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10.9.06

La causa justa de Lamborghini


Con mi amigo Matías Pailos fuimos a una serie de lados y mientras subíamos a un elefante que nos rociaba con cerveza a través de su trompa, nos instalábamos, comprobábamos que las femeninas no iban a subir al elefante y que nosotros muy probablemente no íbamos a poder bajar sino fuera rodando por el cuerpo elefántico del paquidermo, decidimos conquistar el mundo, cosa que estamos haciendo acá. En algún momento, el conductor del elefante nos comentó que sería casi como volver a la época donde dos elefantes gigantes sostenían a la Tierra; lo azotamos, le dimos puntapiés y lo arrojamos del cuello del elefante, quien, en recompensa o en castigo, comenzó a correr desbocado por la calle Cangallo. A pesar de las consecuentes sacudidas, pudimos seguir durante algunos segundos en la torre de marfil. A punto de caer en manos de dos pequeños querubines, cual Gombrowicz, Pailos gritó: ¡!!hay que matar al padre!!!

La causa justa es una de las mejores novelas que leí en mi vida; sin embargo, hay que superar las primeras cuatro páginas; cuando se las pasa, el mundo Lamborghini tal como lo conocemos y lo queremos aparece en su máximo esplendor.

En esas primeras páginas y, principalmente, en ese contraste con las siguientes, se explica al menos una parte del conflictivo proceso de escritura de Lamborghini. Las líneas torturadas – no de contenido sino formalmente torturadas -, la indecisión constante para someterse a una historia y escudarse en la digresión confundida entre diversos signos de puntuación, la intromisión del autor tratando vanamente de imponer orden al caos escrito, la necesidad constante de separarse de una tradición asfixiante, pretenden sugerir el secreto de lo oculto, lo escondido tras la máscara que, probablemente, no esconda nada sino el lugar donde va la máscara.

En la biblioteca inembargable de un linotipista erudito, no tan viejo pero al
borde la muerte (un nombre con varias pronunciaciones – Luis Antonio Sullo -,
infatigable en su lucha para que los libros dijeran lo que alguna vez
susurraron: no leía jamás, pero sus subrayados eran perfectos. Lo que alguna vez
quisieron decir, y lo dijeron, mucho mejor que sus rayas debajo de las letras,
lo que querrán decir alguna vez – no se los ve muy apurados – aquí, aquí el
presente) al borde su última herejía, porque así mueren los histéricos, antes
llamados posesos, de cáncer a los 56 años: Buenos Aires, aquí el presente.
Podremos entonces tirar a la basura toda esa basura, esa trama de rayas en los
libros que fingías enseñarnos, esa manera tan “suya” de subrayar y no leer que
te envidiamos (siempre)/aprovechamos el rato que le falta para insultarlo. La
oportunidad se ha presentado y no habrá otra.

Es verdad que el mero subrayar no es otra cosa que la imposibilidad de creación y la necesidad de hacer creer que uno conoce la tradición previa. Y es verdad que la lucha en la vida de Lamborghini se ve reflejada en el dilema de subrayar o escribir. Cuando gana la tortura de la primera opción, cuando ganan “los Carriegos huérfanos de Borges” Lamborghini se desespera, grita, pone comas y guiones largos, y como buen querulante, no hace nada. Cuando puede superar esa etapa, cuando elige la segunda tortura, la de crear literatura, el registro cambia.

En ese cambio de registro, con un estilo mucho más simple, violento, desagradable pero terriblemente ágil y veloz, La causa justa – como el Píbe Barulo – se convierte en el Lamborghini que a mí más me gusta y el que lo hace original y necesario de leer. Ahí es cuando puede contar con lujo de detalle cualquier violación, cualquier relación homosexual, cualquier asesinato, cualquier acto cruel, porque es eso lo que le permite distinguirse de la tradición.

Cuando Tokuro malinterpreta los chistes en La gran Llanura del Chiste, cuando quiere mantener la dignidad de la palabra empeñada, incluso teniendo que matar a su único amigo – Jansky, justamente quien no comprendía, por definición, su lenguaje -, Lamborghini explica el sin sentido de la convención – sin sentido que afecta no sólo a Tokuro sino a todos; lo que hace Tokuro - además de una mala aplicación del modus ponens – es destruir analíticamente el lenguaje; si a Nal lo llaman Gordo Puto es un gordo puto; si Heredia dijo ”si yo fuera puto, te chuparía la pija” lo que tiene que hacer Heredia es chupar pija.

Tokuro es un fanático del sentido único del lenguaje; Nal, cuando luego de que le dicen mil veces en el Pibe Barulo que es un Gordo Puto, termina siendo un gordo puto, también. Sin embargo, todos los compañeros de trabajo de Tokuro así como todos los que llaman Gordo Puto a Nal (“Gordo Culón”) también colaboran a destruir al lenguaje. Después de tanto bastardear al lenguaje, de tanto usarlo sin su sentido más original, de tanto hacer nihilismo lingüístico, terminan por vaciarlo y creer que no tiene consecuencias prácticas; nadie comprende porqué Tokuro no puede entender que lo de chupar pija era un chiste y nadie comprende por qué Nal se termina convirtiendo en una mujer encerrada melodramáticamente en el cuerpo de un hombre.

En ese equilibrio, en ese pesaje comparado del subrayado y de la libertad absoluta del lenguaje, Lamborghini aparece como el padre que tendríamos que matar uno de estos días, que por lo visto, no va a ser hoy.

Como lo definió en el Iberia de Salta y Avenida de Mayo, Jansky, luego de sus
horas de silencio: ¡Complícadisimo! Con el tiempo, se transformó en la única
palabra que intercambiaban los dos amigos. Horas juntas y sólo: ¡Complícadisimo!
Y también, sin ninguna clase de subrayado ni de signos de admiración, ovillo,
ovillo, complicadísimo de sentimientos, haberse erigido en juez de los impúdicos
para terminar, como resultado final, matando a Jansky, amigo único en La Llanura
de los Chistes, una especie de paraíso, complicadísimo, del equívoco juguetón,
sí, pero padre también de la muerte, que no entraba en la cabeza del hombre

8 comentarios:

Matías Pailos dijo...

Menos mal que usted se anima, PH, porque años y décadas pasarán antes que mis cófrades y yo osemos blasfemar, osemos irnos en vituperios al sagrado nombre de El Escritor.
OL contiene el universo literario en su conjunto y disperso en cada coma. 'Los Miserables' están, íntegros, en la página 318 de 'Novelas y Cuentos', en la antigua edición de Serbal.
Nunca escribió mal. Además, como dijo su albacea C. Aira: nació maduro.
En esos textos dilapidados en tus papilas literarias, OL desafía todas y cada una de las convenciones literarias, y crea nuevas. Es como si, asumido un afán imperialista argentino, Nestor K tomara las fronteras argentinas y las fijara más allá de Siberia, Alaska y Tasmania.
¿Qué? ¿Quería probar que también él podía ser un narrador clásico, de hondura trágica? No creo (aunque lo probó). Con 'La causa justa' quería tentar otro registro, uno nuevo. Estaba aburrido. Quería ser la superación de la superación. (Lo fue.)
Y después, claro, está el chiste fácil. La tentación gloriosa en la que (demos gracias a Dios), Osvaldo siempre cae.

Zedi Cioso dijo...

Solo voy a decir esto: Osvaldo Lamborghini es un genio.

Matías Pailos dijo...

No habrá ninguno igual, no habrá ninguno.

nadie dijo...

Nnadie lee un post tan largo. Sépalo.

Anónimo dijo...

yo si, y q bueno...iba en la 2nda pg de LCJ y estaba por rendirme hasta q lei q tenia q superar las primeras cuatro. gracias.

julieta dijo...

hola playmobil: no sé si leerás comentarios de entradas viejas, pero quería decirte que buscando cuentos de lamborghini llegué a tu blog... prometo volver y leer tu texto con más tiempo. ahora es tarde y ya me voy a dormir... hoy leí el fiord y el niño proletario y quedé impresionada. es una salvajada total... tanto lo que dice como cómo lo dice... es impresionante... me gustó mucho... pero es eso: es tremendamente violento y salvaje y fascinante y monstruoso e increíble...

besos. julieta.

julieta dijo...

lo que estaba buscando eran dos cuentos: El Pibe Barulo y El Cloaca Iván. si los tenés, no me los mandarías a mi dirección de speedy?

gracias! julieta.

julieta dijo...

ya leí tu post. muy bueno. ahora quiero leer la causa justa...

volví a leer el fiord y el niño proletario y acuerdo con vos en que el último es más violento y más difícil de leer que el primero. para mí, se debe a que el segundo tiene un aire o un tono más realista, me parece, lo cual lo vuelvo más terrible. en cambio, el fiord es decididamente demencial, absurdo, desquiciado y barroco.

un beso. julieta.