejores que el de su banda, Actitud Gastón Gaudio.

Saludos y admiración,
Playmobil Hipotético

14.3.08

la conciencia moral existe


Cuando tenía 10 años viajaba con mi tía en el 25 y subió una embarazada; no sé si ya me lo habían dicho o es que prestaba demasiada atención a los carteles de los colectivos pero me acuerdo que me levanté y le dije: señora, siéntese.
Mi tía se emocionó, creyendo que yo era el último bastión de las buenas costumbres en los tiempos que corrían; un tipo de unos treinta años que estaba sentado delante de mi ex asiento se dio vuelta y me dijo: “pibe, te felicito por lo que hiciste”. Estaba conociendo la satisfacción de hacer una buena acción. Encima la embarazada se bajó a las pocas cuadras y yo volví a sentarme.
Y Kant no entiende las acciones morales; uno sí busca que el deber realizado sea visto, que a uno lo aplaudan por lo que uno hace, que todos digan: “tendríamos que ser un poco más cómo él”. La sensación era que el mundo, ese lugar que siempre me daba el miedo necesario para ser demasiado tímido, de repente se había convertido en algo armónico, en algo que me aceptaba.
La cosa es que tenía 10 años y todavía no había entendido cómo seguía la lección. Por ejemplo, no entendía que la repetición cansa.
Subió una mujer con un hijo de cinco años a upa; los pies del niño le llegaban a las rodillas. ¿Cómo desaprovechar esa oportunidad? Otra vez, PH en versión infante se para y prácticamente le grita: señora, por favor, siéntese. La mujer, una verdadera oportunista, ahora lo veo, deposita al niño en el suelo quien sale corriendo y se sienta en mi asiento; ella se queda parada.
Yo miro al costado, miro a mi tía pero nadie me felicita, nadie me dice que gracias a mí, el mundo todavía tiene esperanzas en la moral.
Parece que hay un problema grave en mi edificio; el ex_portero se divorció y luego renunció a su cargo; quien no renunció a la casa de la portería fue la ex esposa del portero, quien sigue viviendo en esa casa con sus dos hijos. Uno de ellos es un gordito de unos diez años al cual no le dan la llave de la puerta de calle(intuyo que por que no la tiene ni siquiera la madre). Por lo tanto, a determinadas horas de la tarde y del día, el niño obeso se para frente a la puerta esperando que alguien le abra. Apenas alguien se aproxima a la puerta de calle, empieza a pisarte los talones y se escabulle hacia el afuera, hacia su paraíso de chupetines, chocolates y tres alfajores por recreo.
Me molesta profundamente que se escabulla. Si me pidiera permiso, si me dijera “mire, mi madre es una hija de puta, una flor de conchuda, imagínese el daño psicológico que me produce esperar que alguien abra la puerta, imagínese en qué me voy a convertir con el paso del tiempo”, me enternecería y no sólo le abriría la puerta, sino que hasta le pegaría un poco en la cabeza, más precisamente en la nuca. Un coscorrón pequeño, un gesto de cariño entre hombres, como ya se dijo tantas veces.
Pero no. El gordito insiste en escabullirse.
Ayer, salía del ascensor y lo ví. Él me vió. Él estaba más lejos de la puerta que yo pero empezó a arrastrar su mochila hacia ella. Me apuré más de lo necesario. Abrí la puerta y a él todavía le faltaban ocho metros para llegar. Desde afuera, tomé el pomo de la puerta y lo empujé hasta que la cerradura hizo clic.
Cuando ya estaba con un pie en la calle, escuché unos golpecitos en el vidrio de la puerta. Eran sus manecitas de excedido queriendo llamar la atención desde adentro.
(*)picture from here

9.3.08

¿Qué se puede hacer con un tanque de oxígeno?


Descerrajar (o descerrejar?) cerraduras. Matar gente. Esa es la moraleja de No Country for Old Men.
¿Cuánto del miedo que uno sentirá a partir de ahora frente a la visión de un tanque de oxígeno es culpa de los Coen? Un cien por cien. Bueno, un noventa y cuatro; el resto es de Javier Bardem con el peinado más Willy Wonka que uno podría imaginar.
La película es lenta, cansina como el desierto que rodea a la acción. El mexicano que se muere desde hace dos días en una camioneta abandonada ve transcurrir el día, la noche, sabe que se va a morir. Por eso el final es el que tenía que ser. Si hay algo que tiene No country for Old Men es precisamente esa escena: el mexicano de la camioneta ve llegar a Llewellyn y cree que lo va a ayudar, que le va a dar agua y que el no se va a morir. Sin embargo, Llewellyn no lo ayuda y él se muere; y cuando quiere ayudarlo, ya se murió.
Así es No country for Old Men: todo lo peor, todo lo que uno teme paranoicamente para los personajes les ocurre. Lo grandioso es que también podría no haber salido así; también podría triunfar el otro en vez de Chigurh, el personaje de Bardem. Pero justamente esa posibilidad de salvación es la tensión que, por ejemplo, hace que cuando terminan ciertas escenas uno sienta que puede volver a respirar con relativa tranquilidad y calma.
El hecho de que la película sea lenta, que tenga una fotografía de un apagado amarillo, que todo parezca estar como detenido en el extraño código temporal que supone la cercanía entre el sur de Estados Unidos y la frontera con México, es algo así como la mejor decisión posible tomada por los Coen. El protagonista de la película (hay un protagonista?), el sheriff es un hombre que está a punto de retirarse porque ya no entiende a la delincuencia contemporánea: y la delincuencia contemporánea le muestra de esa manera lenta y pausada, como si le explicara de la forma más clara e irrefutable, algo que él también sabe pero que tarda en reconocer: que él nunca va a ir a la velocidad de los tiempos modernos. El sheriff nunca llega antes, nunca tiene la capacidad de predecir los movimientos del otro. El sheriff debe jubilarse.
En general el predicado “lento” adjudicado a una película no armoniza bien con el predicado “tensa”; acá sí porque, precisamente, cuando más cerca estás de dejar de respirar es cuándo más dura la espera; la espera de Llewellyn; la espera de Chigurh, la espera del sheriff. Todos esperan que algo suceda. Y sucede lo que la lógica de un psicópata como Chigurh dictamina.

28.2.08

Dreaming en broche


Veinte días, hasta ayer, mis sueños se convirtieron en pesadillas sin entender; ¿qué es lo que hace que alguien diga que tuvo una pesadilla? ¿el contenido?¿el sudor del despertar, el corazón batiendo records de latidos, o la sensación de querer seguir durmiendo y volver a la angustia ficticia en vez de a la angustia concreta e indeterminada?
Soñé que venía un hombre, me miraba con fiereza y me decía “árbol”. Me despertaba y pensaba que estaba en el medio de la playa, sin mis lentes de contacto y gritándole a Pailos que fuera a buscar las mochilas, que nos las habían afanado. Otro día, un hombre me llamaba por teléfono y me decía jljdljopsstuttkjfrach.
Pensé que ya estaba, que ya no me quedaban neuronas ni para soñar; ví mi próxima novela muerta en un archivo que nadie podrá abrir, a menos que tenga instalada la peor versión de Microsoft Word.
Todo hasta ayer.
Ayer me encontré con Silvina Luna; me conocía. No sólo me conocía sino que habíamos tenido una historia en el pasado. Como cuando te reencontrás con una compañera de la primaria que antes era idiota y ahora es idiota pero hermosa. Renacía el amor; me invitaba a Pachá pero yo quería ir a Status. Como siempre, no me decidía adónde ir y me desperté, seguro de que las mochilas estaban bien guardadas.

(*) picture from here

19.2.08

Playmobil uruguayo (ii): Varela



Cuatro trabajadores llegan a la playa de Bahía Chica en la Paloma; tienen el antebrazo tostado y la parte del hombro blanca, como si sacaran los brazos por la ventanilla del camión pero hasta sólo una altura.


Ponen cuatro ojotas señalando los postes y hay un equipo claramente mejor que el otro; la mejor pareja juguetea frente al arco, sabiendo que el gol es seguro. El único que no entiende lo inminente es el más grande de los cuatro jugadores, que también es el más gordo y el que menos estado físico tiene; parado frente al arco, algo que como todos sabemos está prohibido cuando el arco mide menos de un metro, se revuelca hacia izquierda y derecha, llenándose de arena y sin poder ni siquiera rozar el balón. Finalmente, cuando el gol se convierte y el gordo está sacándose arena de los ojos, el goleador dice: "Eh, pero Varela hace de golero".


A partir de allí, Varela es el centro de nuestra atención; Varela hace malos pases, se come los goles enfrente del arco o increíblemente hace rebotar la pelota en una de las ojotas. El resultado, luego de 3 minutos es 5 a 0. El compañero de Varela no se enoja; el también quisiera hacer revolcar a Varela; quizás por eso, le tira pases que son imposibles de alcanzar pero que el esforzado de Varela corre.


Toman cerveza que después entierran en la arena. Uno de ellos inaugura otro juego; patean la pelota hacia el mar y todos salen corriendo tratando de alcanzarla. Apenas empiezan a correr, Varela queda retrasado; todos se zambullen entre las escasas olas de la Bahía pero Varela intenta mover sus cortas y torpes patas en un mar que, aunque no es embravecido, lo tira una y otra vez. Varela llega a la mitad del recorrido cuando los otros ya están volviendo; cuando Varela se da vuelta y comienza a retornar, una ola que no le llega a la cintura lo hace caer de cara frente a la arena.


Cuando los tres se cansan del juego y toman cerveza en la orilla, Varela dispone la pelota para tirarla él. Uno de ellos le roba la pelota justo cuando va a patearla y todos van hacia el mar. El juego ahora consiste en el medio; tres jugadores se pasan el balón mientras uno de ellos intenta interceptarlo. Uno de los goleadores del principio se va con la pelota lejos de los otros dos y Varela, quien obviamente era el medio, lo persigue lentamente por toda la extensión del mar contenido en la bahía; en algún momento, el goleador deja la pelota flotando y Varela se entusiasma. Sin embargo, cuando está a punto de alcanzarla, tropieza y el goleador grita "Miren a Varela".


De nuevo, están los cuatro en la orilla; toman la otra cerveza enterrada. Varela está tirado con la cara hacia el sol. Su ex compañero de fútbol y uno de los goleadores lo toman de las piernas y de los brazos y lo arrojan al mar. Pasan diez segundos en los que todos nos reímos de Varela; las risas comienzan a detenerse a los quince segundos. Pero a los veinte, cuando empiezan a correr a buscar el cádaver de Varela, su cabeza gigantesca aparece entre el mar quieto de Bahía Grande y Varela sigue con una sonrisa en su cara.


Varela piensa que tiene amigos que lo defienden; piensan que cuando lo hacen acostar con un travesti en un cabaret de Rocha, es porque lo quieren, porque lo hacen sentir parte de una broma que sólo él entiende por que es del grupo.


Los tres amigos de Varela se nos acercan y nos piden que les saquemos una foto. Lo hacemos dos veces por que en la primera de ellas, Varela se había dado vuelta porque uno de ellos le había tocado el culo. Mientras se van de la playa, uno de ellos, el dueño de la pelota, se retrasa lo suficiente como para imaginarse que es Obdulio Varela y shotear un tiro libre perfecto que da de pleno en la nuca de Varela y lo hace tragar aún más arena.

(*)picture from here