type='text/javascript'/> Mundo Playmobxx: Gladys volvé aunque nunca te fuiste

30.12.07

Gladys volvé aunque nunca te fuiste



15. El cajón de Gladys

- ¿Cómo fue? – preguntó Armando
- ¿Cómo fue qué?; ¿de qué estamos hablando, amigo? – dijo sorprendido Jiménez.
- Lo de Gladys; ¿cómo fue?
- Ah, esta chica, claro. No lo entendía, discúlpeme, es que estaba concentrado en mi madre. Nunca recuerdo bien dónde está. – dijo Jimenez como si de repente recordara las razones por las cuales Armando estaba ahí. - Acompáñeme por aquí y vamos charlando mientras tanto

Jiménez lo tomó suavemente del codo como quien lleva a un anciano que aún puede caminar pero que siempre está a punto de caer; mientras recorrían los pasillos de piedras que tenían nombres sugerentes de la paz que los muertos tenían, o para ser más precisos, de la paz que los muertos habían comprado cuando vivos y que ellos ofrecían a los que todavía caminaban por allí, Armando sentía que por primera vez la muerte había dejado de ser una larga ceremonia que incluía enfermedad, internación en el hospital, velatorio, llanto público, estrechar manos y oler colonias de barrio, el cerrar el cajón, el traslado en un coche funerario, el cortejo, las quejas de los deudos por que no todos los automovilistas respetaban la línea recta y negra del desfile, las raras ocasiones en que los simples transeúntes se persignaban y agachaban la cabeza ante el paso del auto negro lleno de flores, el res poncio, el último beso o caricia al cajón y por último, el gran final, el momento donde el cajón es bajado, donde cada uno de los presentes tira una rosa hacia el hoyo que ya nunca más se abrirá y donde hay que contener a uno que se quiere arrojar, que quiere ser enterrado ahí mismo, vivo y vestido de negro, abrazado al cajón, en la muestra más clara de que la muerte es una cuestión de los sentidos. Ahora, en cambio, la muerte se le presentaba de la forma más sólida posible como una lápida con el nombre de Gladys.
Jiménez hablaba en voz baja pero decidida de algo que el estado mental de Armando no podía codificar con algún rastro de sentido: le habló del número de ventas promedio que Gladys realizaba, de la capacidad de liderazgo que ella tuvo con su pequeño grupo de subordinadas, de las estrategias generales que se impartían como políticas de la empresa para dar al oficio de revendedora una pátina de prestigio no sólo comercial sino también existencial y de autoconocimiento, de la importancia del tiempo en liquidar una venta, etc. Sólo en un momento del largo monológo al cual Jimenez era demasiado afecto, Armando pudo reconocer una clave de lo que había sucedido. Jimenez contó que Gladys había renunciado hace algunos meses, aproximadamente los mismos que habían pasado desde que ella se había ido de su casa. En su mente, Armando vió de la manera más clara posible todas las explicaciones posibles para las incógnitas que había registrado en los últimos tiempos de la relación; una única línea recta de faros luminosos despejaba la noche del desierto en el que había vivido desde la partida.
Desde el mojón de la renuncia, la línea recta realizaba un flashback con un gran título: “la enfermedad”; a Gladys le habían descubierto una enfermedad incurable, degenerativa y terriblemente mortal, algo que entraba dentro de la categoría que Armando había conocido desde siempre como “cáncer galopante”; desde allí para adelante, el vacío que antes lo poblaban las dudas y las hipótesis terribles que intuía pero que negaba, ahora estaba poblado por la historia de sacrificio, de autorresignación y lo que más aturdía, la necesidad de Gladys de preservar a Armando, de cuidarlo de las horas de dolor, de renuncia, de cuidados vanos, de inútiles gestos de grandeza ante lo inevitable. El mojón de la enfermedad crecía como una epidemia: al comienzo de su enfermedad, cuando los médicos le habían comunicado la inescapabilidad de su final, Gladys dudó por algunos momentos, precisamente aquellos en los cuales Gladys se ausentaba de su casa, en los que ella se callaba o lloraba frente a las ahora estúpidas preguntas de Armando de ¿qué te pasa?, ¿por qué estas así?, ¿qué hice, qué querés?; finalmente, entendiendo que de cualquier forma el más lastimado iba a ser Armando, prefirió dejarlo con la idea del posible retorno, de la eventual recomposición. Recién en ese momento de la línea, el que correspondía al “Sendero de la Serenidad”, Armando fue participe del sentido que brindan las grandes conclusiones: el problema de los abandonados con una desaparición intempestiva e irreversible aunque no del todo sorpresiva no era, como antes lo creía, el pasado, un pasado en el cual preguntar sin éxito, del cual exprimir algún indicio de las razones del presente; por el contrario, era la incertidumbre del futuro; cuando uno sigue una determinada lógica, espera que las próximas posiciones causales sigan las mismas leyes que las anteriores; pero el problema era conocer cuál era esa lógica. El abandonado suele buscar esas leyes causales en un lugar equivocado; quiere descubrir algo que ya conoce pero que todavía no reconoce; El gran problema del abandonado irreversiblemente es que sin saberlo, vive gracias a una analogía: así como no entendió las razones de la partida, así como no pudo preverla completamente, así como de repente se vió sin la base que representaba su pareja, del mismo modo, alberga la esperanza de que sin razones, sin premoniciones, el teléfono suene, la puerta sea golpeada, y el amor vuelva de la misma forma que se fue.
Gladys había renunciado a su trabajo, había abandonado su vida común con Armando, había prohibido a sus padres y a sus conocidos contarle qué era lo que realmente estaba ocurriendo y dejarlo con esa oscura esperanza pero sin el tránsito de la seguridad que representaba la cercanía de muerte. Gladys no se había querido ir, no había decidido olvidarse de todo lo que habían pasado, de las vacaciones en la playa, de cómo se conocieron, de cuál fue la primer conversación entre ellos, de cuál fue el momento dónde ambos supieron que se iban a besar por primera vez, de cuál fue el momento dónde ambos supieron que se amaban y que no querían separarse nunca más; por el contrario, Gladys sabía que lo único que lograría una fuga sin explicaciones era que Armando se recluyera en un lugar en el que se sentía cómodo, el lugar de un pasado que refulguraba frente al presente.
Jimenez seguía hablando pero si hubiera estado callado, nada hubiera cambiado en Armando. Cuando comenzó a recriminarse las dudas, los miedos, las sospechas sobre la posible relación entre el jefe y Gladys, Jiménez se detuvo frente a una lápida y retuvo a Armando quien hubiera preferido seguir caminando por la línea recta que estaba marcada como las pistas de aterrizaje durante la noche.
- Amigo, le presento a mi madre; Concepción González.
(*)picture from here: Lo aclaro. Le voy a hacer un juicio, o voy a hacer que le hagan un juicio al programa del pelotudo de Beto Casella por usar figuras de playmobil.

2 comentarios:

Dante dijo...

Cada vez que veo a Beto Casella pienso en vos y todavía no sé si eso es bueno o malo. Ahora bien, lo que sí creo que es bueno es lo que estás haciendo en este blog. Abrazo gigante.
www.elinfiernodedanteblog.blogspot.com

Matías Pailos dijo...

Buenísimo. Así que no todo abandonado deja de ser querido: muy bien, muy bien. Esto es nuevo: un personaje que no es, no del todo, un looser (Gladys lo quería).
¿Esto pretende ser "El Pasado" desde el punto de vista del abandonado? Celebro la pretensión.